lunes, 11 de abril de 2016

INTRODUCCIÓN


Culpa de los muertos
Criterios de la puesta en escena

Teatro político / política teatral.





RECONSTRUCCIÓN DE LA MEMORIA SOCIAL EN EL PASADO FICCIONALIZADO DE LA ESCENA.

Síntesis: a través del ejercicio de análisis posterior a la construcción de una obra, el autor busca hallar los pilares, la estructura en la que se apoya su escritura de un posible habla teatral (la obra) ambientada en un pasado funesto para su posible reconstrucción a través de la estética que requiere toda obra de la imaginación.

Para ser honesto, debo aclarar que estos ejercicios teóricos surgieron después de escribir la obra teatral “Culpa de los muertos” como un intento de comprender un proceso que es absolutamente ajeno en el momento de la escritura.

Cuando se me propuso escribir una obra con 2 personajes adaptándola de la novela “Culpa de los muertos” también de mi autoría, publicada en Editorial Rubeo, de Barcelona, en 2007, pensé seguir algunos pasos:

a) volver a leer la novela
b) hacer un esquema de los fragmentos “teatralizables” y
c) escribir la obra.



Pero vano fue mi intento.
En la tercera página, la novela me aburrió y decidí imaginar otra situación con personajes nuevos: una “desaparecida” como decía el señor Videla, y su captor, quien obviamente debía ser un militar de carrera. Algo sé del Síndrome de Estocolmo y algún caso llegó a mis oídos gracias a las infidencias del libro de Ana Longoni[1], me pareció que esa situación entre dos personas se prestaba más al ejercicio teatral que las acciones noveladas en “Culpa de los muertos” en el que el tema central, aparte de la persecución a los estudiantes de medicina desaparecidos por las fuerzas de represión del Estado asesino que vivimos colectivamente a partir de 1976 , era la relación del protagonista con una hermana en estado de coma grado IV, lo que popularmente se conoce como “estado vegetativo”, que lo induce a la eutanasia para, salvándola de esa condena de vida mecánica, salvarse del remordimiento de creerse delator de sus compañeros secuestrados y desaparecidos por el solo hecho de haber escapado con vida al mismo destino. Ese “eje del mal” al decir del señor W. Busch no me parecía conveniente para el desarrollo de un discurso y decurso que debe apoyarse dinámicamente en acciones, como el del teatro, aunque de antemano haya renegado de las clásicas preceptivas de la poética aristotélica y sus tres unidades: acción, tiempo y espacio.
Siguiendo las teorizaciones referidas a la escritura de diálogos, propias del texto teatral, traté de mantenerme del lado del autor detrás de la línea de trinchera que separa el Texto literal del Discurso Representacional tal como lo entendiera Jirî Veltruskí en El drama como literatura, (1942). Veltruskí defiende el texto dramático como obra independiente del Discurso Representacional más complejo y ubicado en otro orden: el de la acción frente al orden más simple y lineal de la dicción que es propio del escrito que caracteriza al texto dramático impreso, por ejemplo, en un libro.
La obra puede permanecer en esta especie de vida vegetativa (como el personaje de la hermana en coma de la novela) y de hecho, suelo cultivar la lectura de obras teatrales que no veo representadas y el goce estético continúa allí, de manera que en estas disecciones teóricas no todo está muerto del lado de la trinchera del autor.

En la escritura de “Culpa de los muertos” se trata de exhumar restos del pasado de 1978 y para ello, aún en el pretexto que significa el texto hay precisos señalamientos que solicita el autor al cine como aliado.

En ese pasado continuo de los personajes (el militar y su prisionera) la irrupción del presente de la acción (1978) y pasado de la representación para nosotros en 2010, esos restos de realidad de la comunicación aparecen como fragmentos de música de la época, fragmentos de publicidad, imágenes de noticiosos y el sonido sin tiempo de la violencia (tiros, sirenas) pero además algunos de los personajes de la novela aparecen representados en la pantalla, y en algún momento, esas imágenes que funcionan como apelaciones dialogan con los actores, cuestionan, revuelven el pasado con toda la carga de lo que Lubomir Dolezel llamaba transducción, concepto tomado de la física termodinámica y que significa la transformación de una forma de energía en otra: de energía cinética en energía eléctrica, por ejemplo, como hacen las grandes represas.

¿Qué es lo que se puede transducir en el ámbito de la obra? El mensaje, mediante procesos complejos de resemantización: el jingle publicitario del ’78, ahora, ya extinto, y resucitado a través de la intertextualidad del mensaje provocará la memoria en un proceso de identificación proyectiva como diríamos en psicoanálisis siguiendo a la señora Klein. Pero, y aquí está lo más curioso: aquel aviso publicitario, aquella música de los ’70, aquel inicio de un programa televisivo tendrá toda la carga de lo que el genial director Peter Brook refería como “el mundo de relieves” que propone el teatro ya que entre el autor y el director hay una mirada que luego se traslada del director a los actores y, entre los actores y el público está el mitograma de Argos Panoptes, aquel ser mitológico que tenía 100 ojos, como es el público, ya que estos retazos del pasado no significarán lo mismo para un joven de 19 años que para alguien que ronde los 50. En unos será la fabulación del pasado, en los otros puede ser una dolorosa evocación de la realidad.

Grecia educó al pueblo para vivir la democracia por medio del teatro. Sólo el teatro, al colectivizar un discurso social, o político, es capaz de reemplazar el punto de vista único por una multiplicación de miradas cada cual con un significado distinto, tal como sucede en las verdaderas democracias, en las que se atiende y respeta la opinión de todos. Pero avanzando aún más, la ficcionalización que exige el espectáculo teatral en el que cada espectador sabe que quien está en escena no es Juan Moreira sino un usurpador que tomó su lugar y se comporta como piensa que lo habría hecho Juan Moreira, sabe además que ése espacio escénico no es el rancho de Juan Moreira, que el tiempo de la historia está adelantado ya que la vida de Juan Moreira pertenece al pasado y por un artificio convencional lo adelantamos hasta 2010 suponiendo que la obra se diera hoy.

El espectador sabe que lo único real es él o ella, que permanecen mudos e indefensos frente a dos discursos avasalladoramente falsificados: la comunicación 1 en el interior de la obra, es decir el de los diálogos que mantienen entre sí los personajes, y la comunicación 2 fuera de la obra, la que se dirige al espectador apelando, interpelando, acusando, absolviendo o en el peor de los casos, ignorándolo. Esto lo estudió exhaustivamente Alain Badiou en Rapsodia por el teatro y nos permite mensurar los propósitos de ambas comunicaciones en el caso particular de “Culpa de los muertos”. En el interior de la obra los dos personajes reales y actuales (ya que, como dije, por este recurso de invocar la presencia del cine, habrá personajes reales pero no actuales) dialogan para refugiarse uno en otro: son dos parias del sistema, el militar por su historia familiar es un desclasado; la prisionera, por la situación de cautiverio está aislada, la soledad es el único vínculo común entre estas dos personas. Esa soledad y desamparo que crean una especie de “vacío del ser” o en todo caso “un ser en el vacío” articula en forma lenta pero progresiva una nueva relación que, curiosamente, empieza por la ficción ya que el militar, para “matar el tiempo” pide a la prisionera que le cuente historias como los viejos cuentos que su abuela refería siendo niño, mientras lavaba los platos y enseres. El relato de la prisionera es un nonsense, un mundo de sinsentidos como el de la vida que ambos están padeciendo, víctimas de un sistema que se alimentaba de vida repartiendo muerte. El militarismo, la carrera armamentista, los sueños y las pesadillas del poder pasan por el relato metadiegético para la acción escénica y al mismo tiempo reflexivo para la situación de cautiverio y la dictadura instalada en el poder.

Como toda obra teatral, “Culpa de los muertos” también exige la renegación para aceptar la convicción que necesitan los espectadores de estar reviviendo algo que no vivieron (la violencia de la dictadura del ’76) también del lado de los actores la misma renegación deberá conservar la virtud de mantener la ficción de un solo lado del escenario, el espacio sagrado de la epifanía divina que ya los antiguos reservaban a la liturgia, porque esta resurrección del pasado es de algún modo un ejercicio religioso y profético, considerando que los actores, que son jóvenes, no vivieron la situación planteada desde el texto. Pero además, hay otro elemento intrusivo entre el fuera y dentro de la escena, porque el cine, la imagen, no está en ninguno de estos sitios, es una fisura en el orden de la realidad artificial instalada por el teatro, y en este caso es un elemento de la real del pasado, es la representación de archivo de esa historia constantemente apelada en el discurso que se hace contundente al corporizar sine materia la violencia y la forma social de asumirla masivamente, según la presencia omnisciente de los medios de comunicación. ¿En qué sitio, en qué topología extraña podremos colocar este elemento esquivo de las imágenes de archivo de lo político (esas apariciones de la Junta Militar tan solemnizadas en los noticieros de TV, algún extracto de los programas de Neustadt-Grondona) y lo público (publicidad de la época, música, programas de entretenimiento)?
Como verán no tengo todas las respuestas, ni siquiera todas las preguntas pero seguramente en el montaje y la realización de esta obra se irán configurando los distintos espacios discursivos, así como la memoria que es un pasado fijo, encuentra su quicio en el móvil flujo de la conciencia que nunca cesa.

Alejandro Bovino, 2011.
Trabajo presentado en las jornadas de AINCRIT, Feria del Libro 2011.




[1] ANA LONGONI
TRAICI0NES -La figura del traidor en los relatos acerca de los sobrevivientes de la represión-
1 ed., Buenos Aires, 2007, Grupo editorial Norma

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