miércoles, 13 de abril de 2016

EL ORO DE FAMATINA (BERNARDINO RIVADAVIA, 1839

/ EL ORO DE FAMATINA /

(Obra de teatro sobre la vida de Bernardino Rivadavia en el exilio, en Colonia del Sacramento, 1837. Rivadavia fue presidente desde febrero 1826 a junio 1827)


PERSONAJES:
1.  Bernardino Rivadavia, 1836-1837
2.  La vieja actriz hoy cherinola (la “Chonga” Olga Ponce)
3.  Ventura, vieja criada
4.  El padre Adán
5.  Martín Rivadavia, el hijo menor
     

ACTO 1
Ambiente decadente de la sala de lo que fue una fastuosa mansión. Con ménsulas doradas, capiteles, cortinas de brocado, detalles de un paño de pared hechos en telgopor y colgantes de la parrilla bastarán para insinuar las glorias pasadas del salón hoy derruido. Una gotera insistente caerá como si fuese el péndulo de un reloj que marca el ritmo de la decadencia. Las sillas y el poco mobiliario costroso dejarán ver que la penuria económica ronda a los habitantes. El fondo debe diseñar alguna forma de infinito prolongándose hacia el más allá si fuese necesario.
No se requieren recursos fastuosos ni los necesitamos, bastará con agitar la imaginación del visualizador de la obra para conseguir efectos casi mágicos. La decadencia siempre es un modo fantástico de ver el derrumbe propio de todo ser humano que se encamina lentamente a la muerte por más felicidad que consiga acumular durante la vida.
Hay una música obsesiva cuando se inicia, algo que fue un minué pero tan deformado como si lo tocase en un teclado de un piano desafinado alguien absolutamente indigno de la música, como yo.


Olga viste de un modo algo estrafalario, aún para la época de 1830: sombrero con plumas vistosas, flores, tules, abalorios; ropa de seda negra, boa de marabúes y su risa quiebra cualquier intento de solemnidad. La sala donde conversan tiene aspecto desolado: el mobiliario es viejo, desvencijado, polvoriento; el mantel de la mesa está roído, hay libros desparramados, trastos a medio cubrir con lienzos y telas bastas, gotea rítmicamente agua en una palangana. Rivadavia mantiene el porte orgulloso de quien cree en sí mismo a pesar de todo, habla como si estuviese diciendo un discurso ante una asamblea solemne, ríe discretamente con su vieja amiga, mientras sorbe una bebida que ambos comparten.

Rivadavia:             No conviene decir la verdad ante la servidumbre, amiga.
Olga:                    No me interesa tratarlos de igual a igual.
Rivadavia:             Vamos a fingir desvaríos cuando entre la criada, es mujer malevolente con la lengua, siempre esculcando entre las sombras y no hay que olvidar que las paredes tienen oídos en el Virreinato.
Olga:                    Por mí, se quedarían mudas, no pienso hablar con esas negras.
Rivadavia:             …Mal necesario…
Olga:                    Eso lo sabrán en las casas y los despachos; en el teatro todos los del elenco son males necesarios. ¡Hay que ver la de ínfulas que tienen esas mulaticas como la Amparito! Una vez le dimos el papel de Cleopatra y ya se viene creyendo reina del Nilo… (Ríen)
Rivadavia:   ¿…y que disputan por ella Julio César y Marco Antonio? (Ríen y festejan todo con hilaridad)
Olga:           ¡Ni más ni menos! No sabe fregarse el talón y se cree la futura emperatriz de Roma.
Rivadavia:   ¿De dónde trajiste esa farándula? (Riéndose, se nota que lo divierte esa gente, que disfruta pensándolos)
Olga:           De aquí y de allá, quien no era caribeño era de Francia, de Escocia… pero a las extranjeras había que enseñarle palabra por palabra. El castellano es un idioma maldito, Bernardino. Tiene tantas complicaciones y una no es la academia de lenguas…
Rivadavia:             A pesar del entrenamiento, digamos.
Olga:           (Reacciona como quien oye una indirecta) Siempre sospechaste que mi casa de comedias era un congal.
Rivadavia:   Bueno, no pongamos nombres brutales. Quien dice congal dice mancebía, dice lupanar, dice jarana y un liberal no se anda metiendo en las camas ajenas. Hagan lo que quieran con sus cuerpos.
Olga:           ¿Y el alma?, ¿dónde la dejamos?
Rivadavia:             ¡Qué sé yo, no soy el obispo, che! Soy el Presidente de las Provincias Unidas y no me ando metiendo en puteríos.
Olga:           (Se pone de pie) ¡Más respeto con esta dama a quien hasta el padre Castañeda llamó “Faro de las artes”!
Rivadavia:             No me hables de ese eunuco franciscano. 
Olga:                    ¿Por qué te detestaba tanto?
Rivadavia:           El orden público es como tu teatro, todos creen saber la letra de la obra y cuando aparece el director nadie obedece. La Iglesia pensaba que yo tenía el deber de custodiar los valores cristianos.
Olga:                    ¿Y no es así?
Rivadavia:             El gobierno debe atender a la máxima felicidad con el mínimo de dolor, ¿se entiende?
Olga:                    No.
Rivadavia:            (Vuelve a encenderse el fuego del viejo funcionario liberal) ¿Por qué obligar a la gente a militar en el papismo o defender a los hugonotes? No, que cada iglesia cuide su rebaño, el gobierno no se puede ocupar de esas cuestiones doctrinales; siempre en riñas como comadres… (hace gesto de fastidio) No… fuera todo eso.
Olga:                    ¿Eso hace un gobierno?
Rivadavia:             Los hombres del gobierno somos como el dios Jano, con dos caras, una privada y otra pública que sólo muestra lo que conviene.
Olga:                    ¿Y a eso le llaman poder? ¡Están obligados a hacer teatro entonces! (Clima de disputa siempre tenso)
Rivadavia:             Muchas veces un gobierno debe hacer lo que no quiere y no hacer lo que quiere. ¿Creías que éramos omnipotentes?
Olga:                    ¿Y eso es el poder? (Se pone de pie como dominando la situación y camina en torno) ¿Ves, por qué conviene hacer teatro? En mi casa nadie tiene otro deseo que el mío. Siempre pensé que todo el gobierno es una farsa. Perdón por lo que te pueda ofender.
Rivadavia:            Ustedes encienden las luces y nosotros en el gobierno estamos detrás de la escena. Pero sigamos… ¿gustaría una copita de jerez, madame?
Olga:                    Uy, cuánta amabilidad. Acepto (Ve un ovillo sobre la mesa, lo gira) ¿Seguís trabajando con esos bichos asquerosos?
Rivadavia:             ¿Los gusanos de seda? No, lejos de ser sucios (Tira de la estola de seda que tiene Olga) fabrican de la nada estas maravillas de tejidos. Es mi ideal.
Olga:                    ¿Fabricar seda?
Rivadavia:             No: hacer todo de la nada, como… (Mira a lo lejos)
Olga:                    ¿Dios?
Rivadavia:             Un dios humano, como el gobierno. (Hace sonar una campanilla) ¿Hay alguien del servicio? (Grita, llamando)
Olga:                    Cada día son peores, ya no tenemos servidumbre. ¿Por qué mierda se les ocurrió eso de liberar a los esclavos?
Rivadavia:             No comprenderías las sutilezas que necesita la libertad, querida amiga.
Olga:                    Yo entiendo todo lo que se me explica...
Rivadavia:             La libertad es... un nombre, una bella idea, un “flatus vocis” como decían los antiguos: sólo un ruido. Lo importante no es quién maneja la libertad sino quién maneja la justicia.
Olga:                    ¿Y qué tiene que ver la justicia con eso?
Rivadavia:             La justicia es el poder, mi querida. Es la vara que premia o castiga, el que tiene la vara es quien maneja los hilos de todos los títeres.
Olga:                    Ya me gustaría ver los títeres... (ríe) ¿Y el jerez? (Hace sonar de nuevo la campanilla)
Rivadavia:             ¿Y Orgelia?
Olga:                    ¡Miren al señor Presidente, hincando los dientes en la carne joven! ¿Te sigue gustando tanto la Orgelita?
Rivadavia:             Y...uno ya está mayor.
Olga:                    ¿Qué cosa te atrae de ella? Es una muchachita... insignificante.
Rivadavia:             Tiene unos labios carnosos, tiene la sonrisa fresca, es una flor recién abierta que conserva la fragancia de la noche.
Olga:                    ¡Qué poético!...Estás hablando de tu vejez.
Rivadavia:             (Se levanta, fastidiado) Odio esa palabra. Odio pensar que algún día los huesos me van a pesar más que los años, que deberé caminar arrastrando los pies, orinarme encima, sufrir temblores y no poder dormir como mi padre, que pasó los últimos días con los ojos abiertos esperando la muerte. (Como despabilándose) Orgelia me hace olvidar que la tumba está cerca.
(Entra la criada que tiene porte insolente: Ventura mira siempre todo con desconfianza, tiene ásperos modales y continuamente se friega las manos en el delantal que llevan puesto, viste de blanco: faldas blancas de tela rústica como lienzo y blusas blancas, cofia en las cabeza, delantal blanco)

Ventura:               ¿Ordenaba algo el señor?
Rivadavia:             ¿Cómo se decía?
Ventura:               (Poniendo los ojos en blanco) ¿Ordenaba algo el señor Presidente?
Olga:                    (Exagerando la reverencia) ¡Su excelencia merece ese trato!
Rivadavia:             ¿Qué pasa, Ventura? ¿Por qué tardó tanto?
Ventura:               Cuando el salario llegue más rápido, la criada será más diligente…
Olga:                    Por ahora la lengua de la criada es más rápida que la criada, ¿verdad?
Rivadavia:             ¿Queda algo de jerez para convidar a la dama?
Ventura:               No, señor. El vino se acabó.
Rivadavia:             ¿Cómo que se acabó? ¿Cuándo?
Ventura:               (Con sorna) El señor presidente ordenó hace dos días servir borgoña, ¿recuerda el señor presidente? Cuando vino el míster ese...no recuerdo.
Rivadavia:             ¿Qué míster ni qué míster? Hace semanas no recibo visitas.
Ventura:               El señor presidente se habrá olvidado...
Olga:                    Su excelencia nunca olvida...
Rivadavia:             ¿Qué le podemos ofrecer a la señora entonces?
Ventura:               ¿Le gustaría una limonada, señora? (Lo dice con el tono de vana condescendencia, casi como una burla)
Olga:                    Sí, una limonada me vendría muy bien. (A Rivadavia) Dicen que sienta al estómago.
Rivadavia:             Dos limonadas entonces (Se retira la criada)
Olga:                    ¿Y el amor? ¿Y la ternura? ¿Y el alma, Bernardino? Veo que estás solo, a merced de esas brujas (Señalando hacia donde se retiró la criada)
Rivadavia:            ¿Las criadas? No son malas, solamente chismosas, se pasan día y noche tejiendo leyendas sobre la vida de la gente.
Olga:                    ¿Qué dirán de mí, entonces? ¿Que te amo? ¿Que siempre te amé con toda el alma?
Rivadavia:             Yo no sé amar almas, mi querida, apenas me dan las fuerzas para hundirme en un cuerpo tierno y tibio, todo lo demás son imposturas.
Olga:                    ¿Entonces es verdad lo que dicen, que sos una piedra incapaz de amar?
Rivadavia:             El amor es un invento de Platón, tema para sirvientas (Señala hacia donde salió la criada).
Olga:                    Creí que...sentías algo por mí.
Rivadavia:             Somos viejos amigos. Nos conocemos las debilidades.
Olga:                    Débil y todo, yo siempre te amé, Bernardino.
Rivadavia:             (Molesto, levantándose) Amar, amaba, amaría. ¿No te das cuenta que es solo un verbo para practicar la gramática? ¿Dónde está, en la realidad? Son puras fantasías que colocamos afuera para sentirnos más perfectos adentro.
Olga:                    ¿Y todo lo que me decías?
Rivadavia:             ¿Todavía creés en las palabras? En tu mancebía las cosas son más prácticas, ahí tanto tienes, tanto vales y quien no tiene billetes mejor que se olvide del amor.
Olga:                    ¡Basta de humillarme! ¿Me creés desalmada?
Rivadavia:             No. Pero me sorprende comprobar que cada mujer son dos mujeres, una virgen y una puta, en el mismo cuerpo.
Olga:                    (Con suma vergüenza) ¿Verme obligada a transformar la comedia en un salón de alternadoras me hace delincuente? ¡Por favor, Bernardino! Después que te fuiste del gobierno fui perseguida, quedamos casi en la miseria.
Rivadavia:             Comprendo.
Olga:                    Comprendo, comprendo… (Lo dice imitándolo), ¡pero eso me hace indigna de trato!, ¿verdad? Ya no se puede amar a la ramera, ¿es eso?
Rivadavia:             No te humillé. (Cambia de tono) Yo no sé amar, mi querida. No me enseñaron.
Olga:                    ¿Y a tu familia tampoco?
Rivadavia:             De mis hijos, mejor no hablar, y mi pobre mujer es víctima de su fe. Cree en todo lo que quiere creer, yo dejo pasar. Si cree que yo la adoro, allá ella. Juanita fundó su propia fe.
Olga:           (Se le acerca, lo acaricia, él se deja con indolencia) ¿Nunca fuiste feliz con ella?
Rivadavia:             Quizás los primeros cuatro o cinco años, después el trabajo me salvó del aburrimiento feroz que presentía, cuando tuve que viajar a Europa con las misiones de gobierno: primero París en 1814, después Madrid, después Londres. Casi 10 años afuera, volví en el 26 para ser Presidente. ¿Qué amor pude resistir el paso del tiempo? Ni siquiera nosotros salimos invictos...
Olga:                    Entonces, estoy de más en tu vida.
Rivadavia:             Estás en mi vida.
Olga:                    (Se le acerca para darle un beso, Rivadavia la aparta bruscamente) ¡Bernardino! (La escena debe ser muy tensa, violenta)
Rivadavia:             ¡Nunca, jamás vuelvas a hacer eso! (Se limpia la cara con un pañuelo como si le diese asco)
Olga:                    No me importa que me humilles, te sigo queriendo a pesar de todo.
Rivadavia:             Allá vos...
Olga:                    (Se le acerca de nuevo por la espalda, trata de abrazarlo pero Rivadavia la aparta ácremente) ¿No ves que te amo de verdad?
Rivadavia:             ¡Qué me importan tus sensiblerías! Soy una figura pública.
Olga:                    Yo también, señor presidente.
(Entra Ventura con dos copas, se las sirve, toman las copas y se van charlando por lateral derecho, queda Ventura en la sala acomodando las cosas que quedaron desordenadas, entra Martín)

ACTO 2
Martín:          Buenas tardes
Ventura:         (Muy contenta) ¿Mi niño Martincito! (Tiene un mate, y busca el agua en un rincón, ceba y lo trae de nuevo, como se hacía antes, cuando la servidumbre acarreaba cada mate)
Martín:          ¿Y papá?
Ventura:         (Disgusto) Está con esa gorrona que se hace la gran dama, niño, y no es más que una perdularia
Martín:          ¿Quién?
Ventura:         La actriz esa, la Chonga Ponce
Martín:          ¿Vino otra vez?, ¿Desde cuándo se conocen ellos? 
Ventura:         Allá en Buenos Aires, niño Martincito, ella dirigía la casa de comedias cuando él gobernó, se acordará, usted iba a ver las funciones (Se anima y se alegra al decir esto) con doña Juanita
Martín:          Sí, me acuerdo, Ventura, me gustaba mucho el teatro...
Ventura:         Ella era la patrona ahí, contrataba los cómicos, mandoneaba a sus anchas, y ahora me quiere dar órdenes como si yo fuese su sirvienta. Eso, jamás, mi única ama ha sido doña Juanita
Martín:          Me acuerdo del teatro, de una obra sobre una familia que... (Haciendo esfuerzo, entrecerrando los ojos) había perdido todo, todo, se quedaron en la miseria al morir el padre, porque...
Ventura:         Humilla cada vez que pide algo, busca el modo de hacerme sentir una basura, menos que nada, cuando doña Juanita me trataba de igual a igual
Martín:          ...porque el padre había perdido todo en el juego y nunca les dijo nada...
(Superponer ambos párrafos marcados con (*) de manera que al final cada uno debe tratar de recomponer lo dicho)
*Ventura:       Todos sabemos el pasado de esa “señora”, como si no tuviese el culo bien sucio para venir a hacerse la importante... ¡en el Infierno puede ser!, entre los condenados
*Martín:        ...Y al morir el viejo, se vino todo abajo (Volviendo a Ventura, a quien había dejado de atender cuando empezó a recordar) ¿qué me decías, vieja Ventura?
Ventura:         Nada, niño, rezongos de vieja nada más...
Martín:          Escuché algo del Infierno...
Ventura:         Un sitio espantoso, niño
Martín:          ¿Y cómo sabés eso? (Empieza a revelar temor al tratar de evitar algunos temas pero al mismo tiempo, lanzándose compulsivamente a esos temas)
Ventura:         Estuve allí
Martín:          ¿Qué estás diciendo?
Ventura:         ¡Estuve! (Se persigna) ¡En sueños! Soy devota de la madre Asunta, ella me llevó en sueños a ver las desdichas y los sufrimientos, niño…
Martín:          ¿Ah, sí? (Como dudando...) ¿Y qué viste? (Hace como que no escucha del todo, se ve que el tema lo incomoda)
Ventura:         Gente gimiendo, el piso es de puras brasas mi niño, y las paredes echan humo, hay un olor muy fuerte de azufre y suenan vientos que una no sabe de dónde soplan, y murciélagos...
Martín:          Y, ahí… ¿hay mucha gente?
Ventura:         La Madre me dijo que son almas, pero le juro que parecen cuerpos, así como usted, así, se les ven los brazos, las venas y el dolor.
Martín:          (Recuperando la duda) No, no puede ser, (Risa nerviosa) ¿para qué te llevaría ahí esa Madre?
Ventura:         Las visiones empezaron... cuando su papá tuvo esa guerra con la Iglesia
Martín:          ¿Guerra? Papá nunca hizo una guerra a Dios...
Ventura:         ¡Vaya, averigüe, pregunte!...usted era muy chico
Martín:          ¿Y entonces...?
Ventura:         La Madre se me aparecía para avisarme...
Martín:          ¿Qué?
Ventura:         Los castigos que iban a caer sobre nosotros
Martín:          ¿Nosotros? ¿Sobre mí también?
Ventura:         Todos los que estábamos amparados por don Bernardino
Martín:          Eso no es posible, ¿por qué pagaríamos justos por pecadores?
                        ¡Yo no tuve nada que ver!
Ventura:         ¡Usted no sabe lo que es la justicia de Dios! Es tremenda, niño, cae la lluvia de fuego y es sobre todos, como en Sodoma
Martín:          Son tus cosas de vieja, (Desestima como forma de tranquilizarse a sí mismo) Ventura, te estás poniendo arrugada, (titubea) tus lindas historias, ¿ya te olvidaste?
Ventura:         Yo también, niño, recuerdo cuando lo acunaba...
Martín:          ¿Vos me acunabas?
Ventura:         Doña Juanita enfermó de tristeza cuando su padre viajó y la dejó sola, con los hijos...usted era muy chiquito, apenas una cosita entre los pañales, pero lloraba fuerte.
Martín:          ¿Quién me contaba esas historias fantásticas sobre los monstruos del río?
Ventura:         Era Isabel, esa negra ladina que lo quería asustar, niño Martincito (Ella se fue acercando, él está sentado, ella de pie y le acaricia el cabello como si fuese a un niño)
Martín:          Ya estoy crecido, Venturita…
Ventura:         Para mí siempre será mi niño querido, (lo abraza desde atrás poniéndole las manos en la cara y besando la cabeza) yo le di mi pecho, porque doña Juanita se había quedado seca, pobrecita, tantos disgustos...
Martín:          Mi vieja Ventura... ¿y qué era eso que me contaba la parda Isabel?
Ventura:         Dos hermanitos se perdieron en medio de un gran bosque
Martín:          ¿Y después vino una tormenta, no?
Ventura:         Sí, el viento gritaba enojado, los árboles se sacudían hasta las raíces, el cielo se llenaba de relámpagos mientras las ramas caían con rabia...
Martín:          ¿Y los chicos lloraban, abrazados?
Ventura:         La nena lloraba, el hermanito no, porque era valiente y la quería proteger
Martín:          ¿De qué?
Ventura:         Del bosque, de la tempestad, de las brujas, del monstruo, de todo
Martín:          ¿Había brujas también?
Ventura:         Y un monstruo, mitad león, mitad toro...
Martín:          (Riéndose y desprendiéndose de las manos de Ventura) Menos mal que crecí, ¿no, vieja Ventura? Y salí del bosque y de la tormenta. Pasó el tiempo…
Ventura:         Yo todavía lo veo como un niño
Martín:          Ya no hay niño, ya no hay bosque de cuentos, el pasado se llevó todo, hasta la felicidad de mi familia…
Ventura:         El bosque era de cuento, pero el Infierno es de verdad. (Silencio ominoso ante este dato)
Martín:          Pasó la tormenta…
Ventura:         Sí, mi niño, pero siguen la bruja y el monstruo, siempre esperando el momento para atacar.


ACTO 3

(Siempre el salón de Rivadavia, regresa éste con Olga y un cura)

Rivadavia:             Y bien, padre Adán Piñero. Ahora no se pueden quejar, ¿verdad, misia Olga Ponce? (Lo dice codeando a Olga, que sigue con el malestar de la discusión anterior aunque trata de fingir) El Restaurador no los trata tan mal (Exagerando)
Adán:                   Por favor, señor Rivadavia, el redil del Señor siempre será perseguido en esta tierra maliciosa.
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(Cambio: a partir de acá esta disputa debe ser una obra dentro de otra obra teatral, súbitamente Olga asume su rol de actriz de folletines y sus modos deben ser pomposamente artificiales y melodramáticos, además todo debe ser muy ágil y trazando una especie de ronda en la que los personajes giran mientras discuten acaloradamente )
Rivadavia:             En mi gobierno se quejaban de esto, de lo otro, ahora están calladitos y tan contentos.
Adán:                   No comprendo, señor...
Rivadavia:             (Sacando un diario y sacudiéndolo en el aire) El Argos era un muro de lamentos, ¿se acuerda, padre? (Se lo dice casi con el diario rozándole la nariz), y en este otro pasquín (Saca hojas amarillentas) su compinche el franciscano Castañeda me llamaba 'mulato' y 'sapo del diluvio' Lea, lea (Lo dice imperativamente, tira dos páginas del diario al cura pero cae a los pies de Olga que las toma y lee:)
Olga:          (Lee la hoja que recoge del piso y lee con voz engolada y teatral)
                  No hay porvenir más maravilloso
                   Ni hay un destino más amado
                   Que librarse del Sapo del Diluvio
                   El Sapo es Rivadavia o Rivaduvio (Se refrena un poco al leer, mirando a Rivadavia como si dijese ¿puedo seguir?, éste asiente)
                   Y el infierno ya lo tiene regalado.
        
Rivadavia:   Y me amenazaba con excomuniones, anatemas y cárceles de fuego en el infierno...
Olga:          ¿Cárceles de fuego? ¡Habría que verlo! (Festeja, irónica)
Adán:          Bueno, señor Rivadavia (incómodo) Usted tampoco puso fáciles las cosas con su reforma eclesiástica. Hizo abolir congregaciones enteras...
Rivadavia:   ¡Esos conventos de frailes fanáticos eran nidos de conspiradores!
Adán:          Creo que exagera...
Rivadavia:   ¿Exagero, dice, padre? ¿Qué hacían los betlamitas reuniéndose con los borbónicos?
Adán:          Tal vez querían conseguir la pacificación del Virreinato...
Rivadavia:   ¿Paz con los Borbones? (Furioso, gritando, dando manotazos en la mesa) Yo fui, en persona, con Manuel Belgrano, que en paz descanse, a ofrecerle a Fernando VII la sumisión del Virreynato siempre que aceptara una constitución, pero el muy asno ni siquiera nos recibió.
Adán:          Era apenas un grupito de frailes…
Rivadavia:   ¿Y sus queridos padres de la Compañía de Jesús?, ¿otro grupito, padre? ¡Siempre mezclándose con el poder! En las homilías predicaban que se debe asesinar a un gobernante cuando se aparta del camino de Dios. Como si conociésemos el camino de ese fantasma (Con amarga sorna, mirando el cielo)
Adán:          Lo que enfureció a Castañeda fue ese episodio de la muerte del papa.
Olga:          (A Rivadavia, falsamente escandalizada) ¿Hiciste matar al Papa, Bernardino? (Se tapa la boca con las manos: no olvidar que ella es actriz, todo lo exagera desmesuradamente)
Adán:          No, querida señora, no. Fue cuando murió Pío VII, lo había sucedido León XII pero… (Titubea un poco, hasta que lo dice de un tirón) el señor Rivadavia no nos autorizó el cambio en el canon de la misa.
Olga:           ¿Y qué tiene que ver en eso en señor Presidente?
Rivadavia:   (Se apresura a aclararlo) ¡La Iglesia no comunicó oficialmente nada!, no tengo por qué enterarme de la salud del Vaticano si no me informan.
Adán:          Eso es malicia, usted sabía muy bien que ya habíamos cambiado de Papa...
Olga:          No entiendo, ¿y qué pasó?
Adán           El señor envió una circular a todas las diócesis prohibiendo anunciar los cambios en la Iglesia. En las misas todos los curas seguíamos rezando por la salud de un papa muerto un año después de estar sepultado. Eso ha sido malicia.
Olga:           ¿Rogando por la salud de un muerto? (Se ríe) Eso sí que es original…
Rivadavia:   ¿Y el muerto acaso no merece oraciones?
Adán:         Es imperdonable en un gobernante. (Ofuscado)
Rivadavia:   Juzga como una matrona, no como un eclesiástico, fray.
Adán:          Hizo mal, señor
Rivadavia:   (Ofuscado ya) El nuncio tendría que haber enviado un oficio al gobierno, para eso está el nuncio, pero nada.
Olga:           No comprendo, ¿por qué no avisó?
Rivadavia:   Porque la curia no quería malquistarse con el rey de España reconociéndonos oficialmente al enviar un oficio al gobierno…
Olga:           Y entonces, los ignoraba.
Rivadavia:   Como si el gobierno no existiese. ¿Ellos no aceptan mi vida? Yo no acepto su muerte, y quedamos a mano...
(Aquí termina el cambio, la ronda y el folletín, los tres reasumen sus modos y personajes originales)
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Adán:          El Papa no tiene ningún deber para con los príncipes, los príncipes tienen todos los deberes para con el Papa, porque su reino no es de este mundo.
Rivadavia:   (Ofuscado) Deje su lenguaje de sermón para sus fieles, fray. El único deber que tiene el Estado es con sus ciudadanos.
Adán:          ¿Y Dios, dónde lo dejamos? (Responde con más fuerza)
Rivadavia:   (Se levanta de la silla, arroja un libro que está en un atril) ¿Qué Dios? ¿El de los judíos, el de Cristo o el de Mahoma?
Olga:          (Poniéndose de pie, acercándose a Rivadavia, conteniéndolo de la furia) Por favor, Bernardino, es un sacerdote...
Bernardino:           Y yo soy el presidente de las Provincias Unidas, no el sacristán del Papa.
Adán:          Era...., señor Rivadavia, era.
Rivadavia:   No se descuide, los unitarios podemos volver en cualquier momento.
Olga:          (Yendo de uno al otro,  tratando de hacer las paces) Por favor, señores, mantengamos la calma. No hace falta malograr la visita.
Rivadavia:   Tal vez un año, o un día y volvemos.
Adán:          No lo veo posible mientras esté el Restaurador en el poder.
Rivadavia:   Parece que están felices con ese carnicero en el gobierno. (Lo dice con ironía, más calmado)
Adán:          Su gobierno fusiló a varios sospechosos.
Rivadavia:   Dos oficiales sediciosos. El cabecilla de Tagle huyó como rata a la Banda Oriental.
Adán:          Exactamente donde estamos ahora. ¿Huyó como rata su Excelencia?
Rivadavia:   Sigan felices con Rosas, ¿qué hizo por ustedes?
Adán:          (Vuelve a sentarse, apoyándose en el bastón que coronó con el sombrero) La economía, señor. Es la llave maestra para abrir el trono y mantener al rey en su sitio (Lo dice acremente)
Rivadavia:   (Con sorna e ironía) Le escuché decir que era Dios quien mantenía el poder, ahora es la economía, ¿o acaso la economía es el Dios de su orden? (Se ríe)
Adán:          (Molesto, cambia de tema) Vine por un asunto... justamente, de economía.
Rivadavia:   Ah, ese era el tema, ¿de qué se trata?
Adán:          El oro de Famatina. ¿Ya se olvidó de nuestra empresa? (Cambia un poco la voz al decirlo, como si el entusiasmo de saberse socio necesitara de esta calma) Quiero vender los bonos, estoy necesitado de caudales.
Rivadavia:   Se dice fácil. ¿Usted cree que es tan simple? Las acciones de la compañía bajaron con todos esos disturbios en el interior.
Adán:          ¿Qué tengo que ver yo con la política?
Rivadavia:   Con la economía, (Lo corrige) como usted mismo dijo. Las inversiones bajan y suben, debería saberlo, y con tantos revuelos que arman Facundo y el Chacho Peñaloza en La Rioja, y el cierre del Banco Nacional que fundé, los inversores huyeron vendiendo todas sus participaciones.
Adán:          Aquí (Saca unos ruinosos papeles del bolsillo) están mis inversiones en oro español. ¡Exijo que se me devuelvan!
Rivadavia:   ¿Por qué a mí? ¿Soy acaso el dueño de Famatina?
Adán:          Es su empresa, ¿no?
Rivadavia:   Error mi querido amigo. Yo solamente fui administrador. Las empresas son de todos los accionistas, de todos... y de nadie.
Adán:          Ha sido una estafa entonces (De nuevo, ofuscado, amenaza con el bastón) ¡Voy a recuperar hasta el último centavo señor Rivadavia! (Lo amenaza bajando la voz) O juro que lo haré matar…
Rivadavia:   ¡Qué bien, ahora los varones de Dios amenazan como bandidos del bajo! ¿Será la moda federal?
Olga:           ¡Por favor, padre!
Adán:          Por respeto a la señora me callo.
Rivadavia:   Usted debe ser el único hombre que la respeta en todo el Virreinato (se ríe), misia Olga, alias la Chonga Ponce, cambiaría mil reverencias por una moneda, ¿no es verdad, querida? (El cura mira, sorprendido) ¡No me diga que no sabía que ella dirige un burdel!
Olga:           Por favor, Bernardino, no es el momento de ironías. No hay por qué…
Rivadavia:   ¡No es secreto para nadie! No estoy rompiendo votos de confesión, es un negocio como cualquier otro, ¿acaso alguien se escandaliza por la venta de carnes del matadero de Rosas? No. Carne por carne, ¿no es la misma cosa?
Adán:          No trate de desviar la conversación, allá la señora con sus negocios yo vine por el mío. ¡Quiero mi dinero!
Rivadavia:   Yo no le vendí ningún negocio, fray
Adán:          ¿Y quién desparramó noticias acerca del oro que aparecía en los potreros al pie del Famatina?
Rivadavia:   Los diarios ingleses, “The Sun” y “The Times” con la leyenda del Rey Blanco y otras patrañas españolas de tiempos de la Conquista
Olga:           (Minimizando) Tiempos idos, el pasado se fue.
Adán:          ¿Y quién fomentó esas mentiras?
Rivadavia:   La codicia y la estupidez humana, del brazo, como comadres.
Adán:          (Acusándolo con el dedo) Usted participó de todo eso, en Londres. Tengo informantes que…
Rivadavia:   (Levantando las manos para frenarlo) No se desgaste, fray. Necesita la voz para cantar en sus misas… el señor John Hullet me ofreció fundar una compañía minera cuando estuve en Londres. ¿Por qué negarme? ¿Acaso no necesitábamos caudales para afrontar la inmensa deuda que teníamos?
Adán:          Deuda es la que tiene conmigo
Rivadavia:   La guerra con Brasil desangró las arcas, fray.
Adán:          ¿Y qué tengo que ver?
Rivadavia:   ¿De dónde sacaríamos dineros? ¿Es un delito fundar una compañía comercial?
Adán:          No, pero es un delito vender lo que no existe.
Rivadavia:   No vendimos nada...
Adán:          ¿Me está diciendo que el Estado necesitaba robar?
Rivadavia:   ¡Robar!, no usemos palabras brutales. Robar, robar…no quisiera yo que le hicieran la misma pregunta a su Iglesia.
Adán:          ¡Nosotros no robamos!
Rivadavia:   ¿Acaso no venden perdones? ¿No es otra cosa que no existe y sin embargo ustedes la venden? (Se recompone, deja el tono acusador de sospecha y vuelve al tono formal) ¿Dónde se ha visto un gobierno que robe, fray?
Adán:          (Se exalta nuevamente) Usted me lo está confesando.
Rivadavia:   El Estado no necesita robar. ¿Qué teníamos para ofrecer a los capitales? Extensas pampas de tierras, mitos y montañas. Ese míster Hullet me ofreció invertir un millón de libras esterlinas para fundar la River Plate Minning Company. Y acepté. Yo obtenía dinero para el gobierno y los ingleses el permiso para explotar el oro del Rey Blanco en Famatina. ¿Dónde está el delito, fray?
Adán:          Pero usted participó como accionista también. (Lo señala con el dedo) Usted era el padre del plan, Quiero recuperar mi dinero. Lo necesito.
Rivadavia:   Reclámelo a la Famatina Minning Company.
Adán:          ¿Qué es eso? Yo tengo bonos de la (Saca unos papeles del bolsillo y los mira) River Plate Minning Company.
Rivadavia:   Me temo que caducaron.
Adán:          ¿Cómo? Usted era el director.
Rivadavia:   Eso fue por 1825, pasaron más de diez años…
Adán:          ¿Quién hizo el desfalco? ¿Quién se llevó mi dinero?
Rivadavia:   Pregúnteselo a Facundo Quiroga, o al socio, don Braulio Costa o a John Parish Robertson...
Adán:          ¿Qué tienen que ver ellos con todo esto?

Rivadavia:    (Impávido) ¡Ellos fundaron la Famatina Minning para explotar el oro! ¡Ellos compraron los bonos de la empresa y se adueñaron del cerro! Ellos se llevaron su dinero, ya ve: tengo (Muestra) las manos vacías. Y después me dice que el gobierno roba, ¡por favor!

ACTO 4
Martín:           ¿Qué querés decir, vieja Ventura?
Ventura:         Acá también se está armando una tormenta
Martín:           ¿Qué tormenta?
Ventura:         Don Bernardino... nunca respetó a doña Juanita. Cuando estábamos en Buenos Aires, cuando él gobernaba, ésa mujer (Señala en dirección adonde estarían Bernardino y la Chonga Ponce) ya tenía enredos con él. A veces pienso que quiere más a sus gusanos que a la familia
Martín:           ¿De qué gusanos estás hablando?
Ventura:         Los gusanos de la seda que cultiva en el huerto. Se pasa el día entre las moreras recortando los gajos para los capullos...habla con esas orugas y se olvida de ustedes. Con esa furcia.
Martín:           Uy, vieja Ventura, estás tomando todo a la tremenda. ¿Y qué? ¿Acaso me voy a sorprender porque papá tiene una amante? (Ríe y trata de hacerle bromas tirándole del delantal como hacía cuando era chico) No, no, no... vieja chismosa, eso no se hace..
Ventura:         Hay cosas que no sabe, niño.
Martín:           ¿Qué, de la tormenta y las brujas? ¿O los gusanos de seda?
Ventura:         ...De don Bernardino
Martín:           Acá yo solamente veo una bruja: la vieja Ventura (Ríe) que está celosa de mi padre... ¿no te habrás enamorado vos de don Bernardino, eh, vieja?
Ventura:         Piensa quitarles toda la herencia que les corresponde (Fin brusco del juego)
Martín:           (Serio) ¿A quién? ¿Qué?
Ventura:         Hablaba hace poco con esta ramera, diciéndole que los hijos no valían la pena, que lo habían llenado de disgustos, que sus hermanos se pasaron al bando federal y servían al carnicero de Rosas.
Martín:           ¿Hablaban de mis hermanos o de mí?
Ventura:         De sus hermanos mayores, de Benito y de Bernardino, los llamó 'traidores' y dijo que eran la causa de sus amarguras
Martín:           ¿Y de mí? ¿Qué dijo de mí, vieja Ventura?
Ventura:         Que es la deshonra de toda la familia, que hubiese preferido mil veces que la muerte se lo llevara cuando enfermó a poco de nacer...
Martín:           ¿Por qué? ¿Por qué me detesta?
Ventura:         No dijo eso...
Martín:           ¿Qué, qué más dijo, vieja Ventura?
Ventura:         Que hizo un testamento... que sus bienes jamás iban a terminar en manos de dos forajidos y un impuro.
Martín:           ¿Impuro? (Perdido) ¿Qué significa eso?
Ventura:         Cuando los muertos llevan pecados, no pueden subir al cielo, niño. Pasan por un castillo de fuego que se llama Purgatorio; inmenso, allí se purifican los difuntos porque no hay mancha capaz de resistir las llamas que arden en esa cárcel.
Martín:           ¿Yo debería limpiarme allí?
Ventura:         No, mi niñito, usted está libre de maldades
Martín:           Pero papá cree que estoy impuro
Ventura:         Su padre se dejó enturbiar la cabeza por esa ramera. Ella le instigó el odio a la familia, ella se quiere quedar como ama y señora de la casa. Es esa mujer la que lo trastornó. Esa mujer y los gusanos babosos.
Martín:           Venga, vieja Ventura, cánteme un momentito, calme este dolor que tengo en el alma...
Ventura:         Yo no tuve hijos porque lo tuve a usted de chiquito, y me pensé que era mío, por eso me paso velando día y noche por usted. No quiero que nada ni nadie le haga daño, mi niño.
Martín:           ¿Y qué puedo hacer?
Ventura:         Defenderse.
Martín:           ¿Cómo haría eso, vieja?
Ventura:         Atacando si es necesario.
Martín:           ¿Yo?
Ventura:         Es el mal que se nos viene sobre la cabeza, niño.
Martín:           La cárcel de fuego...
Ventura:         El odio de Dios, niño
Martín:           Shhhh, cánteme bajito, quiero dejar de pensar porque las dudas me arden en la cabeza, acá está la cárcel de fuego, en la mente que no descansa.
Ventura:         Hay muchos bienes en juego, niño. Todo lo que usted necesita para vivir en paz el resto de su vida...todo eso se lo va a llevar una perdularia
Martín:           No hay tantos bienes, Ventura. Papá salió del gobierno casi en la miseria
Ventura:         Eso creímos, pero le dijo a esa mujer que había conseguido muchos bienes con la mina de oro
Martín:           ¿Famatina? Eso se fue a la quiebra, solamente encontraron cascotes vieja, perdieron todo...
Ventura:         No, mi niño. Yo escuché otra cosa de la boca de su papá.
Martín:           ¿Qué escuchaste?
Ventura:         Hizo mucho dinero con eso, los socios ingleses recaudaron mucho y le dieron una parte, en libras. Y eso le vendría bien para usted, para su tranquilidad, mi niño, usted no tiene oficio. Sus hermanos al menos son soldados, pero usted se quedará en la miseria
Martín:           Entonces, hay que tomar la delantera
Ventura:         Este es el momento, está débil, está solo, ¿quién lo va a defender?
Martín:           Pero es mi padre...
Ventura:         Es su enemigo ahora, niño... un hombre viejo que le quiere robar sus bienes, los que son de su familia, todo...
Martín:           ¿Estás segura, vieja?
Ventura:         Es un hombre cruel, niño
Martín:           Aquí, lejos de la patria, nadie me acusaría...
Ventura:         Tome (Le entrega un cuchillo) esto sirve para lavar las culpas
Martín:           ¿Matar a mi padre? ¿No es mucho?
Ventura:         Lleva un minuto
Martín:           Un minuto, pero no hay vuelta atrás, vieja. ¡Es definitivo!
Ventura:         Piense que con ese simple acto salva su vida acá (Señala la sala) y más allá (Señala el cielo)... porque su padre le quitó las dos cosas
Martín:           No. No puedo
Ventura:         ¡No sea maricón!, deje esa flojera de mujer para sus intimidades, acá lo necesito firme, como le enseñé.
Martín:           Voy a vengar a mamá, a mis hermanos y a mí de una buena vez
Ventura:         Vaya, en nombre de Dios, el Señor que nos pide este sacrificio para limpiar el pecado...
Martín:           Sí, es esto, o la cárcel de fuego
Ventura:         (Se pone de pie y lo bendice) En el nombre del Padre, y del Hijo, mi niño.


ACTO 5

(Rivadavia de nuevo, con Olga y el padre Adán)

Rivadavia:   ¿No sabe cómo se maneja una empresa, padre?
Adán:          No tengo por qué saberlo, soy un soldado de Cristo…
Rivadavia:   Todos necesitamos algo de economía, no solo de teología vive el hombre…
Adán:          ¡Yo solamente sé que puse dinero y quiero que me lo devuelvan!
Rivadavia:   Las empresas necesitan dinero para funcionar. El dinero lo ponen los accionistas, usted, yo, y ese capital mueve todo.
Adán:          ¡Necesito mi dinero!
Rivadavia:   (Como si no lo hubiese escuchado) Mueve los empleados, las herramientas, pone a rodar la producción, ¿me entiende?
Adán:          ¿Dónde están mis caudales, ahora que los necesito?
Rivadavia:   Me temo que no queda nada.
Adán:          ¿Cómo que nada? ¿Quién me robó?
Rivadavia:   Todos y nadie.
Adán:          No me venga con jeringozas
Olga:           Es verdad, Bernardino, yo tampoco entiendo
Rivadavia:   Este país es muy complejo, padre. ¿De qué sirve tener el oro enterrado si hace falta afuera?
Olga:           Afuera, entonces hay que sacarlo…
Rivadavia:   Si explotamos las minas, ¿el beneficio es nuestro o de quien puso el dinero para extraer el metal?
Olga:           De los dos, parte por parte
Rivadavia:   Lo que es es nuestro, ¿es de Buenos Aires o de la provincia riojana donde está el cerro de Famatina?
Adán:          (Cortante) No sé, ni me interesan sus conjeturas
Rivadavia:   Hace mal… por el agujero de esas conjeturas se coló su dinero
Adán:          ¡Me lo va a devolver, centavo a centavo! (Saca un cuchillo y toma a Bernardino por la solapa)
Rivadavia:   ¡Nosotros, usted y yo decíamos que el dinero es para Buenos Aires, pero Facundo y sus socios dijeron que era para La Rioja!
Adán:          Patrañas, devuélvame lo mío
Rivadavia:   ¿Yo? (Sin perder la compostura) ¿Y de dónde cree que puedo sacar fondos para devolvérselos?
Adán:          No sé, pero a mí no me va a robar…
Rivadavia:   ¿Acaso no sabía que arriesgaba al invertir?
Adán:          No me importan sus engaños…
Rivadavia:   ¿Apuesta en las barajas como antes, padre? Decían que usted jugaba fuerte en la casa de empeños…
Adán:          No tengo por qué confesarle nada
Rivadavia:   ¿Ah, no? ¿Y por qué yo sí debo confesar?
Adán:          Porque está en falta…
Rivadavia:   ¿Ya se olvidó de perder apuestas? En el garito perdió mucho más y no se quejaba…
Adán:          Era un juego, esto es otra cosa
Rivadavia:   Todo en la vida es un juego, padre, hasta esas morisquetas que hace en el altar para engañar al vulgo.
Martín:        (Entrando atropelladamente, derriba algo cuando aparece...) Padre, vine a reclamar...
Rivadavia:   ¡Tanto tiempo, Martín! ¿Usted también viene a reclamar el dinero del oro de Famatina?
Martín:        No. (Se intimida un poco a ver al cura y la Chonga) Quería hablarle de un tema familiar, pero no esperaba...
Rivadavia:   Mi vida privada ya se hizo pública, hijo... puede hablar con franqueza…
Martín:        ¿Delante de esta...señora?
Rivadavia:   ¡Y el padre Adán!, se lo presento, considérelo su amigo, Dios es amigo de todos… ¿no es así, padre?
Olga:           Yo soy la señora Olga (Tiende la mano que Martín deja en el aire)
Martín:        No intimo con barraganas, señora...
Olga:           ¿Por qué me trata mal? Yo nunca lo ofendí...
Rivadavia:   Y bien, ¿en qué lo puedo ayudar? ¿qué necesita, hijo?
Martín:        Nada suyo padre, todo lo mío.
Rivadavia:   Mío, me, mi, ¡hoy todo el mundo se acordó de las deudas!
Adán:          Por algo será...
Rivadavia:   La señora me reclama amor, el padre me reclama dinero y el hijo me reclama bienes... y yo solamente tengo males para ofrecer...
Martín:        Mi parte de le herencia de mamá antes que liquide todo lo que es de la familia en el burdel de la “señora”
Olga:           ¡Yo no hice nada! No sé por qué me insulta...
Rivadavia:   De mí no obtendrán una moneda, ni usted ni sus hermanos
Martín:        ¿Por qué nos estafa lo que nos corresponde?
Rivadavia:   Sus hermanos resultaron ser bandidos al mando del carnicero de Buenos Aires, que le pidan a Rosas si quieren dinero...
Martín:        ¿Y a mí? ¿Qué le hice yo?
Rivadavia:   ¿Usted? ¿Se miró al espejo antes de entrar? Usted no sirve ni para lacayo, ¿qué haría con mi dinero? Usted es un pobre infeliz que jamás será otra cosa, con dinero o sin dinero... entonces, que sea sin dinero
Martín:        (Al padre Adán) ¿Es verdad que mi padre ofendió a Dios cuando gobernó?
Adán:          Bueno, en cierto modo...eso podríamos...
Martín:        Claridad, padre, no me enrede con palabras, sí o no
Rivadavia:   ¿Dios?, ¿cómo lo voy a ofender si ni siquiera lo conozco?
Martín:        ¿Sí o no, padre?
Adán:          Sí. Las leyes del señor (Señala a Rivadavia) estaban contra la voluntad del Señor (Señala al cielo).
Martín:        Y eso... ¿lleva a la condenación? (Pregunta atropelladamente como si estuviese desesperado por escuchar las respuestas) ¿Sí o no, padre?
Rivadavia:   (A Martín, con cierta condescendencia) Es sacerdote, no es juez
Martín:        ¿Lleva al Infierno, sí o no?
Adán:          Lleva al Infierno si no hay arrepentimiento
Martín:        Esa culpa, padre Adán, ¿me alcanza a mí?
Adán:          La culpa persiste mientras no haya arrepentimiento
Martín:        ¿Y usted, papá, se arrepintió?
Rivadavia:   ¡Nunca me arrepentí de un solo acto de gobierno!
Martín:        ¿Nunca, papá?
Rivadavia:   Pero (Enojado, por primera vez se lo ve enojado) ¿es que tengo que discutir con mi hijo asuntos de gobierno? ¡Faltaba más!
Adán:          Yo no le reclamé ningún tema político, señor...
Martín:        (Ya cambiando el tono, como si estuviese seguro de lo que antes dudaba) ¿Nos va a hundir a todos en la perdición, papá, solamente por mantener su orgullo?
Adán:          Solamente exijo mi dinero
Olga:           Señores, un poco de calma, aún en los peores momentos hay que saber sobrellevar las diferencias.
Rivadavia:   ¿Ahora los hijos ordenan a los padres?
Martín:        (Abalanzándose sobre Rivadavia con el cuchillo en lo alto, hiriéndolo en un brazo) Sí, papá, cuando los padres pierden la vergüenza, los hijos tenemos que hacer justicia...
Adán:          ¿Qué hace? (Sujeta a Martín por atrás) Basta, muchacho
Olga:           ¡Qué horror! Deténgase. Esa sangre nunca se lava con nada
Adán:          Quieto, hijo, tranquilo... eso no se hace... es su padre
Olga:           ¡Deténgase, es su padre, es vínculo sagrado!...
Rivadavia:   Primero un padre, después un hijo, ¿quién más me quiere matar? (Olga lo ayuda, desata la ropa para ver la herida)
Olga:           Habrá que vendar aquí... un momento, voy a sujetar esto… (Rompe una ropa para hacer un vendaje improvisado)
Adán:          Vamos, hijo, vamos lejos de aquí. (Lleva suavemente a Martín)Ya no tenemos nada que reclamar. La ira es siempre un veneno malicioso.
Martín:        No pude, no pude, padre ¿será que Dios me perdonará algún día? No pude...
Adán:          Es lo mejor. No se arrepienta de lo que no hizo.
Martín:        ¿Y si hubiese?...
Adán:          El remordimiento no le iba a dar paz después, salgamos de aquí cuanto antes. (Se van por un lateral)
Rivadavia:   ¿Ves, querida amiga? Uno se sienta a ver caer los días del calendario, así como caen las hojas de los árboles, ¿y para qué? Para comprobar que terminamos siendo lo que más odiamos...
Olga:           Yo estoy a tu lado, cuidado, no muevas el brazo mientras te pongo la venda…
Rivadavia:   ¿Te das cuenta, querida? La vida es un bien que siempre está amenazado por el mal…
Olga:           Cuidaré tu vida porque te quiero…
Rivadavia:   Yo no quiero a nadie...hace tiempo sólo sé odiar perfectamente, como mi hijo…
Olga:           Quiero vivir a tu lado, cuidarte…
Rivadavia:   Por ejemplo a Rosas, ese chacarero sanguinario. Odio con tanta fuerza que no deja lugar para un sentimiento...
Olga:           ¿Qué? ¿Un sentimiento qué?
Rivadavia:   ...noble. Nada de eso. Pus, lenta gangrena que carcome...desconfianza...
Olga:           Estoy dispuesta a todo con tal de seguir a tu lado, ¿te acordás de esa tarde maravillosa que pasamos en esa cabaña junto al río?
Rivadavia:   Fue hace mucho tiempo, amiga. Mi memoria no alcanza a tanto…
Olga:           Me dijiste que me querías desde que me viste con aquel sombrero negro…
Rivadavia:   Negro como las alas…
Olga:           …de un cuervo…eso me dijiste, y me besaste suavemente acá, en el cuello, rozándome con el dedo.
Rivadavia:   Hace tanto, tanto tiempo de todo eso, un bien amenazado…
Olga:           En el río atardecía, el sol se había puesto rojo
Rivadavia:   …Por la oscuridad. Esa tarde se fue para siempre de nuestras vidas…
Olga:           Yo te quiero de verdad, no quiero perderte…Te estoy ofreciendo el oro de Famatina, mi entrega en estos últimos años que te quedan… lo más valioso que tengo
Rivadavia:   Famatina fue un error, ya aprendí con dolor, al oro hay que dejarlo dormir su sueño
Olga:           ¿Es mejor que el oro siga durmiendo allá entre las piedras?
Rivadavia:   Mejor que duerma, cuando despierta el oro, despierta la codicia de esos borrachines de Facundo
Olga:           Detesto perderte…sos lo único que me queda…
Rivadavia:   ¿No serán mis bienes los que codiciás, eh, amiga? Mis bienes y mi prestigio... claro, todo te vendría junto, la ‘gran señora’ lavó su nombre con agua ajena…
Olga:           No entendiste nada...
Rivadavia:   La señora de Rivadavia puede alzar bien alto su reputación y de paso, quedarse con mi fortuna.
Olga:           Tu crueldad es mayor que tu reputación…
Rivadavia:   ¿No eso lo que te arrastra a mentirme ese amor tan falso como tu teatro, amiga? El amor es un  lujo de la juventud, pero ya de viejos, con las babas cayéndosenos sobre el pecho, el vientre hinchado, las venas de las piernas reventando, ahí el amor es un pecado y solamente cuentan los billetes que nos permitan comprar la dignidad que no tenemos.
Olga:          No, no y no...éso es…miserable, (Llora)
Rivadavia:   ¿Pensaste en lo que dirían ahí afuera? Si me casara con una mujer joven y bella, cualquiera comprendería.
Olga:           Basta, Bernardino…
Rivadavia:   (Sigue, como si no la escuchara)… La belleza convence por sí sola. Pero si me vieran contigo, pavoneándote como una gran dama. No. Es demasiado absurdo.
Olga:           No sé, Bernardino. Me das pena. Vine a decirte lo que sentía por vos. He visto demasiado en este atardecer. He visto tu decadencia. ¿Así vas a vivir el resto de tu vida? ¿En la mugre, en el abandono, en compañía de cien gusanos de seda? ¡Te ofrecí mi vida…!
Rivadavia:   Gracias, amiga, gracias. Te la devuelvo.
Olga:           Pero mi amor tampoco es suficiente, la muerte es más fuerte
Rivadavia:   Valoro tu sinceridad
Olga:           En una semana me voy a vivir lejos...
Rivadavia:   ¿Lejos? ¿Adónde?
Olga:           Muy lejos... (Llora contenidamente)
Rivadavia:   ¿Francia quizás? ¿Allá donde el amor es un deber?
Olga:           Lejos, donde mi nombre no te manche
Rivadavia:   ¿O Italia, donde el amor perdona todo?
Olga:           Es mejor que no sepas...
Rivadavia:   ¿España, quizás? Donde el amor santifica todo, hasta el pasado
Olga:           Lejos, lejos de todo… Me acusás de falsedad y engaño pero tus palabras son siempre humo de próceres, pura retórica, Bernardino, palabras rimbombantes y vacías que no dicen nada. Por eso se reía el padre Castañeda, los frailes estudian cada palabra antes de hablar y detectan el fraude del lenguaje a millas de distancia… Yo me vos, ¿y vos?
Rivadavia:   Yo me quedaré un tiempo aquí, otro allá, llevándome mis capullos a cuesta. Esos gusanos se me parecen... tejen en silencio una hebra transparente a su alrededor creyendo que se ocultan. Pero no. Siguen allí, donde todos los ven menos ellos mismos... eso es el mundo mi querida amiga: un capullo que cada cual teje para evadirse del resto.
Yo siempre estaré en el centro del capullo.
Olga:           Nunca, nunca más sabrás nada de mí.
Rivadavia:   Aquí te espero, cuando quieras.
Olga:           Adiós, Bernardino
Rivadavia:   En el centro del capullo. Solitario.



…………………………………….
FIN


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