Teatro
político-2
De
Alejandro Bovino Maciel
_________________________________________________________
Siguiendo
la misma línea de obras dramáticas de corte histórico-políticas iniciada con la
edición de Teatro Político-1 (Editorial Criterio, Asunción, Paraguay, 2012) en
el que figuran:
-Culpa
de los muertos
-Los
hijos de Rosas
-El
viejo señor Sarmiento
Continúo
con esta segunda entrega de obras con el mismo carácter:
-El oro
de Famatina, con el tema del gobierno de Bernardino Rivadavia, la reforma religiosa
que emprendió y la primera empresa de explotación aurífera diseñada en el siglo
XIX siguiendo los modelos de la explotación industrial-capitalista de Londres.
Más el contexto de algunos aspectos de la vida privada de Bernardino Rivadavia
y la áspera relación con su hijo menor.
-La
vida imperfecta, como un intento de retrato de la Argentina del año 2001 y el
corralito financiero.
No hago
historia. Nadie busque precisiones documentadas de hechos para testificar los
datos que aporta una obra mía. Para ello están los múltiples libros de Historia
Argentina, artículos especializados, opúsculos, artículos académicos y estudios
historiográficos.
En alguno de los tantos libros que consulté para conocer en
detalle el gobierno de Rivadavia leí ese extraño incidente con el hijo menor,
Martín, que atacó a su padre con un cuchillo. Después, buscando la referencia,
la perdí como era de esperar ya que mi vida es una continua pérdida de sentidos
y datos; o puros espejismos como el oro de Famatina. Pero eso no me impidió encarar
el episodio como si hubiese sido fabulado en sueños: vale decir, como siempre,
se hace literatura tratando de contar la verdad por medio de mentiras.
Prólogo
Alejandro
Bovino nos entrega un nuevo corpus dramatúrgico, donde lo político atraviesa,
sin didactismos o recursos reduccionistas, la totalidad de su obra. La tiñe, la
ordena, convirtiéndose en un disparar para la emoción pero también para la
franca discusión. Sin pretender ser historiador vuelve sobre momentos de
nuestro devenir temporal como joven Nación y avanza, con recursos poéticos
destacados, sobre personajes que dividen aguas en el imaginario colectivo.
Con
una mirada aguda, nos presenta a un Rivadavia, alejado del poder y luchando con
sus propios fantasmas. Los proyectos de entrega del patrimonio, en este caso
minero con los yacimientos de oro en Famatina es el tema sobre el que pivotea
el primer texto, pero el contexto no se detiene en una simple descripción de
este “factum”, sino que enmarca el período final de la existencia del primero
que ostentó el título de Presidente en estas tierras.
Vuelto del exilio
parisino, expulsado por Viamonte en su intento por regresar, residía en Colonia
y luego en Brasil desde 1834. Allí lo acompañaron su mujer y su hijo Martín.
Parece una contradicción que sus hijos mayores decidieran apoyar la causa
federal, siendo promotores de Rosas en su llegada al poder, actividad a la que
se unirá el propio Martín, después. Esos recuerdos, esas ideas vertidas en El oro de Famatina, nos perfilan a un
hombre que es pasado pero que no se resigna a serlo. La realidad lo despertaría
de sus especulaciones y lo depositarían en un nuevo retiro europeo del que no
volvería, solo, resentido.
Este protagonista de los momentos iniciales de
nuestra constitución como Estado independiente ha sido motivo de epidérmicos,
intencionados y elaborados estudios sobre su accionar y los cimientos de la
identidad local.
Los debates en torno a
la identidad nacional han sido numerosos y generaron un material de análisis,
desde las diversas ciencias sociales, tan rico como contradictorio. Junto a
reflexiones de profundidad y lógica teórica indiscutible se cuelan
interpretaciones capciosas, sostenidas en la mera opinión y la reiteración de
fórmulas vacías de contenido real. Son expresiones de ideologías conservadoras
que desean establecer un origen mítico de las nacionalidades, con el único
objetivo de manipular a las masas y sumirlas en una serie de frases peligrosas
en sí mismas que son grabadas en el universo colectivo.
En este sentido, los
sectores que detentan el poder fáctico requieren de contingentes de personas
enajenadas, incapaces de ejercer el pensamiento crítico y cuestionarse valores,
preceptos e historias comunes de procedencia ficcional. Concebir a la identidad
como un todo, y no como una paleta de múltiples expresiones, es un grave error
que ya no admite ningún tipo de intercambio de posturas serias.
Pero entender a
ese supuesto todo esencial como incapaz de transformarse y emparentado con un
espacio edulcorado y artificialmente construido del pasado dorado al que
siempre hay que recurrir, es una estrategia usada en pos de la construcción de
un discurso homogéneo y blindado, operación política que ha tenido mucho éxito
al contar con sistemas educativos que refuerzan en sus contenidos este
despropósito científico.
Los
cruzados de la identidad inmutable y única se revelan como una de estas vallas
a saltar. Se trate de fanáticos con escasa formación intelectual, o de
reproductores conscientes de ideologías conservadores, se paran en
proposiciones más próximas al pensamiento religioso que al científico. Con
miradas estrechas, no resisten el cuestionamiento crítico pero tampoco lo
admiten, no aceptando polemizar. No se permiten la duda ni la tibieza en el
obrar, y suelen utilizar juicios categóricos con liviandad y violencia,
asistidos por el principio antojadizo de autoridad. Al declinar concebir,
siquiera, a la duda como motor del crecimiento del saber, pergeñan categorías
insostenibles emparentados con el perimido esencialismo.
Se sienten con el
deber moral de defender una causa en peligro, entendiéndose como el límite de
resistencia final de una batalla en la que se ponen en juego elementos
definitorios de la identidad de las comunidades. Defender lo puro, lo original
como una suerte de freno a la amenaza del afuera, concebido como peligroso y
contaminantes.
Las posturas más extremas se posicionan en valores morales, de
los que no se puede decir o cuestionar nada, tan sólo obedecerlos para evitar
el caos. Esa amenaza a la que echan mano para librar su “desigual” guerra está
marcada por una cosmovisión que confronta con esos valores y los ponen en duda.
Sin bagaje teórico que los apoye, son propaladores de oxidados componentes de
un mítico ser auténtico que no evoluciona, que no sufre alteraciones a lo largo
de la historia.
Aprovechando la dificultad de establecer fronteras claras entre
las construcciones del individuo y las del grupo del que forma parte; estos
sectores no dudan en imponer conceptos que son ajenos a la cosmovisión del conjunto.
La individualidad se entrega, sin resultar en desintegración, cuando quien lo
hace encuentra trazos de su identidad relativa al definir valores que siente y
vive como propios.
Y estos
valores sufrirán las mutaciones que los procesos políticos que los enmarcan
determinen. Los gladiadores del esencialismo suelen utilizar deformadas
concepciones de la identidad para cincelar con firmeza ciertos sucesos que
necesitan preservar. Esta acción para ser eficiente debe lograr que esos
hechos, presentados como aislados fuera de un proceso, resulten aceptados como
relevantes en el imaginario colectivo de los pueblos.
Con objetivos
oportunistas ocultan hechos, los tergiversan o simplemente proyectan mensajes
edulcorados sobre tiranías y regímenes opresores. Cegados por su falta de
espíritu crítico se refugian en sus estrechas miradas más relacionados con el
pensamiento religioso que con el científico. Son los que descreen de la duda
como motor del crecimiento intelectual y pergeñan categorías, que los convierten
en el último baluarte de lo puro y original frente a la amenaza de lo extraño y
contaminante.
La búsqueda que los anima es la de los componentes del ser
auténtico, sin mácula o alteración alguna; diseñando el sacrificio de la
individualidad en aras del colectivo sagrado. Son sofistas que se disfrazan de
ingenieros, edificando cárceles para el deseo y el cuerpo, al que detestan en
su plenitud sanadora. Con argumentos que pivotean entre las visiones más
retrógradas de las teologías monoteístas y la biología positivista, están
dispuestos a sacrificar a todo un conjunto humano en “defensa” de un ámbito de
pureza cultural imaginaria. Una habitación en la que conviven la comunidad
originaria, que diseñaron con paciencia de labriego, y la actual. Un lugar en
el que todo permanece inmóvil, donde el quietismo es visto como un bien, donde
no se produzcan los inevitables intercambios culturales, donde los residentes
sean inmunes a la agresión externa, en
formato de aculturación. Estas
afirmaciones abren puertas a la intolerancia entre los componentes de una
comunidad, al no poder dar cuenta de esa realidad fingida, apartada del estado
de cosas que experimentan en día a día.
La potencia que posee este término mal
utilizado se multiplica en un derroche de violencia recíproca, en instancias
que hacen oclusión de cualquier parche festivo.
En el segundo texto de este Teatro Político 2, el autor nos entrega
una personal pintura de la crisis del año 2001. Los restos de una supuesta
fiesta banal, sostenida en luces de neón y falsas promesas de una moneda
fuerte, se pudrían ante una nueva entrega de soberanía económica y el zarpazo
de muerte de los organismos financieros internacionales. Los noventa hacían
eclosión y ese lento proceso de descomposición que alcanzó al mundo de las
ideas, con mentes colonizadas y sin respuesta, estallaba en mil pedazos en
búsqueda de otras víctimas para saciar su sed de violencia recíproca.
Cuando
las miserias atrapan a los habitantes de una casa y a varias de sus relaciones
es posible ver cómo la red social se ha debilitado y, en la mayoría de los
casos ha sido reemplazada por una serie de gestos externos y discursos vacíos
que sólo aguardan turno para desmoronarse. Y, como un sino trágico, las
categorías de identidad y memoria vuelven a surgir. ¿Qué nos espera luego del
debacle?
Las sombras parecen invadir todo, cubrirlo con un manto que hiere por
su agónico crujir. Los marginados, fuera y dentro de la casa imaginaria son
iluminados por la luz de la carroña que los busca, los caza, los lleva a la pira.
Argentina llega a una encrucijada. Una más. Y los cuerpos, esos que nos
arrebataron en fieras dictaduras o entre publicidades de plástico y viajes a
Miami, van a reclamar su lugar y, Bovino lo sabe bien.
Esos cuerpos tendrán su
espacio escénico en un teatro que reclama un lenguaje donde lo político se
atreve a entretener, a ponernos entre y así ejercitar nuestro pensamiento
crítico. ¿Vida imperfecta? Tal vez ni siquiera vida. Tiempo pues de honrarla.
Carlos
Fos
Director
del Centro de Documentación Teatral CTBA
(Complejo
Teatral de Buenos Aires), Argentina.

No hay comentarios:
Publicar un comentario