lunes, 11 de abril de 2016

LOS HIJOS DE ROSAS (TEATRO POLÍTICO 1)




LOS HIJOS DE ROSAS  (3)



OBRA EN TRES PLANOS que serán simbólicos solamente, casi nadie los notará

PLANO 1  EL CIELO La cabina del director y el iluminador
PLANO 2 LA TIERRA   Proscenio
PLANO 3 EL INFIERNO   Fondo del escenario

Personajes:


Rosa:              Actriz, casada con Aníbal, gerente de un banco y profesor de matemáticas de la universidad, lee historia, tienen un hijo que es el asesino.
Aníbal:            Gerente del banco, profesor de matemáticas, marido de Rosa.
Lucía:              Actriz que ensaya Manuelita en “Los hijos de Rosas”
Gastón:           Actor que ensaya como Adrián en “Los hijos de Rosas”
Celeste:           Amiga de Rosa. Amante de Aníbal.
Director:       Mauricio, el director teatral.

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ESCENA UNO


Se inicia en el Infierno con la proyección del video de María Callas (un fragmentito de 1 minuto) “Tu che le vanitá” de Don Carlo, de Verdi, concierto Coven Garden 1962. Si no hay pantalla, únicamente se pondrá el audio.

Es importante que la voz del Director sea enérgica, hable rápidamente, todos sus gestos deben delatar una personalidad nerviosa, pasional, áspera, de alguien que está permanentemente en lucha consigo mismo.
Cuando se inicia el Director coloca un disco en la consola, dispone las luces y dice:

Director:       Hécuba tiene que ser igual (señalando la pantalla)
Rosa:              ¿Qué? ¿Cómo quién?
Director:       Como ella, tu reina Hécuba.
Rosa:              ¿Debo imitar a la Callas?
Director:       No se puede imitar en teatro sin hacer una farsa.
Rosa:              ¿Y entonces?
Director:       (Que está detrás, en una consola, se le acerca) No te estoy pidiendo que te pongas a cantar, ni que imites nada, te pido simplemente que seas igual a ella.
Rosa:              ¿En qué?
Director:       En todo. La obra es un todo. No hay partes. ¿No viste bien? Ahí estaba cantando Isabel de Valois, no la Callas.
Rosa:              Yo vi a la Callas.
Director:       Yo, no. (Rotundo ese ‘No’) Los gestos, la mirada, la piedad, las manos, (Rápidamente esta sucesión) la inclinación en el momento exacto, la letra del aria, la música del cuerpo. Era Isabel de Valois frente a la tumba de Carlos Quinto casi susurrándole.
Rosa:              ¿Qué era lo que cantaba la letra?
 Director:      “Tú que conociste la vanidad del mundo / y gozas en tu sepulcro del reposo profundo, / si aún se llora en el cielo, / llora por mi dolor y ofrece /nuestros llantos a los pies del Señor”
Rosa:              Bien, si no entendí mal, ahora yo soy la vieja reina Hécuba.
Director:       Vieja, ¿y te parece que tu actitud es la de una vieja?
Rosa:              ¡Detesto la vejez! La decadencia física me aterroriza, igual que a mamá, que odiaba verse en un espejo. ¡He resuelto morir joven!
Director:       ¿Y dónde está ese odio a la vejez ahora que lo necesitamos?
Rosa:              Acá (señala el pecho) guardado. Con siete llaves.
Director:       Hay que sacarlo, hay que poner ahora todas las cartas sobre la mesa, Rosa Raisa. ¿Me comprendiste? Pensá que la obra se llama “Las madres de Eurípides”, Rosa.
Rosa:              No saco mi vergüenza a la vista de todos. (Luego recapacita) Aunque…vamos de nuevo. La vieja reina derrotada.
Director:       Cayó Troya, los griegos asesinaron a tu esposo y a tus hijos. Estás sola y vas a compartir la misma suerte que tus sirvientas: los griegos te sortearán como esclava. Ayer eras la más respetada, desde hoy deberás respetar a tus nuevos amos. Que son tus enemigos.
Rosa:              Vamos a esa primera parte. Con mi vergüenza a la vejez.
Director:       Una reina vencida, todo tiene que delatar a esa vieja furiosa.
Rosa:              Yo no la veo enojada.
Director:       ¡Está hecha una furia de indignación! (Dando vueltas como atormentado)
Rosa:              Soy psicóloga: no la veo enojada.
Director:       Dejá el psicoanálisis de lado por ahora. Leé la letra, Rosa Raisa.
Rosa:             Creo que está dolida contra los griegos.
Director:       No, hilá más fino: es contra la justicia. Los griegos no conocían la resignación, eso vino con el cristianismo que esperaba otra vida en el cielo y todo ese pesebre...
Rosa:              ¿Madres reclamando justicia entonces?
Director:       Empecemos con ese párrafo de Hécuba.

(Toda vez que Rosa interprete los versos de Eurípides habrá un sonido de fondo, podrían ser esas varillas colgantes que al chocar unas con otras producen tintineos o algo similar, pero un sonido que sea característico siempre)

Rosa:              ¡Ay de mí!
Me ha tocado en suertes Odiseo
                        Pertenezco a un hombre ruin, abyecto y astuto
                        Alguien que odia la justicia
                        Monstruo en contra de la ley.
Director:       ¡Parar! (La sujeta firmemente de los hombros) Allí, detenerse. ¿No te parece que algunas palabras necesitan énfasis?
Rosa:              ¿Cuáles?
Director:       Dijiste ‘Suertes’, después ‘Ruin’, y después ‘Justicia’ y ‘Ley’. ¿Por qué yo como espectador debería creerte? Todas las palabras sonaron igual. Es como si estuvieses hablando con tu vecina.
Rosa:              ¡Ay de mí!
Director:       No veo a una anciana. No, no. (Se tira al suelo, sentado)
Rosa:              Me ha tocado en suertes Odiseo.
Director:       ¿Quién?
Rosa:              Odiseo, es decir Ulises.
Director:       No veo el odio.
Rosa:              ¿Por qué odiarlo?
Director:       En el texto hay odio, yo lo odio, el público lo quiere detestar pero la señora terapeuta no siente nada. (Con ironía lo dice, tratando de exasperar a Rosa)
Rosa:              ¡Yo lo odio!
Director:       ¿Ah, sí? Acá no llega, Rosa Raisa. No llega, che.
Rosa:              (Empieza a sentirse fastidiada, va a responder pero traslada esto al drama)           
Pertenezco a un hombre ruin, abyecto y astuto.
Director:       ¡Mató a tu hijo, Rosa! Mató a tu esposo. (Todo muy enérgico, casi encimados los parlamentos que se cambian)
Rosa:              Un hombre ruin, abyecto y astuto.
Director:       ¡Al piso! Tiráte al piso.
Rosa:              ¿Por qué?
Director:       Para que sientas la fuerza de la tierra en tu desprecio, tiráte, Rosa Raisa. ¡Al piso, abajo, arrastráte carajo! (Grita la orden)
Rosa:              ¡Soy una reina!
Director:       Eras una reina, ahora no sos más que una vieja humillada, ¡al piso! Los griegos hacía eso, cuando sentían algún dolor moral se arrojaban de bruces, Rosa Raisa, al suelo, al polvo. Ya empezaban a mezclarse con la muerte implorando a la Tierra. (Todo lo dice con furia)
Rosa:              Un hombre ruin…
Director:       ¿Por qué debería creerte? ¿Dónde está ese desprecio?
Rosa:              (Cambia el tono, la actitud, los ademanes)
Abyecto y astuto
                        Alguien que odia la justicia
                        Monstruo en contra de la ley
                        Que da vuelta la verdad
                        Y opina con engaños
                        Consiguiendo que así todos
                        Crean en lo que no existe.
Director:       Vamos mejorando, ahora un descanso.
Rosa:              (Poniéndose de pie) ¿Celeste? Uy, otro ensayo así y…


(Aparece Celeste desde el plano 3, desde alguna sombra, en todo caso debe venir desde algún sitio accesorio y en sombras. Viene hablando en un celular, lo apaga al llegar, es de esos aparatos con tapas que se apagan al cerrarse. Venía diciendo “no, más tarde puede ser, me tengo que ir, después hablamos” El director se va).

Celeste:         Aquí, Rosa.
Rosa:              ¡Este tipo!, ¿tenés un poco de agua? Tengo la garganta reseca.
Celeste:         “Un buen malbec cura todos los males”…
Juntas:          ¡Habidos y por haber!
Rosa:              (Se distiende, se ríe) Nuestras viejas consignas nunca fallan.
Celeste:         Después del ensayo podríamos ir al bar de Toño.
Rosa:              ¿A tomar una copa de malbec? (Ríen, Rosa se seca con una toalla que le pasa Celeste) Después van a decir que somos alcohólicas. (Cambia de opinión) No, cierto que no puedo.
Celeste:         Epa, ¿qué pasa, che? ¿Tenés miedo de lo que van a decir?
Rosa:              Lo siento, no puedo. Hoy…
Celeste:         Hoy es martes, ¿qué pasa los martes?
Rosa:              ¡El cumpleaños de Aníbal!, tengo que cenar con él antes que se vaya por ahí a festejar con otra.
Celeste:         Pss, ¿Y qué? Que se vaya. ¡Maridos se encuentran todos los días!
Rosa:              Sí, fijáte vos todos los que tenés. (Reacciona) Uy, no lo dije en serio, no te quise ofender, ni burlarme, por favor.
Celeste:         (Un poco molesta) Yo no necesito marido, no me hace falta.
Rosa:              En serio, no lo dije con malicia… Celeste.
Celeste:         No sé.
Rosa:              No vas a creer que me burlé, ¿verdad?
Celeste:         ¿Por qué?
Rosa:              Porque no. Tenés un hijo hermoso, claro que no te hace falta un tipo que te fastidie con la ropa planchada... Pero a veces, de noche, cuando llueve… hace falta un hombre al lado, en la cama.
Celeste:         Yo me conformo con la copa de malbec, que no me pide la ropa limpia(Se ríen las dos)
Rosa:              Celeste, mañana vamos al bar de Toño pero hoy… ¿por qué no venís a casa?
Celeste:         No, gracias, no quiero interrumpir el idilio de las que tienen maridos (acomodando cosas en un bolso).
Rosa:              No seas tonta, no vas a molestar, Aníbal te adora.
Celeste:         ¿De veras? (Saca una camisa del bolso y la extiende)
Rosa:              ¿Sabés que sí?, a veces creo que te quiere más que a mí.
Celeste:         Eso es imposible
Rosa:              Siempre pensé, sos la única mujer con quien no me molestaría que él tuviese un romance.
Celeste:         ¿Me estás prestando tu marido? Mirá que agarro, eh… podríamos turnarnos, a vos te toca de lunes a viernes y a mí los fines de semana
Rosa:              ¡No!, solamente divago. Guitarra, caballo y marido no se prestan…
Celeste:         La guitarra te agradezco, a caballo no sé andar pero el maridito te lo aceptaría en préstamo. (Jugando, se pone la camisa)
Rosa:              ¿Me lo vas a devolver entero?
Celeste:         No sé… pensándolo bien, únicamente me importa una partecita...  ( ríen)
Director:       (Llegando de nuevo desde la cabina donde estaba arreglando algo) ¿Interrumpo? ¿Hablaban de algo en especial?
Rosa:              No, cosas de mujeres.
Director:       Ah, hablaban de hombres. ¿Tenés un cigarrillo Celestita?
Celeste:         Sí, acá busco…
Director:       No. Gracias, me acordé que no fumo.
Rosa:              ¿Cómo?
Director:       Dejé hace una semana, ¿no te diste cuenta?
Rosa:              No.
Director:       (A Celeste) ¿Y vos?
Celeste:         Tampoco. No, no…
Director:       Pero, ¡la reputa! Hace una semana que sufro como un condenado y ni vos ni vos (señalándolas) ni mi mujer se dieron cuenta de nada. Me podría morir…
Rosa:              Nadie se muere por dejar de fumar.
Director:       Decime, ¿no te entregó Aníbal algo para mí?
Rosa:              No, ¿qué me tenía que entregar?
Director:       Un informe.
Rosa:              ¿Sobre qué?
Director:       Sobre Rosas. Juan Manuel de Rosas. El gobernador.
Rosa:              No, pero le voy a recordar.
Director:       ¿Sabían que tenía otra mujer?
Rosa:              No.
Celeste:         Yo tampoco.
Director:       Sí, se llamaba Eugenia Castro, era una criada o algo así de la casa de Palermo, cuidó a doña Encarnación hasta su muerte y después el viudo cuarentón se enamoró de la muchacha. Ella dormía con el gobernador, parece que llegaron a tener varios hijos.
Rosa:              ¿No era Manuelita la hija?
Director:       La hija oficial, la hija de Encarnación Ezcurra, pero con Eugenia tuvo varios hijos más. Como cinco.
Celeste:         ¿Y dónde están?
Director:       Y deben estar muertos, che, pensá que fue en el 1850.
Celeste:         No, ¿dónde están en los libros de historia, en los manuales?
Director:       En los manuales no figuran los bastardos.
Celeste:         ¿Por qué? (Reacciona mal) ¿Acaso no son hijos también?

(Este momento es un punto clave. Celeste y el Director saben que entraron en un terreno peligroso, se miran y callan a tiempo)

Director        ¡Qué se yo!, preguntáselo a Mitre, che.
Rosa:              ¿Es verdad todo esto?
Director:       Tu marido sabe más que yo, por eso le pedí.
Rosa:              ¿Quién nos enseñó historia?
Director:       Billiken y Anteojito. Bueno, vamos, vamos a ensayar de nuevo. Ahora la segunda madre: Clitemestra.


ESCENA DOS


(Al costado del escenario y mientras hablan con Aníbal van hablando del festejo del cumpleaños)
Rosa:              ¿Viniste a buscarme?
Aníbal:          Pasaba y me quedé.
Rosa:              ¿Vamos a cenar juntos? (Entregándole un regalo envuelto en una servilleta blanca con moño, al estilo japonés) ¿Cómo me iba a olvidar?
Aníbal:          ¡Qué sé yo! Estamos tan llenos de obligaciones…
Rosa:              Jamás me olvidaría de vos, amor.
Aníbal:          Bueno, gracias por el regalo, ya sabés lo que me cuestan estas cosas, las felicitaciones… siempre me ponen incómodo.
Rosa:              ¡Ya está! Ahora a cenar juntos, solitos…
Aníbal:          ¿Qué es? (Señalando el regalo)
Rosa:              Abrí
Aníbal:          (Abriendo) Un perfume y esto es un…reloj.
Rosa:              Me dijiste que el tuyo atrasa.
Aníbal:          Gracias. Gracias. ¿Es de marca al menos? ¿Qué tal el ensayo?
Rosa:              Más o  menos, Mauricio es muy exigente.
Aníbal:          Siempre fue así.
Rosa:              ¡Hay que soportarlo, eh! A veces exaspera.
Aníbal:          La que quiera pescar peces…
Rosa:              No, si yo me meto al agua, ¡vaya si me meto!,… ah, hoy me preguntó por el informe sobre Rosas que le ibas a traer.
Aníbal:          ¡Uy, me olvidé!
Rosa:              ¿Qué era?
Aníbal:          Está interesado en Juan Manuel de Rosas, en los hijos que tuvo con Eugenia Castro. Quiere hacer una obra con eso. Escondéme de él, no quiero que me reclame.
Rosa:              Algo me dijo…
Aníbal:          Bueno, es natural, ¿no? un hombre que se queda viudo a los 40 años busca consuelo enseguida.
Rosa:              O sea que si me muero, mañana traés otra mujer, ¿o ya la tenés cerca?
Aníbal:          No dije eso. Hay que comprender la época.
Rosa:              ¿Qué época? ¿Acaso no vas a buscar otra mujer?
Aníbal:          No sé, no digas esas cosas ahora…
Rosa:              ¿Y cuántos hijos tuvo?
Aníbal:          Cinco… o seis, no recuerdo bien.
Rosa:              ¿Y qué eran? ¿Hacendados como el padre?
Aníbal:          No. Gente común: lavanderas, albañiles… muy pobres.
Rosa:              Con razón los manuales no dicen nada.
Aníbal:          ¿Y qué, acaso conocemos a todos los hijos de Sarmiento, de Mitre, de Lavalle, de Rivadavia? 
Rosa:              Es distinto. Éstos eran bastardos, ¿no?
Aníbal:          (Ya un poco molesto) Más o menos
Rosa:              ¿Cómo que más o menos? ¿La mujer esa quedo más o menos embarazada de Rosas?
Aníbal:          Rosita, mi vida: son simples presunciones. No te olvides que los registros de la época eran bastante deficientes.
Rosa:              La historia es deficiente, no los registros. Resulta que hay cinco hijos de una criada y el poderoso señor y no figuran en ninguna parte, yo me vengo a enterar en un ensayo y porque me lo cuenta mi director.
Aníbal:          ¡Si nunca leés historia!
Rosa:              Celeste tampoco sabía nada, y ella lee, cocina y lee, se baña y lee, hace las compras y lee, hasta dormida lee. Y ni mu del asunto.
Aníbal:          Se habrá olvidado, no sé por qué no recordó…
Rosa:              Entre bueyes no hay cornadas, ¿no?
Aníbal:          ¿Qué cosa?
Rosa:              La conspiración de silencio de los machos para tapar todo lo que sea inmoral entre caballeros.
Aníbal:          ¡Pero si yo te lo acabo de contar!
Rosa:              ¡Bajo interrogatorio! ¿Y cómo se llama la obra?
Aníbal:          ¿Qué obra?
Rosa:              La que quiere hacer Mauricio…
Aníbal:          Ah, creo que se llama “Los hijos de Rosas”
Rosa:              ¡Yo soy Rosa!, y tengo un solo hijo.  
Aníbal:          Ahora que lo decís: llamó Ramiro hace un rato.
Rosa:              ¿Ah, sí? ¿Qué dice?
Aníbal:          Que está bien, disfrutando de la playa, manda saludos y pide plata.
Rosa:              ¿Más dinero? ¿Para qué? Le dimos para el combustible, le pagamos toda la estadía, le dimos para los gastos, ¿y pide más?
Aníbal:          Sí, me pidió 5 mil.
Rosa:              ¿Dijo para qué?
Aníbal:          No.
Rosa:              ¿Y vos no le preguntaste?
Aníbal:          No. Me pareció…
Rosa:              ¿Qué te pareció?
Aníbal:          No sé, que podía ser para…, no sé… gastos…
Rosa:              Ya tiene para los gastos. ¡Entonces dámelos a mí! Si estás tan generoso yo también necesito 5 mil; no, no, mejor 10 mil.
Aníbal:          ¿Para qué?
Rosa:              ¡Ah! ¿Yo sí tengo que rendir cuentas?
Aníbal:          No, pero… tenemos todo
Rosa:              ¡Él también! (Se recupera del clima hostil de la discusión) Aníbal, amor… ¿qué estamos haciendo con nuestro hijo?
Aníbal:          No sé, ¿qué hijo? (lo dice apuradamente y alarmado)
Rosa:              Ramiro, ¿acaso hay otro hijo?
Aníbal            :           ¡Claro que no, las cosas que se te ocurren! (nervioso)
Rosa:              ¿Qué queremos hacer con Ramiro?
Aníbal:          No sé, nada malo…
Rosa:              ¿Te parece?
Aníbal:          ¿Qué?
Rosa:              Que vos te matás trabajando, yo trato de limpiar conciencias ajenas en el consultorio mañana y tarde y de noche vengo al teatro a limpiar la mía,
Aníbal:          Es normal… hay que trabajar
Rosa:              Ese es el problema, los dos sabemos lo que cuesta cada centavo y no le estamos enseñando a nuestro único hijo el valor del trabajo.
Aníbal:          ¿Te parece? Yo no lo veo así.
Rosa:              Ramiro tiene 24 años y nunca trabajó. Nunca tuvo una responsabilidad.
Aníbal            Está estudiando…
Rosa:              ¿Qué? ¿Derecho? Nunca pasó de segundo año y debe 3 materias
Aníbal:          Bueno, tal vez no le guste
Rosa:              Nadie lo obligó
Aníbal:          Pero tal vez no era lo que él esperaba
Rosa:              No, seguramente esperaba lo que hace ahora: dormir hasta el mediodía, salir de joda todas las noches, ver televisión hasta las 3 de la mañana y todavía pide vacaciones. ¿Por qué descansa? ¿De qué se cansó? ¿Cuándo se cansó?
Aníbal:          Es joven…
Rosa:              Ah, y te cuento que va para alcohólico
Aníbal:          ¡Eh, dále, dale! Hoy Ramiro está de turno…
Rosa:              ¡Dále, dále! Porque vos no le sentís el tufo cuando llega de madrugada. No sé cómo maneja. Uno de estos días…
Aníbal:          Uy, sos tremendista, No va a pasar nada. (Minimizando) Es joven, no sabe lo que quiere.
Rosa:              En la cama y durmiendo hasta el mediodía no va a encontrar lo que quiere.
Aníbal:          Hay que darle tiempo…
Rosa:              Además, tampoco me gusta la junta que tiene. Esos muchachos, no sé…
Aníbal:          ¡Pero si se conocen desde que iban a la escuela!
Rosa:              ¿Y qué? ¿Eso garantiza algo? Todos están en la misma: autos, trasnochadas, joda…
Aníbal:          Son buena gente, familias conocidas
Rosa:              Conocidas tuyas que sos de alcurnia criolla, la madre de Lisandro apenas me saluda. No estoy a su ‘altura’ seguramente. (Con sorna)
Aníbal:          Vení (Se le acerca) No te pongas mal.
Rosa:              ¡Pero si me da por el orto que esas pelotudas se crean Lady Di! Lo único que me preocupa es mi hijo.
Aníbal:          Nuestro hijo
Rosa:              Mi hijo en medio de la nada.
Aníbal:          Bueno, ahora vamos a casa a brindar y todavía no me dijiste feliz cumpleaños.



ESCENA TRES


(Mauricio está ensayando “Los hijos de Rosas” los personajes son una actriz (Lucía) que hace de Manuelita y un actor (Gastón) que hace de Adrián, sin vestuario ya que sólo es un ensayo o con algunos elementos mínimos que estarán en un maniquí)

Director:       Deberías acercarte con más cuidado, aunque Manuelita y vos son hermanos, son de distinto rango, ella es la hija reconocida, la hija que Rosas le presenta a todo el mundo, casi una canciller del gobernador. Vos sos el hijo de la Cautiva, el que mantiene escondido.
Adrián:          Un bastardo, ¿no?
Director:       Peor que eso: sos la vergüenza de tu padre, él es un hombre importante y la gente decente no anda teniendo hijos con los criados.
Manuelita:    ¡Pero es mi hermano!
Director:       Sí y no. De puertas adentro son hermanos, de puertas afuera vos sos Manuelita la hija oficial de Rosas y él es el hijo de la criada, ¿se entiende?
Manuelita:    No.
Director:       ¿Qué es lo que no entendés, Lucía?
Manuelita:    ¿En qué se diferencia la conducta de un hermano normal de un hermano así? (Con crudeza y voz muy firme)
Director:       Estamos en 1850. Otra sociedad, otros usos, otra vida.
Adrián:          ¿Y yo? ¿Reacciono como si tuviese miedo?
Director:       Vos tenés con ella el trato de un criado con el amo. ¡Vamos, empiecen!
Adrián:          ¿Cómo?
Director:       Si te digo cómo, te convierto en mi marioneta, vos me tenés que decir cómo, actuando.
Adrián:          (Entrando con unos papeles) Perdón, niña.
Manuelita:    ¿Sí?
Adrián:          Esto dejaron para el señor.
Manuelita:    Para papá, queda mejor (corrigiéndolo, cortante)
Adrián:          Su papá, mi señor.
Manuelita:    Tatita no hace diferencias.
Adrián:          Usted hace las diferencias, se comporta de una forma cuando hay gente y de otra forma cuando estamos solos. Yo no acepto ese juego.
Manuelita:    ¿Qué necesitás?
Adrián:          Hay un amigo mío que se llama Fernando. El padre fue acusado.
Manuelita:    ¿De qué?
Adrián:          La Sociedad Restauradora dice que es unitario. Quiero que me ayude. Mi amigo…
Manuelita:    (Lo corta) Tatita no querrá escuchar eso. Dígaselo usted.
Adrián:          No me escuchará. Yo no existo para él, soy una sombra.
Director:       ¡Más despectiva, ese cambio en el trato!, Lucía, ahora sos una Rosas.
Manuelita:    ¿Cómo hago? ¿Lo atropello? ¿Lo ofendo?
Rosas:                        No soy un titiritero, vos tenés que escoger el modo de humillarlo hasta que él se sienta derrotado frente a vos. Frente al poder.
Manuelita:    Pero, ¿no es que Manuelita era dulce y de buenos modales?
Director:       Era una dictadora en la dictadura. ¿Quién creés que impuso la moda federal? ¿Los grandes peinetones, los vestidos rojos, la divisa punzó?
Manuelita:    Doña Encarnación.
Director:       Encarnación era una mujer robusta y gruesa, ya era una matrona cuando Rosas gobernaba. No podía ser árbitro de la moda.
Manuelita:    ¿Y quién, entonces?
Director:       Manuelita impuso esa dictadura doméstica de la moda. ¿No es la moda otra forma de poner orden?, ¿no es un modo de uniformar las conductas detrás de una causa?
Manuelita:    Debo imponerme entonces
Director:       ¡Con toda tus fuerzas! Como si te sintieras tan pura que hasta tener un hermano conspirador te provocara rechazo. A las muchachas que no llevaban la divisa en el pelo, se las pegaban con brea. (Se ríe) ¡Que se la quiten!, je je…
Manuelita:    Es un asco, (mostrándose seductora con Adrián) Menos mal que no tocaron mi pelo… ¿no, Gastón? (Juega a seducirlo pasándose las manos por el cabello)
Director:       Quiero ver ese asco, quiero que tu propio hermano lo sienta en vos.
Manuelita:    Ocúpese de usted, Adrián, deje que Tatita ponga el orden en nuestras vidas, si él dice que es peligroso, lo está cuidando, (persuasiva) hágale caso.
Adrián:          ¿Me cuida de mí? (Se pone a golpear el piso con una fusta que está tirada)
Manuelita:    No, lo cuida de esa gente, de su amigo y la familia; seguramente esos bárbaros lo quieren usar a usted para ofender la causa federal.
Adrián:          ¿No ve? Habla como si fuese el gobierno, ¿cuál es la causa federal? ¿No sabe que la Mazorca va a destrozar a mi amigo?, ¡y usted me sale con la causa federal!
Manuelita:    Ahí ve, ahí está la razón por la que Tatita lo ve como una sombra. ¿Qué confianza merece un hijo que se entiende con el enemigo?
Adrián:          Nací de la desconfianza, vengo de una cama escondida, con una madre que sirve como criada y cuando quiero defender a un amigo, me pasan al bando de los enemigos.
Manuelita:    Nadie lo pasa, usted elige cruzar. ¿Va a defender ahora a esos señoritos de levita que nos quieren hundir?
Adrián:          ¿Qué señoritos? ¿Qué levitas?
Manuelita:    ¿Qué piensa usted que son los unitarios porteños? Son señoritos de bien que quieren imponer un país con Buenos Aires rica y el resto del territorio en la miseria. ¿Eso le gustaría a usted, justamente a usted, que vivió en carne propia el desprecio que da la pobreza? ¿Está ayudando a la causa de los señores contra su propio padre?
Adrián:          Mi padre también es un señor de esos. Quédese del lado de la causa federal, ya verá cómo se queda sola junto al hombre todopoderoso.
Director:       ¡Basta, por hoy! Flojos, vos, Lucía, necesito más soberbia, más dosis de desprecio. Y vos, Gastón, todavía no encontraste a tu Adrián, éste es muy… apático, no reacciona, no detesta su condición, parece que le gusta ser bastardo, che. Hay gente así, no te creas…
(El director siempre es veloz en sus dichos, larga una burla y pasa a otro tema)



ESCENA CUATRO

Rosa:              Hoy ensayamos la otra parte.
Celeste:         ¿Tenés el libreto? ¿Querés que te pase letra?
Rosa:              No hace falta, es breve, ya lo tengo sabido de memoria.
Celeste:         Uy, entonces el dire se va a poner fulero.
Rosa:              Eso pensé.
Celeste:         Cuando empieza con los detalles…
Director:       Hola a las dos. Rosa, hoy vamos con Clitemestra.
Rosa:              El marido hizo matar a la hija, ¿no?
Director:       Los dioses exigieron el sacrificio de Ifigenia, Agamenón hizo venir a la chica bajo engaños y la madre la trajo…
Rosa:              Empezamos mal
Director:       ¿Por qué?
Rosa:              Porque la engañó
Director:       Todos los maridos engañan a sus mujeres cuando quieren conseguir algo. Y las esposas a sus maridos, el ser humano es básicamente mendaz (Sigue con el relato) Y al llegar al puerto la hizo sacrificar como pedían los dioses: los dioses piden cosas extrañas, crímenes… y velas y rosarios… son gente extraña esos dioses, che. Y además, no trabajan.
Rosa:              Y la reina pide justicia.
Director:       Porque no comprende al rey, juzga a Agamemnón como padre únicamente, se olvida que es rey, se olvida del Estado, como toda mujer…
Rosa   :           Es la madre y pide justicia. Ifigenia era la hija.
Director:       Se olvida que es reina ella también. Entre el padre y la madre está el bien común del Estado.
Rosa:              ¿Cómo le hacés entender eso a una madre?
Director:       A ver, Rosa Raisa, Agamemnón no quería matar a Ifigenia, ¿está claro? Era el padre, la vio crecer, ella le…cebaba mates, si querés, pero la escuadra griega no podía partir porque los dioses exigían inmolar a la doncella. ¿Se entiende? La taradez es de los dioses, no de Agamemnón.
Rosa:              No pidas a una madre que entienda eso. El padre podrá entender esa división entre la casa y la patria, pero yo no la acepto.
Director:       ¿Ahora te volviste fundamentalista del amor materno?
Rosa:              Vos no vas a entender eso jamás, los hombres están lejos de comprender algo que nunca imaginan. (Enojada)
Director:       Esa indignación, gota a gota, la necesito en el escenario, Rosa Raisa, no en tus comentarios de señora gorda en la peluquería…
Rosa:              Mauricio, a veces, me ponés mal. ¡A la mierda con tu forma de decir las cosas!
Director:       Vamos. Poco me importa lo que opinen de mí.
Rosa:              Voy a serte sincera, marido.
Me tomaste por la fuerza            
matando a mi esposo
y destrozando a mi bebé contra una piedra.
Yo comprendí, era mi deber de vencida, mi padre me ordenó obedecerte y te obedecí, como esposa he sido irreprochable.
Director:       ¿Estás reclamando, Rosa Raisa? Esto parece una telenovela. No. Así no va, tenés que imponerte de la misma manera que él te impuso el matrimonio.
Rosa:              Se casó conmigo después de dejarme viuda.
Director:       Se casó, ¿acaso hay una institución más inmoral que el matrimonio, Rosa Raisa?
Rosa:              ¿Inmoral? ¿Por qué?
Director:       Porque hipoteca todo el futuro, te hace jurar fidelidad para siempre; algo que es básicamente obsceno, ¿cómo vas a prometer amar a alguien de por vida si no tenemos dominio sobre nuestros sentimientos en el futuro? Mañana te enamorás de otro y… ¿qué hacés con el juramento, che? A ver, de nuevo. ¡Con todo el cuerpo! Y el alma, si tenés…
Rosa:              He sido irreprochable (lo dice con odio feroz)
sensata, callada y a tu servicio.
Habiendo tantas putas, como mi hermana,
que no dudan antes de meterse en otra cama
con un macho más joven,
¿te pareció poco tener una mujer decente?
Director:       No; eso se lo tenés que escupir en la cara a Agamenón, es tu arma, es lo único que tenés para defender la vida de tu hija, tu decencia de bien casada, Rosa Raisa. ¿Vino Aníbal hoy?
Rosa:              Debe estar por ahí…
Director:       ¡Aníbal!
Aníbal:          Sí, ¿qué pasa? (viniendo del Infierno)
Director:       Te necesito aquí; a ver Rosa, decíselo a él en la cara, hacé de cuenta que es Agamenón. Total es tu marido también…creo…
Aníbal:          ¿Y qué digo yo?
Director:       Nada, estás acá para escuchar no para opinar, vamos de nuevo.
Rosa:              (Mucho mejor) Habiendo tantas putas,
como mi hermana Helena,
que no duda antes de meterse en otra cama
con un macho más joven,
¿te pareció poca cosa tener a tu lado una mujer íntegra?
Director:       (Dando vueltas alrededor de ella) Así, fiera, una leona dando zarpazos en la oscuridad, eso quiero…. Sigamos, Rosa Raisa, sigamos….
Rosa:              Te dí tres hijas, Agamenón,
¿y me querés quitar a la mejor?
Y si alguien te pregunta lo que yo te pregunto
¿por qué?, ¿por qué?
Director:       Más directo Rosa Raisa, no dejes nada adentro. Castigálo con tus palabras (La rodea, la ronda).
Rosa:              ¿Qué le vas a decir poderoso Agamenón?
¿Qué mataste a esta niña para que tu hermano Menelao recupere a su mujer, que se había escapado para revolcarse con otro hombre?
¿Qué mataste a tu hija por el cornudo de tu hermano, Agamenón?
¿Eso le vas a decir?
Director:       Basta. Uff, Rosa Raisa, faltaba meter un poco el tema de la infidelidad y ahí saltaba la fiera, eh.
Rosa:              Me importa un pito la infidelidad…
Director:       Es lo que te molesta: que debas matar a tu hija por culpa de tu hermana adúltera que se tomó la libertad que vos te negaste. ¡Se lo morfó al príncipe troyano metrosexual. Te recomiendo que lo cuides a tu Aníbal, no quisiera estar en medio de tus cuernos, che. Son mortales como los de toros de España. ¡Olé!
Rosa:              El tema es la hija que va a morir, no los cuernos.
Director:       Cuidá a tu hijo, entonces, ¡te hierve la sangre! (Se van con Aníbal) ¿Vamos che, a tomar algo por ahí, solteros?
Aníbal:          ¿Vamos a conspirar contra las mujeres, che?
Celeste:         Estuviste muy bien en esta última parte, Rosa. Muy bien. Parece que sabés defender a tu marido.
Rosa:              A mi hija que van a matar, éste (señalando a Aníbal que se acaba de ir con el Director) se cuida solo.
Celeste:         Llamaron dos veces al celular, me parece que es Ramiro, porque el número es de afuera.
Rosa:              A ver… (le pasa el celular) Estará pidiéndole plata al padre otra vez.  (Disca) ¿Sí? Mire, llamaron a este número hace un momento. Sí, soy la madre.
Celeste:         ¿Quién es, che?
Rosa:              (Se queda perpleja) No… no puede ser, ¿está seguro que es Ramiro?
Celeste:         Uy, ¿qué pasa?
Rosa:              (Al teléfono) Entiendo, señor. Ya le aviso.
Celeste:         ¿Quién era? ¿Qué pasó?
Rosa:              Ramiro… quiero decir la policía, está detenido, parece que mató a otro chico. (Lo dice muy perturbada, queda como sonámbula)
Celeste:         ¿Cómo? ¿Qué decís, Rosa? ¿Estás segura?
Rosa:              No sé, no sé, yo no tengo nada seguro, tampoco entiendo bien.
Celeste:         Vamos, alguien está equivocado.
Rosa:              Sí, nosotros, los padres nos equivocamos.
Celeste:         Vamos a tu casa, vamos Rosa (Bajan a la zona del Infierno)


ESCENA CINCO


(Hablando como si diera instrucciones a los actores pero poco a poco dirigiéndose al público)

Director:       (Moviéndose continuamente, con gestos muy marcados) El teatro no es la representación de la vida: es la otra vida, la vida prometida antes de la muerte y después de la muerte, la vida perdurable, la verdadera vida que pasa por nuestro lado mientras nos distraemos viendo pasar los años, cumpliendo obligaciones, llenándonos de compromisos, tratando de convertirnos en otra cosa que imaginamos vagamente en un futuro que desperdiciamos detrás de ese espejismo. El teatro nos vuelve los pies a la tierra en fulgores fugaces, si en ese instante no conseguimos retener esa advertencia del arte, nos perdemos para siempre en la oscuridad de los años.
No quiero que actúen, gente. Quiero que vivan. Basta de recitarme textos: ya sé lo que dicen, la literatura es la mayor impostura inventada hasta la fecha. Quiero que vivan y hagan vivir esa experiencia del encuentro. Basta por hoy, basta de ensayar, vayan a vivir carajo…

ESCENA SEIS

Celeste:         ¿Cómo que incomunicado?
Aníbal:          Sí, está preso, en una celda, mañana temprano viajo para allá con el mejor abogado que tenemos. (Muy nervioso, golpetea algo contra la mesa, eso debe ser molesto) No puedo hablar mucho.
Celeste:         Pero, ¿qué te dijo él?
Aníbal:          No hablé con Ramiro, está incomunicado, como los otros.
Celeste:         ¿Qué otros?
Aníbal:          Los amigos con los que estaba en esa playa: Lisandro y Mateo. Están todos incomunicados, presos y en otro país.
Celeste:         No entiendo, perdoná pero no entiendo nada.
Aníbal:          Alguien vio al muchacho muerto en la playa.
Celeste:         ¿Ellos lo vieron?
Aníbal:          No, ellos están acusados del crimen.
Celeste:         ¿Quién?
Aníbal:          Los tres. Mi hijo y los dos amigos.
Celeste:         ¡Pero no puede ser! Ramiro no es…
Aníbal:          ¿Qué no es? (furioso) Perdón, yo también creo que hay un error. ¿Te das cuenta? (Casi a punto de llorar) ¡Mi único hijo!
Celeste:         ¿Y nuestro hijo? ¿No cuenta porque es bastardo?
Aníbal:          Perdonáme, no quise decir eso.
Celeste:         ¿O hay que ser asesino para que vos lo tengas en cuenta?
Aníbal:          ¡No te permito! (Visiblemente turbado) Mirá, estoy muy nervioso, sabés muy bien cuánto quiero a Francisquito. No es el momento de sacar estos temas. Estoy muy agobiado. No dormí toda la noche.
Celeste:         ¿Y cuándo es el momento?
Aníbal:          No sé. Ahora no.
Celeste:         ¡Años que vengo mordiendo esa culpa!
Aníbal:          ¿Y a mí me lo contás? Estamos en lo mismo.


ESCENA  SIETE

Director:       Manuelita está en mitad de todo; tiene 30 años, la mitad de la vida entonces, es parte del mundo del hombre más poderoso de Argentina y también es parte de las penumbras que rodean a Rosas
Manuelita:    ¿Los crímenes políticos y esas cosas?
Director:       Y esa familia clandestina, la amante y los hijos bastardos que tuvieron, a los que ni siquiera reconoció.
Adrián:          ¿Hay que decir eso? ¿Bastardos?
Director:       Es el nombre que tienen, yo no escribí el diccionario che.
Manuelita:    ¿Y dónde me deja a mí todo eso?
Director:       Manuelita está allí, justo en la frontera entre el mundo y la familia (Separa con las manos dos ámbitos)  para sufrir las calamidades del poder de su padre y el abandono de sus medio hermanos. ¿Me estás escuchando, Lucía?
Manuelita:    Sí, un poco, quiero decir, casi nada, tengo la cabeza en otro sitio.
Director:       Éste es nuestro sitio, decile a la cabeza que venga, la necesito aquí ahora…
Adrián:          ¿Querés que ensayemos mañana, Lucía? (Acercándose, protector, la abraza)
Director:       Eso no lo decide usted, don hijo de Rosas.
Adrián:          Perdón, era una forma de ayudar. (Siguen abrazados)
Director:       Ayude con sus dineros, no con los ajenos. ¿Qué pasa, Lucía?
Manuelita:    No me puedo sacar de la cabeza esa idea.
Director:       Bueno, traéla a escena, hacéme vivir el asco, la amargura, el tesón, la ternura, el miedo, la ambición, las dudas de Manuelita Rosas. ¡Vamos! Estoy esperando. Pensá en tu novio y en tus hermanastros, pensá en el sufrimiento.
Manuelita:    No, eso no. Me siento desprotegida. (Se acerca a Adrián y éste la acaricia de nuevo)
Director:       En el teatro se juega la vida, Lucía; o vayan los dos al casino si quieren juegos más inocentes. (Muy furioso) Acá jugamos con la verdad, eso es lo que apostamos en cada obra. Hoy no tengo tiempo para pelotudeces ni sensiblerías, ¡poné en escena tu dolor!
Manuelita:    (Como si regresara de un largo viaje a sí misma) Usted sabe bien Adrián que le pedí a papá por su amigo y la familia.
Adrián:          No, no sé. No soy adivino, y usted se mantiene callada cuando saco el tema. Debo andar rogando para que interceda. ¿No le preocupa la gente?
Manuelita:    Sí, pero me preocupa más el gobierno y si esa gente está sospechada de ser unitarios ni siquiera merecen nuestro saludo.
Adrián:          ¿Conoce los procedimientos de la Mazorca? Se guían por chismes, acusaciones, ¡por no tener la divisa punzó, ya creen que es gente peligrosa! Y cuando sospechan, atacan. Matan gente. Destrozan las casas. Queman las fincas.
Director:       “Por no tener la divisa ya creen que es gente peligrosa”, ¿pesaste lo que decís, che? Estás denunciando un crimen  pero con esa voz y esa actitud,  no te lo cree ni el FBI. El autor no se rompió el orto pensando cada palabra en su sitio e-xac-to para que vos las leas como si fuese la cuenta del teléfono, che.
Adrián:          Ayer acusaron  de algo espantoso a mi amigo, yo también estoy un poco aturdido. (Lucía lo acaricia de nuevo, él trata de apartarse suavemente)
Director:       Bueno, bueno, bueno… ¡ahora esto es un diván psicoanalítico!, vamos a trabajar la transferencia, para vencer las resistencias, ni un gramo pesa cada palabra: no golpean, ¿entienden lo que les digo? Lo que dicen no golpea, las palabras salen de sus bocas, ¡pum! al aire y se caen, se van a la mierda pero no llegan a destino. Las palabras del texto deben ser como piedras.
Adrián:          No, piedras no. Lo mataron con una piedra en una playa.
Director:       ¿Qué cosa? Bahh, no me importa. Ahora esa piedra te pesa en la cabeza, acá (le apreta la cabeza) en las sienes, ahí sentís el dolor moral, la rabia, el odio, la tensión, el recuerdo de tu  muerte que estaba olvidada y ahora ese muchacho asesinado te vuelve a recordar. Nadie llora muertes ajenas (lo dice casi con asco). Tirá la piedra esa, tirála como si fuese una catapulta, quiero que nos golpee, dále, ¡tirála con todas las fuerzas!
Adrián:          (Dice de nuevo el texto, esta vez exasperado) ¡por no tener la divisa punzó ya creen que es gente peligrosa! Y cuando sospechan, atacan. Matan gente. Destrozan la casa. Queman las fincas. ¡Sálveme de morir con ellos, Manuelita!
Manuelita:    ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver usted? ¿Por qué moriría?
Adrián:          Vaya bajo el árbol con nuestro padre, háblele, pida por mi amigo, si quiere me arrodillo (se tira de rodillas al piso) me arrastro.
Manuelita:    Levántese
Adrián:          Le suplico, por favor. Háblele a Rosas, dígale a ese monstruo que deje de matar y perseguir o la espada se le volverá contra el cuello uno de estos días.
Manuelita:    (Espantada) ¿Qué dijo? ¿Sabe de alguna conspiración? ¿Qué me puede decir, Adrián? ¿Quiénes están pensando en levantarse contra el gobernador? Dígame por favor.
Adrián:          (Asustado) ¿Quién es usted finalmente? (Alejándose, reculando)
Manuelita:    Dígame lo que sabe…
Adrián:          ¿Lo único que le importa es la seguridad de Rosas?
Manuelita:    Confíe en mí, cuénteme todo
Adrián:     ¿Para qué? ¿Para delatarlos? (Cada vez más exaltado) ¿Para que el monstruo mate más gente? ¿No se cansaron de ver sangre?
Director:       (Debe interrumpir este clímax cortándolo de raíz) Basta. Ya está, paren acá.

ESCENA OCHO

Celeste:         Yo no saqué el tema. Y corto con esto.
Aníbal:          (Pero él sigue) ¡Sabés todo lo que lo quiero a Francisco!
Celeste:         Decíselo a él, que necesita eso, no a mí que ya no creo nada.
Aníbal:          Sabés muy bien que éste no es el momento
Celeste:         Aprovechá, éste sí que es el momento, a ver si lo dejás pasar y mañana te sale otro asesino.
Aníbal:          ¿Eso me decís? ¿Vos? ¿La mujer que tanto quise?
Celeste:         En el pasado. Pasado perfecto. Pero no me olvido, no te hagas ilusiones.
Aníbal:          ¿Ah, sí? Ya veo para qué te sirve esa memoria vigilante, ¿y qué me pedís en nombre de ese pasado?
Celeste           Que le cuentes todo ¡No quiero que Rosa nos reproche que le ocultamos! Es mi mejor amiga.
Aníbal:          Un poco tarde para andar con sinceridades… ¿no te parece?
Celeste:         Por eso, ahora hay que decirle a Rosa toda la verdad
Rosa:              (Entrando) ¿Qué es lo que me tenés que avisar, Aníbal?
Aníbal:          No, nada, estábamos hablando… boludeces (Muy nervioso)
Rosa:              ¿Estando tu hijo en la cárcel? ¿Boludeces?
Aníbal:          No, pero era porque… no vas a entender, es complicado ahora
Rosa:              Contáme vos, Celeste. A ver si entiendo…
Celeste:         (Duda y luego empieza) Francisco, mi hijo, Francisquito, el que vos conocés es nuestro, de él y mío. A ver cómo te lo digo, tu marido, Aníbal, es el papá. Esto te lo ocultamos.
Rosa:              ¿Cómo? ¿Por qué? Francisco y Aníbal…
Celeste:         No, yo y Aníbal (Explicándoselo lentamente como lo haría a un niño) tuvimos a Francisco hace… diecisiete años, cuando vos viajaste, ¿te acordás de ese viaje por el sur de Francia? ¿Los viñedos de Bordeaux y Avignón? (Casi con sorna este recuerdo) ¿Las verdes praderas de Armagñac?
Rosa:              Entonces…, y todo este tiempo… ¿qué pasó acá?
Aníbal:          Perdón, Rosa, no quise… (lo interrumpe Celeste)
Celeste:         Entre nosotros (Señala a Aníbal) fue algo pasajero, nada de que preocuparse.
Rosa:              Salvo que hay un Francisco, ¿algo pasajero?
Aníbal:          Una locura de momento
Celeste:         Sí, una o dos veces, una cena, una copa de vino y…
Rosa:              ¡Y Francisquito! ¿Por qué no me lo dijeron antes, si todo era tan inocente?
Aníbal:          Yo no quise que supieras esto, no tenía sentido
Rosa:              El sentido lo teníamos que buscar entre los tres, en sociedad (reacciona enfurecida pero domina esa rabia con la ironía) como corresponde a tres socios en el negocio de este matrimonio…
Celeste:         Perdonáme, no era fácil decirte algo así, ibas a tomar a mal
Rosa:              ¡No! Si estoy feliz ahora, si a dos les cuesta mucho mantener una pareja, tres hacemos más fuerza.
Celeste:         No fue fácil…
Rosa:              Fue más fácil hacer que decir, entonces… ¿Y por qué me lo dicen ahora, justo ahora, con mi hijo en la cárcel? (Furiosa, golpea algo al decirlo)
Celeste:         Porque es el momento de hablar de nuestros hijos (recobra firmeza) ahora nos necesitamos los tres.
Rosa:              Puede ser, ahora comprendo a esa vieja reina que se volvió esclava: mi mundo también se derrumbó. Todo se vino abajo, estoy sola.
Celeste:         Te quiero de… (Rosa la detiene, la ataja que no se le acerque)
Rosa:              No tengo amiga, no tengo marido y mi hijo está en un calabozo. No puedo confiar en nadie. Ni en mí.
Celeste:         Con Aníbal ya no tenemos nada, eso fue hace mucho tiempo, pero no quiero perderte a vos.
Rosa:              Yo me perdí de mí misma. No sé dónde estoy, ni con quiénes estoy, me siento aturdida, déjenme sola. Ahora detesto a todo el mundo.
Aníbal:          Creo que será mejor que…
Rosa:              ¡Déjenme sola!
Celeste:         Podés contar conmigo. (Se le acerca) Nada nos va a separar, yo te quiero. (Rosa la quiere rechazar pero Celeste se le aferra, luchan un momento hasta que Rosa consigue zafar)
Rosa:              ¡Déjenme sola, carajo! ¿O quieren ver mi derrumbe? ¿Quieren verme más bajo todavía? ¿Adónde más me falta caer?
(Celeste se le acerca, después Aníbal, la abrazan mientras Rosa llora)


ESCENA  NUEVE


Director:       La verdadera vida estará ahí, detrás de las primeras butacas (Lo dice mirando y como desafiando al público) ¿Fingimos de este lado para conseguir que resuene allá de ese lado? (Señalando al público) ¿No gozamos un poco al ver sufrir una derrota hasta a las personas que decimos amar? ¿Eso somos? (Entra Aníbal quien no disimula que viene de la escena anterior) ¡Qué mierda somos!
Director:       ¿Te quería, che? ¿Rosa te quería?
Aníbal:          Sí, creo que sí. Nunca me hizo dudar de nada. Siempre estuve seguro a su lado.
Director:       Bueno, tanto como siempre, siempre… apareció el hijo que tuvieron con Celeste en escena y por la puerta de atrás.
Aníbal:          Ya me disculpé de una y mil formas, ¿debo ir de rodillas a la iglesia también? Fue un error, ya lo dije, no puedo decir nada más. Soy un hombre, de carne y hueso, en casi 25 años de casado…
Director:       …apenas un hijo extramatrimonial, poca cosa…
Aníbal:          Ah, tampoco abandoné a mi hijo, me hice cargo todos estos años.
Director:       De la comida. De la ropa. ¿Por qué no le alquilaste un papá también? Los pibes necesitan un papá, ¿sabías?
Aníbal:          No sé, mi padre únicamente me enseñó exigencias, siempre metiéndose para instigar la competencia con mi hermano, todo era premios o castigos, siempre reclamando el primer puesto en todo. Mi vida fue un torneo.
Director:       Francisco será el premio, che. O Ramirito. (Jugando con una pistola, apunta, señala la cabeza de Aníbal, la propia, en todo momento el Director mientras dura este diálogo estará jugando con el arma)
Aníbal:          Ninguno de mis hijos puede decir que les di mal ejemplo
Director:       Francisquito tiene otra opinión…
Aníbal:          ¿Por qué? ¿Te dijo algo?
Director:       ¡Qué va a decir si es mudo! Creció apocado, temeroso. Claro, el pobre andará temblando del miedo de decir “papá” y que se venga todo abajo. 25 años de matrimonio ¡puf! A la lona.
Aníbal:          Admito, fue un error, un gran error, un tremendo error. ¿Me van a ejecutar por eso? ¿Qué puedo hacer para que ella me perdone?
Director:       No sé, viejo. A mí no me interesa la vida de Rosa, sino el arte de Rosa, que está en otro sitio. Todo esto, toda la mugre que a ustedes les estorba, a mí me sirve.
Aníbal:          ¿Qué debería hacer?
Director:       Quizás debas salvar a tu hijo que está preso y esta larga noche de discusiones no acorta las horas de cárcel. ¿Qué sabés de todo eso?
Aníbal:          El abogado estuvo averiguando cosas, parece que los otros pibes, esos que los acusaron, también estaban un poco alcoholizados cuando declararon en la policía y el abogado me dice que se puede impugnar esa denuncia.
Director:       ¿Y qué creés vos? ¿Fue Ramiro el culpable?
Aníbal:          No sé, no hablé con él. ¿Por qué?
Director:       Por la verdad. Un detalle para vos. Un abismo para mí.
Aníbal:          No creo que haya…
Director:       ¿Es violento?
Aníbal:          Como todos, como vos, como yo.
Director:       Yo no maté a nadie, che. No sé tu caso…
Aníbal:          Ya tuvo otros incidentes
Director:       Ah, ¿hay más muertos?
Aníbal:          No, peleas, esas cosas, es un muchacho muy inseguro
Director:       Entonces será inocente, los inseguros no matan.
Aníbal:          No entiendo tu postura, tu frialdad, parecés cínico
Director:       Mirá Aníbal, somos casi hermanos, pero a mí me interesa la verdad y a vos el confort y la familia perfecta y esas cosas. Siempre viviste pendiente del dinero que es tu trabajo ya que los bancos se dedican a hacer dinero con mi dinero… Te desvelaste siempre por la familia, la casa, del perro y el auto. Y el dinero que compra todo eso.
Aníbal:          Es lo que me enseñaron, ¿es un pecado trabajar y querer ser mejor? Claro, vos sos comunista y despreciás con la derecha la plata que agarrás con la izquierda. Yo quiero ser mejor y no escondo eso.
Director:       Lo único que mejoraste en 20 años fue tu cuenta bancaria, el resto, basura.
Aníbal:          Tengo una familia
Director:       ¡Dos familias! (Antes que reacione, lo ataja) Ah, ya sé, el interés bancario multiplicó esposas e hijos
Aníbal:          Solamente seguí el camino que me trazaron
Director:       Mal, mal. Ser muy obediente también es pecado.
Aníbal:          Es el modelo que me inculcaron.
Director:       Lo que te ‘entrenaron’ para ser un perfecto señor respetable; ataste todos los cabos pero la vida se te escapó y ahora viene a cobrar revancha. La vida no es una señora burguesa. La vida es una turra. No la vas a joder así nomás con tu apellido, tus modales y tus autos.
Anibal:          No sabía que me envidiabas, ¡no podés portarte como un hijo de puta ahora que te necesito!
Director:       Andá, vos que sos tan perfecto, ¡tratá de cogerte a la vida! (Lo ronda, lo incomoda) Ponétela entre las piernas y dále duro a ver qué te pasa.
Aníbal:          No te entiendo, parecés gozar. Yo no te hice daño.
Director:       No. Vos estás sufriendo, y yo no gozo. Hace tiempo dejé de creer en las convenciones sociales: ¡basura! ¿Te tranquilizó tener a tu hijo escondido todo este tiempo? Bueno, ahora sale a la luz Caín, ese hijo que mostrabas como un trofeo. Y  resulta que Francisco, que estaba oculto, es un pibe ejemplar. Era tu vergüenza y ahora tu orgullo rodó por el piso.
Aníbal:          Sí, te complace humillarme, ¡vos me estás revolcando por el suelo, no mi hijo!
Director:       No. Estoy viendo por adelantado lo que te espera.
Aníbal:          Voy a llegar hasta el fin, voy a dar hasta el último aliento por mi hijo, voy a mover influencias, lo que sea  con tal de hacer justicia.
Director:       ¿Vas a pedir justicia? Cuidado: no sea que te la otorguen.
(Aníbal se retira visiblemente  molesto)
Director:       Nunca me entendiste, yo no veo la verdad con una cuenta de banco en la mano, ni en esas reuniones familiares tuyas que parecen convenciones políticas ni en los ademanes de gran señor; todo ese humo no sirve, un mínimo incidente y se va todo a la mierda; la religión es otro fantasma, espejismos para vendernos la vida eterna. Nada es eterno si estamos condenados a morir. Únicamente el arte está libre de engaños, por el arte podemos intuir la belleza que nos libra de la pena capital. Si el arte es verdad, todo es verdad.
Ay, perdón, creo que me pasé con el vino. Mañana tendré que pedir disculpas a ustedes (lo dice al público) y a él.


ESCENA  DIEZ



Adrián:          El diario dice que Ramiro, Lisandro y Mateo atacaron a golpes a ese muchacho en la playa. Que estaban gritando, borrachos como siempre y pendencieros y el pibe trató de apaciguarlos. Y los tres se lo cargaron a golpes. Mal, muchos moretones, lo dejaron tendido en la arena desmayado y cuando ya parecía que todo había terminado, Ramiro alzó una piedra grande como una lápida y se la arrojó en el pecho ocasionándole la muerte de inmediato. ¿Por qué hizo eso Ramiro?
 (Aparece Manuelita desde el infierno)
Manuelita:    Yo también estoy angustiada.
Adrián:          ¿Por qué? Ramiro está vivo, el muerto merece tristeza.
Manuelita:    No te adelantes, todavía no sabemos bien lo que pasó.
Adrián:          Yo sé lo que pasa entre nosotros dos, ¿o estoy lejos? (Se pone frente a Lucía y la sostiene)
Manuelita:    Hay algo peligroso en Ramiro, no sé si seguía con él por amor o por algo que no entendía del todo, esa fuerza, ese odio, esa determinación de atropellar todo cuando hace falta.
Adrián:          ¿Qué pensás hacer? ¿Vas a seguir con Ramiro?
Manuelita:    Ahora tengo miedo. No sé. No podría seguir así…
Adrián:          (Cambiando el tono) ¿Se dio cuenta lo peligroso que es vivir con un hombre así… con un asesino? (Sin soltarla)
Manuelita:    Tatita nunca le haría daño a su hijo (Lo dice con el tono del personaje, pero acariciando a Adrián en la frente)
Adrián:          Ya me hizo bastante daño negándome, ¿qué piensa usted, que es fácil sobrellevar la vida en la penumbra? ¿Quién soy yo? ¿Qué soy?
Manuelita:    Mi hermano
Adrián:          Grítelo en la calle en medio de la gente y se lo voy a creer
Manuelita:    ¿Para qué? ¿Acaso busca la aceptación de los demás?
Adrián:          No. Me conformo con que mi padre no se avergüence de mí. Es humillante sentir que uno molesta por el solo hecho de haber nacido del otro lado. Pero usted no me va a entender, usted nació del lado correcto.
Manuelita:    ¡Ideas suyas! Tatita nos quiere a todos por igual.
Adrián:          La palabra “igual” no existe para don Juan Manuel de Rosas. Él solamente ve en blanco y negro, hay aliados y enemigos.
Manuelita:    ¿Te sentís abandonado? (Vuelve a ser Lucía) Vení, no me tengas recelo (él se le acerca, ella lo recuesta en su regazo) Yo podría ser tu madre, tu padre y el sostén que no te dieron los demás, recostáte y no pienses, dejá de torturarte con esos remordimientos, tratá de dormirte un momento, los dos tenemos mucho para olvidar (le canta una canción de cuna triste)

ESCENA  ONCE

Rosa:              ¡Mi hijo es un criminal!
Aníbal:          No está demostrado, está acusado pero nada firme.
Rosa:              Yo sabía que algo extraño había en toda esa vida desperdiciada, ¿qué hicimos con nuestro hijo?
Aníbal:          Tranquila, no te adelantes, el doctor Márquez me dijo que no hay de que preocuparse, todavía son acusaciones sin fundamento, unos cuantos borrachos (Sobrador) como testigos no es una evidencia en contra para nadie.
Rosa:              ¿Qué te dijo Ramiro cuando hablaste con él?
Aníbal:          Poco, que no recuerda exactamente lo que sucedió esa noche
Rosa:              Pero ¿estuvo allí, en la playa?
Aníbal:          Sí, estuvo con los amigos. Los tres.
Rosa:              ¿Y no recuerda?
Aníbal:          Muy poco
Rosa:              ¿Y los otros? ¿Qué dicen?
Aníbal:          Se contradicen. Ya sabrás cómo es esto: los aíslan y después les interrogan por separado, cada uno da una versión distinta.
Rosa:              Cada uno tiene su verdad
Aníbal:          No tiene mucha importancia lo que digan o no digan
Rosa:              Y tres verdades diferentes hacen una mentira, ¿es eso? ¿Mienten los tres? ¿Qué ocultan?
Aníbal:          Mi amor, estás herida, no digas esas cosas.
Rosa:              ¿Qué dijiste?
Aníbal:          No digas que tu hijo miente
Rosa:              No digas “mi amor”. No le creo al padre, no le creo al hijo, ¿a quién creerle?
Aníbal:          Acá lo importante es mantenernos unidos para defender a Ramiro.
Rosa:              Él se sabe defender solo (lo dice ácidamente). Me siento mal, vacía. Desdichada. Todo cayó de repente.
Aníbal:          Me tenés a mí, Rosa, nunca te voy a abandonar
Rosa:              No sé, ya no creo en nada. Ni sé qué hacer.
Aníbal:          Luchar para demostrar la inocencia de nuestro hijo
Rosa:              ¿Y si no es inocente? Hay tres verdades…
Aníbal:          Tenemos excelentes abogados, tenemos jueces que nos conocen de familia, ¿qué tienen los que nos acusan?
Rosa:              Un hijo muerto. ¿Te parece poco?
Aníbal:          Ya sé, y yo soy el primero en condolerme con la situación, pero mi hijo no tiene nada que ver, poniéndolo en la cárcel no resucitará el muerto. Ya no podemos hacer nada por él. Voy a mover cielo y tierra para salvar a Ramiro.
Rosa:              ¿Salvarlo de la cárcel? ¿Y después qué? ¿De qué lo tendremos que salvar después?
Aníbal:          Salvarlo de una condena injusta, son… ¡pavadas!, puras acusaciones de otros pibes que estaban allí, no hay nada concreto contra Ramiro, pero como es hijo nuestro, hijo de gente conocida, lo quieren ver en el barro. Por eso arman todo este circo. ¿No te das cuenta?
Rosa:              No. Esto sucedió lejos donde no nos conocen.
Aníbal:          Además, ya está en camino. Nuestro abogado consiguió que los excarcelaran.
Rosa:              ¿No se están fugando?
Aníbal:          ¿Cómo que fugando? ¡No están sentenciados!
Rosa:              Ni juzgados, ni procesados, nada de eso
Aníbal:          Mirá, Rosa, no sé lo que pensás hacer vos, para mí está claro; mi hijo me necesita y ahí pienso estar con él, sea como sea. Está nuestro nombre y nuestro prestigio en juego…
Rosa:              No sé qué es lo que te importa de verdad, si tu hijo o tu nombre.
Aníbal:          Todo. Nuestra familia, mi buen nombre, mi trabajo: en el banco no querrán un gerente indigno. Todo está en juego ahora. Ya me llamaron varios amigos y colegas, dándome su apoyo.
Rosa:              Deberían pedir justicia. Quiero creer en Ramiro, pero no puedo.
Aníbal:          ¿No ves que todo es un gran absurdo? Allá hubo un incidente, algunos chicos se pusieron a pelear, todo es muy confuso, y un accidente: el chico que murió cayó contra una piedra.
Rosa:              Ya no es la piedra la que va al hombre, es el hombre el que va a la piedra. Todo se dio vueltas.
Aníbal:          (No le hace caso) Y algunos testigos, todos borrachos, indicaron a Ramiro y sus amigos. Pero no hay nada cierto. Ninguna prueba.
Rosa:              Es mi hijo  y yo no sé nada.
Aníbal:          Dejá todo en mis manos
Rosa:              Ya dejé mi vida en tus manos en el pasado y mirá lo que me devolviste. Ahora mi vida es mía.


ESCENA DOCE


Adrián:          Fuiste la única que nunca me llamó “guacho” ni “bastardo” por eso siempre te sentí acá, adentro, a pesar de ser la novia de mi mejor amigo. Ramiro me lo decía cuando estaba borracho. Siempre usó las palabras como piedras y ahora las palabras que no dijo se convirtieron en esa piedra con la que mató. Es un pobre infeliz que se cree un príncipe intocable.
Manuelita:    ¿Y por qué eras amigo de él entonces?
Adrián:          No sé. Los ganadores tienen un magnetismo que nos hace creer a los perdedores que podemos ser como ellos. Siempre me atrajo la seguridad con la que actúa. Ramiro no duda.
Manuelita:    Yo también me enamoré de ese espejismo.
Adrián:          Todo es falso, esa seguridad lo llevó al crimen.
Manuelita:    ¿Y nosotros? ¿No somos falsos también? ¿No descubrimos que nos gustamos cuando vemos derrotado al héroe? ¿No estamos hechos del mismo barro?


ESCENA TRECE


Celeste:         ¡Rosa, esperá!
Rosa:              ¿Qué?
Celeste:         Me estás evitando. Te llamé varias veces y nunca atendés.
Rosa:              Será que no quiero escuchar.
Celeste:         Tenemos que hablar vos y yo.
Rosa:              ¿De qué?
Celeste:         De aquello que te contamos con Aníbal…
Rosa:              Ah, ¡de Francisquito!
Celeste:         No. De vos y de mí.
Rosa:              ¿Me vas a contar tu aventura con mi marido?
Celeste:         Sé que te duele, vení, vamos a sentarnos como cuando éramos compañeras de colegio, ¿sí? Pero ahora con una copa cada una. (Tenso silencio)
Rosa:              ¿Cómo empezó todo?
Celeste:         Siempre me tuviste de menos, yo era como tu mascota.
Rosa:              ¡Eras mi amiga, Celeste!
Celeste:         Sí, pero vos eras la inteligente, la más linda, la más seductora… yo no pasaba de ser esa gordita simpática y un poco soñadora que se evadía de los problemas con un buen sándwich de milanesa.
Rosa:              Nunca dije todo eso. Eso es lo que vos sentís…
Celeste:         Vos también, en el fondo. Nunca me consideraste una rival, por eso te fuiste de viaje dejándome al cuidado de tu casa, ¿te acordás? Y por eso no preguntaste nada cuando volviste y encontraste a la gordita zonza embarazada. Claro, ¿cómo ibas a calcular que esa poca cosa   iba a seducir a tu Aníbal, el intocable marido de alta calidad que te adoraba? Pensar que el enemigo es insignificante es olvidarse que una simple chispa puede incendiar un bosque.
Rosa:              Te pregunté, Celeste. Dos veces te pregunté quién era el hombre que…
Celeste:         ¡Habrás creído que me entregué a cualquiera en un baño público!
Rosa:              No digas vulgaridades
Celeste:         Hago cosas vulgares, pienso cosas vulgares, no somos de la misma madera, Rosa Raisa. Yo soy una mujer simple, siento lo que siento y no me oculto detrás de ningún arte ni artificio.
Rosa:              No mezclemos al arte en todo esto. Pero ya que estamos en confidencias, hay algo que quiero saber. ¿Eso que tuvieron con Aníbal, pasó?
Celeste:         Ah, ahora entiendo, ¿estás celosa?
Rosa:              ¿No debería?
Celeste:         No sé, las mujeres exitosas y perfectas no tienen bajas pasiones y los celos, francamente, son muy vulgares para tu nivel, ¡fijáte que son los juegos preferidos de los culebrones venezolanos! Nada que ver con tus reinas y sus dramas religiosos. (Cambia de tono) Podés estar tranquila, eso pasó hace mucho y terminó.
Rosa:              ¿Por qué terminó? ¿Quién terminó?
Celeste:         Yo terminé. Una noche tu Aníbal se puso a darme una arenga sobre la verdad y las apariencias de la verdad; quedáte tranquila, vos le servís para lucirse en la sociedad, nunca te va a dejar porque él le da mucha importancia a su importancia: un señor gerente respetado y de renombre no se va a divorciar de una señora como vos para juntarse con una tipa como yo. ¡Tenés marido asegurado contra robo y contra terceras!
Rosa:              Yo nunca te tuve de menos, eras mi mejor amiga, era la persona en quien podía confiar todo, nunca te oculté nada, no sé por qué me estás acusando de una doblez que no tengo.
Celeste:         Siempre la mejor, la más bonita, la más inteligente, la más responsable, las menos también tenemos deseos, queremos ser reconocidas y respetadas, no podemos vivir toda la vida a la sombra de la mejor amiga.
Rosa:              Yo debería estar enojada y recriminándote…
Celeste:         ¿Qué? ¿Qué me vas a recriminar? ¿Acaso te robé algo? Ahí lo tenés a tu Aníbal, íntegro para vos, no te robé nada, ni un gramo de cariño para el hijo, nunca reclamé nada.
Rosa:              Te metiste en medio de un matrimonio, Celeste. Eso es grave.
Celeste:         Sí, pero es más grave tener un hijo asesino, ¿sabés? Porque yo te puedo devolver a tu esposo pero ustedes no pueden devolver la vida a ese muchacho. No pueden, ni con todos su dinero, ni su apellido ni el prestigio…
Rosa:              Esto es lo que me daba miedo. Terminar discutiendo sobre mi hijo, ¿qué tiene que ver Ramiro con todo este enredo?
Celeste:         Mucho. Los dos, vos y Ramiro tienen la misma impunidad, ¿no te diste cuenta?, sienten que son privilegiados, que pueden andar por el mundo aplastando a los demás con una sonrisa de felicidad porque la fatalidad nunca los va alcanzar, ¡se creen intocables, Rosa! ¿Y quién los puso a los dos en ese sitio? ¡El hombre que me quiso enseñar a distinguir entre la verdad y las apariencias, tu Aníbal!
Aníbal:          (Entrando) No sé para qué te enseñé, porque no aprendiste nada.
Celeste:         Es cierto, sigo atropellando la vida sin preguntarme si eso que está adelante es o parece de verdad. Por ejemplo, vine para hablar con mi única amiga cara a cara y de repente ¡me encuentro con la sagrada familia!
Aníbal:          Estás llena de bronca
Celeste:         No, solamente quiero ver con claridad entre tanta mentira
Aníbal:          Nunca te prometí nada…
Celeste:         Un hombre que se acuesta con una mujer está prometiendo cosas, señor gerente. Y además, tu hijo te necesita. ¿Nunca pensaste eso?
Aníbal:          Mi hijo ahora es Ramiro, y Dios sabe que únicamente pienso en Ramiro.
Celeste:         Dejálo a Dios afuera porque desentona en este novelón. Tenés dos hijos, Aníbal. Dos. Y los dos te necesitan. ¿O querés que Francisco también termine…?
Rosa:              ¿…siendo un asesino? ¿Eso ibas a decir?
Aníbal:          Llegué en mal momento  (Aníbal se va)
Celeste:         Quizás… ya tendríamos que llamar a las cosas por su nombre, ¿no?
Rosa:              Sí. Aunque parezca extraño, no te odio ni nada de eso… de repente se me cayeron muchas cosas pero se levantaron otras.
Celeste:         No te entiendo.
Rosa:              La “devoción amorosa” de Aníbal se fue al carajo, ahora puedo esperar de él cualquier cosa. Mi mejor amiga fue capaz de ser mi rival. Mi hijo está involucrado en un crimen y yo no sé qué partido tomar.
Celeste:         Te recuerdo que siempre me decías que la ley está por encima de todos, que esa es la base para la convivencia.  
Rosa:              No sé, estoy muy confundida.
Celeste:         Me decías que el arte era un camino para llegar a la verdad, y que la verdad más importante la había escrito Dios con su dedo en unas tablas, que así se escribió la ley.
Rosa:              Es verdad, las tablas de la ley son la salvación y a veces la condena.
Celeste:         Ahora yo soy la que no entiende…
Rosa:              Es una ley escrita por dioses y aplicada por personas. Yo me entiendo.
Celeste:         Yo también te quiero entender, a ver, explicáme
Rosa:              ¿Por qué tengo que explicarte nada?
Celeste:         Porque soy la amiga que más te quiere Rosa Raisa. Yo te quiero como siempre.
Rosa:              ¿Y la envidia de la gordita simpática? ¿Dónde la dejamos?
Celeste:         ¿Quién no tiene su pequeña miseria en esta sociedad de apariencias? (Se le acerca, Rosa sigue algo remisa)
Rosa:              Nadie debería estar por sobre la ley, pero ¿y si alguien usara esa ley para meternos en una trampa?
Celeste:         Bueno, para eso hay un proceso, para que cada cual muestre sus pruebas en pro y en contra
Rosa:              No, mi hijo no irá a proceso, es una trampa
Celeste:         ¿Una trampa de quién, Rosa? Hay un muerto que ni siquiera conocía a Ramiro, ¿Cómo le iba a tender una trampa un desconocido? ¿Para qué?
Rosa:              Aníbal es un hombre de prestigio, tal vez para extorsionarlo, no sé
Celeste:         ¿Para extorsionar al padre el hijo mata a un muchacho? No cierra.
Rosa:              ¡No sabemos eso! Solamente sabemos que unos cuantos borrachos acusaron a Ramiro, como podrían acusar a Francisco.
Celeste:         Me parece que no entiendo Rosa Raisa, o no quiero entender que la ley te sirve cuando estamos tomando el té pero cuando hay un problema real, la ley no sirve.
Rosa:              La ley siempre sirve, pero la aplican hombres y mujeres que tienen nuestras mismas debilidades. ¿Voy a poner la cabeza de mi hijo en las manos del verdugo?
Celeste:         No. Bastaría con que fuera a juicio y demostrara su inocencia, Rosa. Que afronte como hombre lo que…
Rosa:              ¿Vas a decir que es el asesino?
Celeste:         No. Voy a decir que está acusado. Francisco y yo estaremos de parte de la víctima, te aclaro desde ya. Si hay marchas y esas cosas, ahí estaremos, yo no podría seguir siendo amiga de alguien que atropelló la ley, tal como me enseñaste. ¡Vos me enseñaste eso! Primero la ley, después todo lo demás.
Rosa:              ¡Linda manera de resolver tu fracaso! Es tu desquite, ¿no? Tu miserable venganza por todo lo que pasó. ¡Yo no te empujé a la cama de mi marido!
Celeste:         Yo sé que estás enojada, pensá como quieras, yo me llevo a la Rosa que me hablaba del arte y la justicia, me la llevaré lejos de aquí, a las manifestaciones o los reclamos contra la otra Rosa, la que ahora quiere amparar un crimen.
Rosa:              ¿Qué esperabas? ¿Qué me pusiera contra mi único hijo? ¿Qué lo dejara abandonado para tener otro bastardo en la familia?
Celeste:         Esperaba que estuvieras de parte de la verdad, pero no, la señora cuida su chacra, como todos. No eras el ejemplo que yo creí.
Rosa:              Éste también es mi deber, el primer deber de madre.
Celeste:         ¿Ser cómplice de un asesinato?
Rosa:              ¿Y si fuera inocente? ¿Si todo esto está armado por otros y yo, que le di la vida soy la primera en abandonarlo? ¿No voy a cumplir mi deber dejando a Ramiro también bastardo?
Celeste:         Ramiro tiene al padre decidido a todo. ¿De qué bastardo me hablás?
Rosa:              Yo no puedo dejarlo ahora que me necesita
Celeste:         No te reprocho nada, claro que es tu deber apoyarlo pero no encubrirlo.
Rosa:              Estás prejuzgando, ya lo condenaste sin escucharlo
Celeste:         ¡Quiero escucharlo! Ahí estaré, en el juicio con un ojo en la ley y otro en tu hijo. Si es inocente, mejor para todos, (Aplaude) pero que lo enfrente.
Rosa:              ¿Le pedirías lo mismo Francisco?
Celeste:         No hago arte, no sé distinguir entre la belleza y los simulacros de belleza como me enseñabas, pero sí sé distinguir fácilmente entre un delincuente y una persona de bien. Sería la primera en empujar a mi hijo a los tribunales si sospechara de él. 
Rosa:              Se dice fácil, yo también canturreaba cuando estaba de tu lado. Me gustaría que estuvieses acá, de este lado de las cosas ahora.

ESCENA  CATORCE

Director: (Entra mientras se va Celeste)             Ahora es Andrómaca. Es la última que pide justicia, Rosa Raisa. ¿Vas a pedir justicia para tu hijo? ¿O le toca a la otra parte?
Rosa:              ¡Basta, Mauricio! No estoy de humor
Director:       Mejor, el trabajo ayuda en estos casos desesperados
Rosa:              ¿Por qué tu crueldad?
Director:       Bien, bien, entiendo, cambio… no se habla de cuestiones personales. Blá blá, blá, como si uno pudiese separar el teatro de la vida cotidiana… aquí habla Hécuba, la vencida reina de Troya.
Rosa:              Repasemos, ella era reina, vencieron los griegos con una trampa, Mauricio, mataron a su esposo y a sus hijos, ella se queda sola y es repartida como esclava del botín.
Director:       Ni más ni menos, como en la vida. Pero… siempre hay un pero para todo Rosa Raisa, ¡si lo sabrás después de todo lo que estás viviendo! Los griegos asesinaron a Astianac, el nieto, el hijo que debía perpetuar la estirpe real troyana. ¿Se entiende?
Rosa:              Astianac era la promesa del futuro pero la muerte lo convierte en pasado.
Director:       ¡Te amo, Rosa Raisa, eso es lo que me tiene enamorado de vos, esa capacidad de poner en tres palabras un concepto complejo!
Rosa:              La tierra se abre para recibirte, hijo mío.
Director        Rosa Raisa No te olvides que es una madre clamando justicia, quiero que enfatices eso, que cada palabra que tenga que ver con la justicia, la sentencia, los reclamos a los dioses las digas como si escupieras el cielo, ¿se entiende? Mantené el tono neutro para que, cuando digas por ejemplo esa frase, “Siempre me odiaron dioses salvajes” puedas cargar todo el peso del odio. Sentís odio por esos dioses que entregaron tu Troya, nada de oraciones cristianas, acá no hay sitio para eso.
Rosa:              Sé cómo reclamar por mi hijo

Director:       No es el hijo, es el nieto
Rosa:              (Imponiéndose) Dejáme en paz, para mí es mi hijo (Y sigue)
                        ¿Con estas vendas voy a cubrir tus heridas, hijo de mi alma?
Director:       Bien, sigamos por ahí…
Rosa:              (Al cielo) ¡Siempre me odiaron, dioses salvajes!
En vano ofrecíamos sacrificios y dádivas,
porque ustedes odiaban a Troya.
Pero se equivocaron.
Hubiesen hundido a la ciudad en un cataclismo
Un terremoto, una peste espantosa.
Y nadie hubiese hablado de nosotros.
Director:       Más fuerza, más exigencia a esos dioses de cartón pintado
Rosa:              Depositen allí (señala el suelo) el cadáver de mi hijo
                        No importa que las ropas no sean lujosas, abajo eso no importa
                        Eso es vana presunción humana que no preocupa a la muerte.
                        ¡Mi hijo era inocente! Murió y era inocente.
                        Mienten los que dicen que lo vieron asesinar. Mienten los testigos.
                        Se ensañan contra un pobre muchacho, los testigos borrachos
                        ¡Yo voy a defender a mi hijo,
contra la ley y contra todo el mundo!
                        Mi hijo es inocente, cayó en una trampa.
                        Ramiro no sabe odiar, nunca le enseñé a odiar.
                        Ramiro es inocente.

Director:       Ya no sé qué obra estamos haciendo. Pero bien, Rosa Raisa, la pasión alimenta tu arte. ¿Cómo creés que terminará todo?
Rosa:              En el escenario y fuera del escenario defenderé a mi hijo contra todos los peligros porque es mi deber. Ese es mi deber. Sería una madre desalmada si lo dejara solo ahora. Aníbal defiende su buen nombre, yo defenderé a Ramiro.
Director:       ¿Pensaste en la otra madre?
Rosa:              ¿Quién?
Director:       La madre del chico asesinado, ¿pensaste en ella, Rosa Raisa? ¿Pensaste en las razones que tendrá?
Rosa:              Ése es el problema, Mauricio. Las leyes se hacen con razones pero cuando alguien te acusa usa el odio, la envidia, la venganza y muchos sentimientos mezclados que no tienen nada que ver con la razón.
Director:       Justamente, Rosa, la razón es la que sujeta todo
Rosa:              El crimen hace perder toda razón.
Director:       No creo eso, te estás escapando de tu razón
Rosa:              Ya no importan las razones de nadie, todo se vuelve una confusión de iras y pasiones. Se pierde todo, como la vieja reina humillada, ¿qué le queda por reclamar a la razón?  (Se va Director)
Aníbal:          Al fin te encuentro, amor
Rosa:              Nada de amor. Basta de apariencias, Aníbal.
Aníbal:          No, estás equivocada, te quiero de verdad
Rosa:              Fuiste capaz de tejer otra vida todos estos años, con paciencia, con engaños, nos envolviste en una telaraña… ¿y ahora me decís “amor”?
Aníbal:          Me equivoqué, creí que era el mandato de mi familia
Rosa:              Entonces todo era una farsa. Yo también fingí. ¿Sabés qué, Aníbal?
Aníbal:          No, yo no estuve fingiendo nada, creí que lo más importante era mi nombre, pero siento que es una cáscara… vacía.
Rosa:              ¡Somos tan poca cosa que ni siquiera pudimos sostener esa comedia triste! Nos salió mal el ensayo, ni siquiera Rodrigo se lo creyó.
Aníbal:          ¿Qué tiene que ver?
Rosa:              Rodrigo es nuestro error.
Aníbal:          ¡No hables así de nuestro hijo!
Rosa:              Afuera lo voy a defender con todas mis fuerzas, pero acá, entre nosotros, hemos sido un fracaso como padres. ¡Los dos! Yo también tengo mi parte.
Aníbal:          El peor fracaso. El último de todos.

Director: (Al público)     Todos somos bastardos como los hijos de Rosas, huérfanos del verdadero Padre cuando descubrimos que no existe. ¿Qué haría usted, señora, si tuviese que decidir? (Se lo pregunta directamente a alguien de platea) Un monstruo que levantamos para tenerle miedo y evitar que nos saquemos los ojos unos a otros con desesperación. Para eso escribimos la ley, para evitar que esa lucha nos destruya a todos. (A un hombre de platea:) ¿Se considera respetuoso, señor? Hay un crimen impune. ¿Podemos seguir siendo decentes todos?  Alguien decía que la lucha es el principio de todas las cosas. Ver en la luz es fácil, lo difícil es ver la oscuridad, el teatro nos ayuda a ver en la oscuridad que tenemos adentro, mucho más honda que una noche entre tinieblas. Como que está acá, adentro de cada cual.
La última palabra la tiene la justicia, ¿no es verdad? Desde esa mañana en la que Caín mató a su hermano Abel, la justicia trabaja para rehacer el estropicio que hizo un Dios bueno al crear un mundo malo.
¿Y cómo saber cómo era el mundo cuando era perfecto? El arte es el modelo que nos queda. El arte que nunca cometió un crimen. El arte que es capaz de salvarnos de nosotros mismos.
(La Callas, de nuevo, únicamente el fragmento:
 Se ancor si piange in cielo,
piangi sul mio dolor,
E porta il pianto mio al trono del Signor.)

FIN



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