TEATRO HISTÓRICO Y POLÍTICO
En la escritura teatral, siempre que se
recurre al pasado se buscan uno de dos fines (o ambos)
a) político
como por ejemplo “El rey se ríe” de Víctor Hugo, obra que denuncia la
corrupción de la aristocracia renacentista para acusar a la camarilla política
de la Francia de su tiempo).
b) estético,
como aquellas obras de Ibsen que abordaban las épicas antiguas y nórdicas: “La
tumba del guerrero”, “Catilina”; o las obras históricas de W. Shakespeare: “Ricardo III”, “Romeo y
Julieta”, “Otello”.
Pero es
inevitable que en nuestros tiempos argentinos quien escriba sobre el pasado lo
haga desde indagaciones que nunca dejan de tener en cuenta el contexto social,
y esto ya constituye el tema político, aunque excluya del índice movimientos
específicos o partidos con nombre y apellido.
Al
referirme a “político/a” en este contexto quiero aclarar que estoy pensando en
dos líneas discursivas divergentes. Dos polos de lo político que tiene toda una
línea de gradaciones entre ambos, escalas de matices y componentes que son más
débiles a medida que se alejan de un polo y más fuertes a medida que se acercan
a él.
En el
polo derecho se afirma la posición conservadora
basada en el trasimaquismo político. En el Libro 1 de “República” de Platón
al preguntar Sócrates en qué consiste la justicia, el calcedonio Trasímaco
sostiene que “justicia es lo que conviene al más fuerte” y siendo el más fuerte
el que gobierna, la justicia no es más que la expresión de la voluntad del más
poderoso. Este es el fundamento de toda Derecha extrema: ceder el derecho a
gobernar al más fuerte militarmente o económicamente. Esto genera una fuerte
inequidad ya que inexorablemente la balanza del poder se inclinará hacia una
minoría selecta que tiene sojuzgada a la mayoría.
En el
polo izquierdo de posición revolucionaria
reposa la convicción de distribuir el poder y los derechos de un modo mucho
más equitativo ampliando la base de cobertura legal a toda la ciudadanía, y con
esos derechos una distribución más justa de las rentas y sistemas de producción
material para conseguir un bienestar más parejo a través de diversas políticas
públicas: económicas, fiscales, monetarias y financieras.
Todo un
abanico de opciones se tiende como un puente entre ambos polos: desde el
anarquismo, el socialismo, las diferentes vertientes del marxismo, la social
democracia, las democracias cristianas, progresistas y centroderechas, hasta
recalar en las modernas democracias liberales y neoliberales del tipo del Tea Parthy norteamericano, de fuerte
republicanismo con alma de libre mercado y conservadurismo del status quo.
Particularmente
me interesan las obras y personajes del pasado que ayudan a comprender de un
modo más completo esta confección colectiva que llamamos realidad de un modo
casi irresponsable, si hablamos filosóficamente.
El
pasado tiene más complejidades que esta difícil realidad porque necesita ser
reinventado una y mil veces. El teatro, o mejor, el texto dramático es parte de
la literatura.
La literatura se sustenta en la ficción, por consiguiente el
pasado teatral no será documental y riguroso como un tratado de historia sino
que está condenado a ser una nueva representación de personajes y
acontecimientos unidos por costuras estéticas en función de los ocultos deseos
del autor por revelarse las brumas del presente social y político. Pero en el
teatro la representación es la norma, la regla de oro; de manera que, lejos de
ser un obstáculo, esta necesidad agregada le suma méritos.
Se ha
dicho que la escritura literaria no es más que un fardo de verdades unidas por
medio de mentiras. Nunca es más verdadero este apotegma que cuando nos
referimos al teatro por la esencia misma del hecho teatral que se basa en un tiempo
falsificado en un espacio inexistente (o imaginario) y con personas ausentes.
El hecho teatral, ontológicamente, se sitúa en un vacío cuyo único valor
persistente es la búsqueda de sentido en medio de apariencias que se mueven en
la nada.
Ningún espectador esperará verse cara a cara con el rey Penteo de
Tracia; únicamente podrá observar la imagen que dejó en el espejo de la
escritura del Eurípides de “Las bacantes”.
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METAFÍSICA
Y ONTOLOGÍA DE LA ESCENA
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Desde
el punto de vista metafísico, de aquello que va más allá del fenómeno físico,
el teatro nos propone una doble impostura.
1.
Del lado de la escena esto queda perfectamente
claro porque las personas, actores o actrices (A) que intervienen en la obra
están convertidas en otras, reemplazan a personas imaginarias (B) que un autor
colocó en situaciones previstas para desarrollar una trama, que es la fábula
teatral. Aún cuando la fábula sea reducida al mínimo o al absurdo como en
“Esperando a Godot” esa situación específica de esperar a alguien que nunca llega
es el centro en el que se colocarán las reflexiones, paradojas, contradicciones
o pensamientos del autor dramático. Esa breve anécdota de la fábula o
recitación enmarca necesariamente el universo de contenidos que se irán
desplegando con el desarrollo del hecho escénico y ningún intérprete o director
o regista podrá abolirla sin adulterar de fondo la obra.
2.
La otra impostura nos espera desde la platea,
porque los espectadores, que nunca son pasivos, aceptan de antemano que
asistirán a un fraude en el que nadie es quien dice ser. El orden físico de la
escena, el orden material, no es más que un entramado de apariencias. Ese
líving que aparece en escena no tiene detrás dormitorios, cocina, baños. No es
una casa. Es el retrato de una parte (sala) de un todo (casa) hecho de
mampostería y que solo es visible desde el frente. Esta metonimia física
devenida en escenografía o maqueta no puede engañar a ningún espectador
medianamente observador y sin embargo todos aceptan esa ilusión como algo que
si bien no es natural, resulta necesario para vivir el hecho teatral.
A A ningún
director se le ocurriría hacer pasar al público al escenario para observar que
las columnas y puertas no tiene paredes como aparentan desde la platea. Esto lo
hacía magníficamente Fellini al final de algunas películas, como el mar de
tafeta azul que se batía mecánicamente en “E la nave va” mostrándonos a los
espectadores esta falsificación como un modo más del artificio que necesita
todo arte para expresar “otra cosa” por medio de postizos.
La física
de la escena nos presenta luces que varían de colores y tonalidades para
hacernos recorrer la mañana, el crepúsculo, la noche o una tormenta.
La
física de la escena nos impone a los actores (Juan Manuel Romero, Federico Alí)
a quienes probablemente ya hemos visto en otras obras haciendo otros
personajes, vestidos y maquillados de un modo distinto porque esta vez están representando algo diferente: al padre
Adán y a Bernardino Rivadavia, personajes que vivieron en la primera mitad del
siglo XIX.
Resumiendo:
ámbito, luces, ropajes, tiempo y personas físicas de la escena no coinciden con
ámbito, luces, ropajes, tiempo y personajes del pasado.
Metafísicamente
hablando podemos tomar el modelo del idealismo platónico de las ideas y
describir el ámbito A (actores, decorados, vestuario, luces) como un reflejo
fenoménico de otro mundo ideal al que se remite: el ámbito B de los personajes
y del pasado reales (la sala de la casa de Bernardino Rivadavia en su exilio de
Colonia del Sacramento, el mismo Rivadavia, el padre Adán, Olga Ponce La
Cherinola, Martín y la criada). Resulta curioso pensar que un reflejo como es
el pasado que ya no está pudiera servir como los arquetipos en el mundo
platónico, para modelar este mundo doblemente fenoménico de la escena donde se representa
la idea pasada de una representación como es el mundo fenoménico del
pasado.
Si vamos más a fondo, el verdadero yacimiento de las ideas eternas del topos uranus sería la constitución
ontológica (aunque no actual) del Bernardino Rivadavia arquetípico que se
sustrae al mundo fenoménico cotidiano y prosaico de nuestras vidas. No tenemos
modo alguno de llegar a él si no es a través de su reflejo, pero como dicho
reflejo material ya no existe, está en el pasado si los libros no mienten y
falleció en Cádiz el 2 de septiembre de 1845, debemos conformarnos con este
nuevo reflejo de segundo orden, visiblemente adulterado por los groseros
materiales del presente con el que está constituido y que aparece como nuevo
fenómeno en el campo de la escena.
Para quienes
rehúsan las construcciones ideales del platonismo y prefieren las descripciones
y procesos más realistas del sistema de Aristóteles, tenemos un verdadero
armazón conceptual que incita a pensar en los componentes esenciales de toda
realidad. La dualidad conceptual de “Materia” y “Forma” se presta de un modo
admirable a su correspondencia con el hecho teatral. Pero conviene ser cautos
internándonos en un fértil terreno de contornos resbaladizos. Todo el mundo en
mi casa sabe que no soy metafísico, ni
filósofo ni ontólogo; claramente estoy usurpando un campo ajeno y no obstante
me arriesgo a insinuar un borrador de teoría para acercar el fenómeno teatral a
la metafísica aristotélica. He dicho que estableceré una correspondencia entre
ambos elementos, que sea lícita o no será cuestión de debate.
Para Aristóteles
en el mundo hay sustancias individuales; para no alejarnos del tópico, pensemos
en Juan Manuel Romero, actor. Juan Manuel Romero tiene dos aspectos desde el
punto de vista conceptual metafísico: es al mismo tiempo Materia y Forma. La
Forma es aquello que dispone los elementos constitutivos de la sustancia para
conseguir que ésta sea un hombre y no un cetáceo. Cuando se nos viene en mente
un concepto pensamos en las notas esenciales que conforman un objeto. Para
“eunuco”, por ejemplo, sería: “ser
racional masculino castrado” estos elementos condicionan y al mismo tiempo
posibilitan que la Materia que es ínsitamente variable y cambiante conforme un
eunuco y no una bailarina clásica.
La Sustancia indivisa y pensante Juan Manuel
Romero es un actor porque la Forma así lo dispone privando a la Materia del don
de ser un cetáceo, un árbol o un oso panda, seres que están hechos de los
mismos átomos de carbono, nitrógeno, hidrógeno, oxígeno de los que estamos
hechos usted y yo. La Materia, como vemos es cambiante pero la Forma la fija en
lo que es en modo actual aunque siempre esté amenazada de mudar a otras Formas
que constituirán otras Sustancias con el devenir, lo que Aristóteles llamó
Potencia y Acto, como recordarán.
En Acto soy lo
actual, lo perceptible; en Potencia puedo ser mañana muchas cosas dentro del
abanico de posibilidades que permitan el material del que estoy hecho, por
ejemplo, podría ser cadáver (y seguramente esta profecía se cumplirá…) o dedicarme
rudamente al gimnasio y convertirme en atleta (cosa que juzgo más que
imposible) así como en el pasado he sido
semilla de mis padres.
Sería de una
simplicidad extrema afirmar que la Materia de Juan Manuel es su cuerpo hecho de
sistemas y órganos, hechos de tejidos, hechos de células, hechas de proteínas,
azúcares, sales y grasas, hechas de átomos, hechos de protones, neutrones y
electrones…pero cuando Aristóteles dice “Materia” está diciendo algo más que
soporte físico, porque si sólo se redujese al soporte físico sería fácil
deducir que la Materia es el cuerpo de Juan y la Forma es el alma o el espíritu
(como yo carezco de ambos adornos, nunca sé diferenciar con exactitud el alma
del espíritu) pero Aristóteles advierte que nunca existe Materia sin Forma, y
que la Forma sine Materia en todo caso residiría únicamente en las
abstracciones cuasi simbólicas como la justicia, la inflación, la salud o los números. Pero en el mundo actual
percibido por los sentidos la Materia y la Forma están indisolublemente unidas
y sólo se pueden separar por medio de operaciones intelectuales como si yo
desarmara parte a parte un cocodrilo aduciendo que evidentemente pertenece al
Reino animal, vertebrado, reptil y de la familia cocodrilae.
Cada una de estas
aserciones es verdadera pero no real. En vano buscaremos por el mundo un
vertebrado puro que no sea un pez, un anfibio, un reptil, un ave o un mamífero.
Vale decir, “vertebrado” es un conjunto que sólo existe en nuestra mente si
sabemos algo de taxonomía biológica.
Partiendo de la
Sustancia llamada Juan Manuel Romero, actor, el teatro exige una redisposición
formal, le pide a Juan Manuel Romero que deje de ser Juan Manuel Romero en el
aspecto formal para asumir la Forma –efectivamente impostora- de Bernardino Rivadavia como mera ilusión para
asumir la fábula argumental. Vale decir, en escena tendríamos un híbrido
metafísico si Juan Manuel Romero asume ese rol. Hace falta de nuevo hacer una
especie de disección mental de elementos que en la realidad están absolutamente
imbricados para sospechar que hemos multiplicado los entes y nos aguarda la
navaja de Occam si lo hicimos innecesariamente como decía el franciscano.
Ahora tenemos una
Sustancia (Juan Manuel Romero, actor) hecha de dos Materias: la anatomía física
del actor y la replicación material ilusoria de don Bernardino Rivadavia
conviviendo bajo una misma Forma que es el personaje de ficción mientras dure
la representación. O, si se quiere, bajo la única Materia de Juan Manuel
Romero, actor, dos Formas superpuestas. La primera y principal, la Forma
original de Juan Manuel Romero que no puede abdicar ontológicamente de su
entidad y podemos constatar que sigue siendo el mismo si, por ejemplo
repentinamente alguien del público hiciese sonar una corneta y lanzara papel picado.
Lo más probable es que Juan Manuel Romero reclame de inmediato su Forma
original e intempestiva y reprenda al espectador por su conducta incívica. O,
al terminar la función, como es habitual, salude a la gente que lo espera como
Juan Manuel Romero y no bajo la Forma ya extinta de don Bernardino Rivadavia,
eximio difunto de la historia.
La segunda Forma
es la que nos genera problemas: ¿qué es, metafísicamente hablando, esa
reencarnación de Bernardino Rivadavia sobre el escenario discutiendo con el padre
Adán y con la Chonga Ponce?
¿Es acaso un mero
disfraz? No, porque el disfraz no exige una conducta sostenida y lineal que lo
aparte del portador.
¿Es acaso una
hipóstasis de la persona pretérita que nos oculta y revela la Historia?
¿O es un nuevo producto
del arte que participa por igual del mundo real y del mundo ilusorio poniendo a
prueba los sentidos por medio del fuego de la razón?
Esa Sustancia
bifronte doblemente falsificada del personaje histórico y la persona real
participan ontológicamente de un mismo espacio (la escena) pero no de un mismo
tiempo. Y por definición, una cita se concreta cuando coinciden ambas
coordenadas: tiempo y espacio. Si nuestro encuentro no es con Bernardino
Rivadavia es con el Bernardino Rivadavia que imaginaron un autor y un director
sujetos a una ilusión de realidad que quieren encarnarla en esa hora fuera del
tiempo que dura la obra. Esa hora en la que todos, actores y espectadores,
estamos enajenados. Durante ese delirio colectivo en el que creemos firmemente
en lo que nos impone nuestra mente se manifiesta el arte, si existe. Y lo único
que existe de verdad durante esa hora es al arte, si existe en la obra, en el
trabajo de la puesta y en la sensibilidad del espectador y la espectadora.
Sé que estas
pobres notas sólo son un comienzo, pero quise dar el primer paso para seguir
recorriendo estas indagaciones, sabiendo que gente mucho más autorizada que yo
ya las trazó con mejor criterio mucho antes. Espero de todos modos que esta
descripción del mundo tejido de ilusión, no resulten en una desilusión.
Alejandro Bovino
Maciel, agosto 2015.

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