lunes, 11 de abril de 2016


 TEATRO POLÍTICO 1



EL VIEJO SEÑOR SARMIENTO 


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ACTO I



(La escena en sombras, se escucha la sirena de un barco, ruidos de aprestos para el amarre, algunas voces, risas de niños, lejanísima polka en un arpa, tronar de tres cañonazos y se enciende la luz sobre un lateral donde está una mujer vestida con tipoî que levanta un uniforme militar pequeño, como para un niño de 8 años al que le habla como si fuese un ser vivo:)

Mujer: Vos tenés que saber mi hijo que nacimos luego para la patria, que desde que abriste los ojos, la patria te dio aliento, la patria te dio cobijo, la patria te hizo crecer para servirla. ¿Aprendiste ya a manejar el fusil? (Lo alza un poco tomándolo de la cintura) ¡Mi hombrecito! ¡Mi señor! Ya dice luego el himno nacional, mi rey “paraguayos república o muerte / nuestro brío nos dio libertad” y aunque no sé lo que significa “bríos” sé que somos nosotros los que defendemos con nuestra sangre esa libertad que nadie te regala mi rey, hay que defenderla, cada día, con la vida, por eso no tenemos miedo a la muerte” ¿Me vas a recordar cuando seas un héroe de la patria? (Salen por el otro lateral) “Paraguayos, república o muerte”.





(Sale cantando. Se extingue la luz, se escuchan de nuevo tres cañonazos, campanas, regresa la luz y se apoya en un marco de telar vertical, como si fuese el marco de un gran espejo de pie, y en el que ya está tensada la urdimbre, Rosarito va colocando la trama con agujetas de madera que arrastran los ovillos de colores. Como la urdimbre será de un hilo delgado, casi transparente, desde escena podemos verla a través de ese tenue tejido pero a medida que vaya avanzando la trama desde abajo, se irá cubriendo la figura de la muchacha a medida que tome cuerpo la tela que está tejiendo que no es otra cosa que una bandera paraguaya comenzando por el listón azul. A su lado, a cierta distancia, está sentada Idalina, otra muchacha en un banquito muy bajo, casi en cuclillas, cebando mate).

Rosarito: Este miércoles yo estaba en el puerto, habrá sido de tarde, me fui a pagar esas verjas que le había hecho el herrero ahí en frente, a la señora, cuando vi que un barco llegaba. Demás co da gusto ver el desembarco, ¿ayé pa, Idalina?

Idalina: Sí, cierto, toda esa gente linda…

Rosarito: ¡Siempre me gustó ver la bajada de los pasajeros!, llegan en esos barcos grandes y bajan por un puente delgadito, en fila, con sus ropas de colores, los señores con sombreros negros y las damas con adornos brillantes y modales finos, algunas con parasoles de una tela tornasolada tan delgada que parecen las alas de las moscas, y los zapatos con tacos finísimos, y los mitá montón que andan de aquí para allá; se ríen y…aunque haga un calor de mil infiernos, nunca me pierdo ese espectáculo de la llegada de los barcos en el puerto.

Idalina: ¿Y qué más, Rosarito? (Se muestra muy interesada, con una curiosidad casi infantil)

Rosarito: Era de tardecita, Idalina, me acuerdo bien porque se estaba haciendo la novena de santa Rita y pasó doña Leonora, ¿te acordás pa de ella?

Idalina: La mujer de don Justino, ¿ayé?

Rosarito: ¡Ella misma! y me dice “Vamos un poco hasta la capilla, por la novena” Y mientras yo pagaba esa deuda con el herrero, doña Leonora, que ya está medio achacosa y si no le duele el tobillo le duele la rodilla, no sé bien, porque como siempre se está quejando de algo ya no me acuerdo qué le dolía ese día, pero recuerdo que me dijo “andá nomás a ver tu barco, yo me voy a quedar en la iglesia a rezar” y salí porque el puerto me cinchaba, quería ver el barco que llegaba.

Idalina: Se queja nomás, pero anda co al trote día y noche…

Rosarito: El barco inmenso se llamaba “San Martín”, grande estaba el nombre en la parte de adelante, y me asustó un poco cuando se acercó y sonaron unos cañonazos, yo me decía “guerra no puede ser porque esta gente está toda tranquila esperando que bajen los pasajeros”…

Idalina: ¡Pero no hubo ninguna guerra estos días che reina!

Rosarito: Y por lo que me contaron, en la guerra las personas corren enloquecida ité de un lado para otro, buscando salvarse de las balas que caen de todos los sitios, según nos contaba la finada abuela, pero ahí todos estaban contentos, algunos saludaban con pañuelos; igual sonaban los cañonazos pero según parece era como un saludo militar…

Idalina: ¿Quién pió el que llegaba?

Rosarito: Según decían que fue gobernador o presidente o intendente… o algo así de la Argentina, un Karaí Guazú, Idalina. Y habrá sido nomás, porque esas señoras de Cárdenas que nunca se bajan del cabriolé porque parece que tienen miedo del polvo, estaban duras y firmes paradas al lado de los caballos…

Idalina: ¡Che Yara! ¿Estaban pió las Cárdenas scueras también?

Rosarito: ¡Estaban! la primera vez en mi vida que les veo los pies, siempre están sentadas y firmes, doña Leonora, que aunque renguea sigue de aquí para allá me dijo una vez “no han de tener pies”…

Idalina: ¿Cómo pió que no van a tener pies? (Se ríe)

Rosarito: Me dijo hace tiempo, cuando las vimos pasar a las tres una mañana en el coche, con ese mulato zafado que maneja las riendas del cabriolé y al cruzarnos se ríe el muy descarado, sin sacar los ojos de nuestras nalgas…



Idalina: ¡Le conozco, un atrevido es! Y no has de saber lo que le hizo el negro ese a Damiana… angá Damiana (Rosarito deja un instante su trabajo y viene a sentarse al lado para tomar un mate)

Rosarito: ¿Qué le hizo?

Idalina: Una indecencia, me da vergüenza contarte, Rosarito. (Se persigna)

Rosarito: Decime, Idalina.

Idalina: Una vez parece que estaba medio entonado y siempre mirando fijo las caderas, los culos, las tetas nomás te digo.

Rosarito: Degenerado co es…

Idalina: Y le mostró el pájaro a Damiana, ¡dice que tiene un flor de trabuco! (la codea), tan grande que Damiana se desmayó, ella pues se crió con las tías santulonas que nunca le hablaron de las partes esas de los hombres. En la casa se pasaban a rosarios y jaculatrorias…

Rosarito: Doña Leonora me dijo una vez que le cuente a las señoritas Cárdenas lo que hace el sinvergüenza pero como nunca se bajan del coche, no tuve oportunidad y esa tarde tampoco pude arrimarme porque las tres señoritas estaban paradas pero lejos y había mucha gente, un hervidero, parece que a todo Asunción se le dio por mirar la llegada de los barcos justo ese día.

Idalina: ¡A lo mejor les muestra a las señoritas el maéra, por eso andan tan duras! (Lo dice con algunos gestos, después se ríen las dos)

(Música nuevamente y sonidos de crepitar de fuego, gemidos, se apaga la luz para hacer foco en el fondo donde estará un maniquí de modista de espaldas, sin ropa puesta sobre él. Mientras sigue la música suave, aparece la señora Victorina, mucho más elegante y con el porte de una mujer firme, sin dejar de lado sus modos, sabe imponer sus ideas)

Victorina: ¿Qué tal, Rosarito? ¿Cómo estás, Idalina?

Rosarito: Bien, señora, acá, trabajando…

Victorina: Quiero avisarles algo, mi marido y yo recibimos una visita.

Rosarito: ¿Acá?

Victorina: No, él está en esa casa que tenemos al lado.

Rosarito: ¡Hay que limpiar, señora! (Se pone de pie, se arremanga) Hace una semana nadie entra ahí.

Victorina: (Atajándola) ¡No hace falta! Está todo bien. Ya hice ordenar todo.

Idalina: Muy bien, señora

Victorina: Es un hombre muy importante, vino con la hija

Idalina: ¿Necesita algo ahorita?

Victorina: (Le refrena) No, hija… justo venía a pedirles que no pasen a la casa de al lado, no quisiera que ese hombre se sintiera incómodo.

Rosarito: ¿Por qué señora?

Victorina: Porque no las conoce, además vino con la hija que lo atiende. Manténgase de este lado de las dependencias

Idalina: Está bien, señora

Rosarito: ¿La señora tiene vergüenza de nosotras?

Victorina: ¡Qué ocurrencia! ¿Cómo se te puede…? Bueno, no importa, solamente quiero que recuerden eso, a menos que yo les pida, no pasen a la casa de al lado.

Idalina: Lo que usted diga, señora.

Victorina: Ah, Rosarito, quiero que hagas ese puchero que te sale tan rico, pero como si fuera para el rey

Idalina: (Entusiasmada) ¿Es un rey pió el que vino, señora?

Victorina: No es un rey, es más importante que un rey para nosotros

Rosarito: Más importante que las criadas por lo menos

Victorina: (Algo molesta) No me hagas recordar quién manda acá, Rosarito.

Rosarito: Ha de mandar ese rey. Pero no se preocupe, nosotras estamos para servir.

Victorina: ¿Trajiste el pedido que te dejé?

Rosarito: Sí, señora Victorina (Se levanta del telar y va hacia un costado donde está una cesta) Acá está la miel que me pediste, señora, el linimento para fricar, la yerba compuesta para la tos…

Victorina: Está bien. Hoy ya vino el doctor a verlo

Idalina: ¿Y qué pa te dijo, señora?

Victorina: Dice que la enfermedad puede ser larga, el frío le hace mal…

Rosarito: ¿Vino de lejos, ayé?

Idalina: Doña Casia dijo que ya vino enfermo

Victorina: Es verdad, vino a curarse, hay que evitarle disgustos, el corazón está muy debilitado. Pero cuento con la ayuda de ustedes, menos mal…

Rosarito: ¿Es el karaí de la Guerra?

Victorina: ¿Qué guerra? No. Déjense de imaginar fantasías, Rosarito, hay que atender a cuerpo de rey a este señor que nos honra con su visita.

Rosarito: Quiero saber una cosa nomás.

Victorina: Lo único que hay que saber es que debe ser atendido porque es un prójimo y nos necesita.

Rosarito: Siempre le cumplo, señora, pero ahora quiero saber ¿a quién estamos sirviendo? ¿No será algún enemigo?

Victorina: Sirven a mi casa, y en mi casa todos somos amigos, yo doy las órdenes y ustedes obedecen

Rosarita: Está bien, me callo

Victorina: Hay que cuidarlo mucho, cuento con la ayuda de ustedes dos.

Idalina: Así será, señora.

Victorina: Lo dejé dormido. Cuando termines… (a Rosarito) no te olvides de entrar la ropa tendida. (Se retira)

Rosarito: Sí, señora.

Victorina: Quiero que lleves estas cartas al correo mañana, Idalina.

Idalina: Bueno, señora.

Victorina: (Va para retirarse, pero se detiene) Ah, Rosarito, no te olvides de las ropas

Rosarito: Está bien, señora.

Victorina: Gracias (Se retira)

Idalina: (Mirando los sobres) Tres cartas… ¡qué linda letra, toda parejita!

Rosarito: (Como hablando para si misma en voz alta) ¿Quién será ese rey? (Cayendo en cuenta) A ver, ¿no dice ahí en el sobre quién es? ¿Qué dice atrás del sobre?

Idalina: Uy, mirá na un poco, ¡qué linda letra! Atrás solamente están estas letras.

Rosarito: (Leyendo el sobre) “D.F.S.” ¿No escribe el nombre? Qué raro ese rey…

Idalina: Las cosas lindas que debe decir con esta letra, yo nunca recibí ninguna carta. No sé para qué aprendí a leer.

Rosarito: Las cartas avisan desgracias también. Ah, Idalina (Sentándose)

Idalina: ¿Qué?

Rosarito: No, nada, no me hagas caso, ilusiones, ¿te acordás cuando la finada abuela nos decía que no hay que ser vengativo? Te hice traer de la campaña porque te quiero mucho Idalina.

Idalina: Ya sé eso. Yo también te necesito che prima, nos criamos juntas y desde que viniste quedé sola allá.

Rosarito: Allá en Itaguá sí que pasábamos muchas necesidades.

Idalina: La miseria co no tiene respeto por nadie. Mamá siempre decía “soy la viuda de un héroe que murió en batalla, pero la patria no se acuerda de los muertos”.

Rosarito: (Se acerca a Idalina, la abraza) Ni de los que vivimos. Pienso mucho, no sé por qué esta cabeza que tengo está llena de preguntas.

Idalina: ¿Qué preguntas?

Rosarito: La miseria, que no nos merecemos, ¿acaso no trabajamos día y noche con nuestras manos? (Levanta las dos manos) ¿Acaso mamá no trabaja por tres?

Idalina: Sí, triste es… ¿Y el barco? (Cambia bruscamente el tema)

Rosarito: Ah, empezaron a bajar los pasajeros, vieras los colores de esas muselinas que vestían las niñas, pero yo le hablo de verdaderas niñas, con la piel de color clarito y suave y no como las tres Cárdenas que de niñas solamente tienen lo solteras.

Idalina: ¡Dejáte na de las Cárdenas!, quiero saber…

Rosarito: ¡Esas ropas!, ajustadas acá en el talle pero sueltas abajo en los faldones que ondulaban al viento como si estuviesen volando palomas, y los señores vestidos como se visten acá cuando se entierra un finado: traje negro, sombreros oscuros y pañuelo blanco en el cuello.

Idalina: Qué lindo, lástima que allá en Itaguá se ven solamente en los velorios

Rosarito: Una preciosura. Yo no me cansaba de mirar ese desfile, y de repente todos parece que atajaron la respiración, allá arriba apareció un señor grande agarrado del brazo de una mujer mucho más joven, sería la hija, y la gente empezó a aplaudir y se acercó una comitiva de aquí, que estaba esperando en el edificio de administración del puerto, todos señores muy bien vestidos y militares con uniformes que brillaban.

Idalina: Éa, pero entonces era una ceremonia, Rosarito.

Rosarito: Sí, se acercaron a recibir al visitante que ya le dije que era uno que había sido gobernador o presidente o alcalde algo así de la Argentina, muy mayor y parecía enfermo porque la mujer que lo acompañaba lo sostenía un poco hasta que vino uno de la comitiva y le ayudó pero el Karaí no quiso subir a un carruaje del gobierno que esperaba ahí, con seis caballos negros que daban miedo, yo me decía ¿será para un viaje al infierno mbaé? Todo ese carromato negro con adornos del color del oro, lustrado, y los caballos de luto también, daba un poco de miedo…

Idalina: ¡No se le muestra nio un carro de cementerio a un hombre enfermo!, la gente no tiene consideración con el prójimo…

Rosarito: Yo entiendo que ese señor tan importante no haya aceptado subir en esa carroza, más sabiendo que estaba enfermo, porque tosía a cada rato y parecía cansarse al caminar, todos le seguimos como si fuese la procesión de San Blas que se hace todos los años para febrero. Íbamos despacio porque el señor caminaba un trecho y se detenía a descansar, después seguíamos, hablaba con la voz firme como si fuese un militar y escuché que dos señores que venían detrás de mí decían “¿Quién iba a pensar que él vendría a vivir al Paraguay?” Yo me di vuelta y les miré todo mal, ¿quién les enseñó a recibir así a las visitas? No dije nada pero les miré fuerte. Ni caso me hicieron, siguieron conversando lo más tranquilos, dijeron que este señor que venía de visita tenía mucho remordimiento, que le había hecho mucho mal al Paraguay y venía arrepentido a entregar su alma.

Idalina: ¿Será posible Rosarito, que un viejito encorvado nos haya hecho tanto perjuicio? ¡Cualquiera nos hace malicias, total que nos quedamos sin hombres después de esa Guerra!





(Pasa de nuevo la acción a Rosarita, esta vez tensando una tela con otra mujer, que podría ser la misma de antes pero con otra media máscara que cubra solamente la mitad superior de la cara en cada caso, en cada cambio de persona la actriz cambiará la media máscara y algún accesorio, chal o rebozo, ambas mujeres, al plegar y tensar la tela se acercan y se alejan en forma alternativa como si fuese un baile mecanizado)

Rosarito: Le pregunté por qué y no me quiso decir nada.

Etelvina: A lo mejor es algo que se tiene que esconder.

Rosarito: ¿Qué van a esconder la señora Victorina y el marido?

Etelvina: Ellos no, pero esos argentinos, esos personajes del gobierno. Esa Guerra que nos castigó con la miseria. Todo eso hay que esconder. Bien tapado porque la vergüenza busca desaparecer.

Rosarito: (Muy consternada) No entiendo, tía.

Etelvina: Era el mes de agosto de 1869, nunca me voy a olvidar, y los 20.000 soldados de las tropas de la triple alianza se enfrentaron con 4.000 soldados paraguayos, me contaba el finado papá que estuvo ahí Rosarita, pero vos no tenías memoria todavía, eras muy chiquita…

Rosarito: La verdad no sé nada…

Etelvina: ¿Sabés quiénes eran esos soldados paraguayos que quedaban después de tantas batallas? 500 eran veteranos enflaquecidos por el hambre y las necesidades, enfermos, algunos sin brazos, sin un ojo…eran los últimos restos que le quedaban a nuestro Paraguay después del desastre de esta guerra que duraba cuatro años…

Rosarito: Por qué estaban en la guerra entonces, tía Etelvina…

Etelvina: No había más hombres vivos, esos 500 viejos, casi inválidos y enfermos eran todos los que quedaban y los otros 3500 eran muchachitos de 8 o 10 años, ¿me entendés bien? Mitaí falcos, chiquititos, apenas hacían sombra sobre la tierra, les tenían que pintar barbas y bigotes con carbón para engañar al enemigo.

Rosarito: ¿Los mitaí estuvieron en la Guerra, tía?

Etelvina: Sí. Eso es lo que te estoy diciendo. Nos defendían los mitaí.

Rosarito: ¿Estás segura, tía?

Etelvina: Papá era uno de esos veteranos. ¿Te imaginás, Rosarito, luchar cuerpo a cuerpo con esos mitaí que se abrazaban a las piernas de los soldados aliados, gritando de terror, pidiendo clemencia porque no sabían matar, ni siquiera sabían manejar armas? Los fusiles que tenían eran de madera, como juguetes, para hacer creer a las tropas de los aliados que estaban armados…

Rosarito: Es muy feo todo eso, tía, con razón nadie habla de la guerra…¿chicos? ¿mitaí?

Etelvina: ¿Y qué conseguían los pobrecitos rogando? Que los degollasen como si fuesen animales. Fue una carnicería hija. El finado papá lloraba cuando contaba lo que había visto.

Rosarito: Me da malos presentimientos...

(Rosarita y la tía ya terminaron el trabajo con las telas, ahora la tía Etelvina empieza a sacar de una caja un uniforme militar que coloca en una percha empezando por la camisa, el pantalón, luego la casaca, mientras desde atrás de escenario avanzan lentamente juguetes a cuerda de todo tipo, cochecitos, carrouseles musicales, ositos con tambores, mientras habla Rosarito les da nuevamente cuerda y los va echando a rodar por proscenio. El último elemento que saca la tía es un bicornio con plumas, se sienta y lo coloca en el regazo, todo mientras dialogan)



Etelvina: Un tendal de cuerpitos tirados en ese campo de sangre, hacé el esfuerzo, Rosarita, imáginate na un campo verde como Acosta Ñu lleno de pequeños cadáveres degollados con las bocas abiertas y los ojos fijos reflejándose en el cielo pálido de esa tarde maldita. El batallón estaba comandado por Bernardino Caballero.

Rosarito: No, no puede ser.

Etelvina: ¡No puede ser porque no viste con tus ojos! ¡Por eso no me creés! Porque solamente te llegan mis palabras y las pobres son tan… poca cosa, mañana se te olvidan y ya está. ¡Todos tranquilos! ¡Todos en paz!

Rosarito: ¿Y qué quiere que haga?

Etelvina: No sé, yo siempre digo que no hay perdón posible para algunas cosas.

Rosarito: ¿Qué, por ejemplo?

Etelvina: Matar esas criaturas como si fuesen perros.

Rosarito: El paí Aurelio dice que hay que perdonar, que hay que dar la otra mejilla.

Etelvina: No sé, ¿qué se consigue con eso, sino multiplicar el mal? El que te castigó se cree impune, a vos te queda el dolor y la humillación. ¿Qué ganamos dándole la otra mejilla?

Rosarito: ¿Y qué, entonces, tía?

Etelvina: Siempre digo, si tengo adelante a un responsable de esos crímenes, me voy a vengar. Sea como sea. Es nuestro deber, mi hija.

Rosarito: ¿Cómo? Nosotras no sabemos manejar armas.

Etelvina: Las armas más poderosas no son los fusiles, hija.

Rosarito: ¿Vengarse?

Etelvina: Es nuestra obligación, hija. Cobrar ojo por ojo, diente por diente. Es lo menos que les debemos a todos esos inocentes muertos como animales. No hay que olvidarse nunca.

Rosarito: Pero eso que me contó pasó hace 20 años tía.

Etelvina: Sí…

Rosarito: ¿Qué tiene que ver este hombre que viene de visita con la Guerra Grande?

Etelvina: No sé, la guerra nunca termina, cuando se terminan los tiros allá afuera, queda resonando el quebranto acá, adentro (se da un golpe en el pecho) La guerra tiene sus generales, sus comandantes y a veces, están en nuestra casa.

Rosarito: ¿En nuestra casa?

Etelvina: Sí, duermen entre nosotros. Comen en la misma mesa.

Rosarito: A mí me dijeron que las tropas brasileras fueron las que mataron en Acosta Ñu y este karaí es argentino. Este señor viejito que bajó del barco no puede ser comandante de nada.

Etelvina: ¡No te descuides! Donde menos se espera, salta la liebre. Es la única posibilidad que tenemos de vengarnos y después dormir en paz.

Rosarito: Pero apenas co camina, tía, tiembla y se le ahoga la respiración cuando va a salir de la boca, ¿cómo es posible que un hombre así haga matar los mitaí montón de Acosta Ñu?

Etelvina: A veces, no hace falta tener un cuchillo en la mano para ser asesino, Rosarita. Ese hombre decaído que bajó del barco era el Presidente de la Argentina en ese tiempo y como jefe aliado tendría que haber ordenado el fin de la guerra. ¿Qué le costaba? Tres o cuatro palabras “Terminó la guerra” y hubiese sido el fin.

Rosarito: ¿El…Presidente? ¿Era el Presidente? Pero los presidentes no van a la guerra…

Etelvina: Son los que dan las órdenes a los militares y a veces también pelean, ¿acaso el Mariscal López no estuvo en el frente hasta el último momento? ¡Y era el presidente del Paraguay! Y murió peleando.

Rosarito: Es cierto lo que dice…

Etelvina: Podría haber terminado la guerra desde el gobierno, pero él alentaba la carnicería diciendo que a los paraguayos habría que matarnos en el vientre de nuestras madres.

Rosarito: ¿Quién dijo eso?

Etelvina: No sé mi hija, averiguá un poco, y eso era lo que hicieron en Acosta Ñu, ¡gran valentía de esos soldados entrenados, hombres grandes, militares de carreras asesinando a niños que les imploraban pidiendo por sus vidas que era lo único que tenían!

Rosarito: ¡Yo presentía algo! ¡Quiero saber tía! Quiero saber todo, hasta la última palabra.

Etelvina: Si querés saber más tenés que hablar con doña Dalmacia Encina Molina, esa vieja que es sanadora que vive ahí arriba en el cerro de Maramburé, dicen que ella vio todo y después de eso subió al cerro sola alma y le vino la magia y el don de hacer esos milagros con San La Muerte. (La tía se queda con una chaqueta del uniforme tendida entre sus dos manos como si tuviese al militar enfrente, se escuchan campanas y la luz se extingue)





(De nuevo estamos en el ámbito de Rosarito e Idalina. Ésta recoge ropas de una batea de latón, las pliega y las apila en un cesto. Rosarito ovilla en una madeja junto al telar, en un momento Idalina saca unos sobres y los aparta de la ropa)

Rosarito: ¿Más cartas?

Idalina: Sí, parece que ese hombre escribe mucho.

Rosarito: Deberíamos abrir uno de los sobres.

Idalina: ¿Para qué?

Rosarito: ¡Para leer! A ver si son cartas de amor como vos pensás, o de odio, como yo creo…

Idalina: Pero la maestra dice que eso no se hace.

Rosarito: ¿Qué tiene de malo? ¡No voy a comer el papel! Solamente ver quién es el que escribe.

Idalina: ¿Y si la señora se da cuenta?

Rosarito: ¿Cómo se va a dar cuenta? La carta se va lejos, la señora nunca más verá ese papel. ¡Pensá antes de hablar!

Idalina: Pero se va a romper el sobre.

Rosarito: No, mirá, se pasa por el vapor que sale de la pava. Eso ablanda la goma y se abre. O con el aliento, así se hace (Toma uno de los sobres y echa el aliento) ¿ves? (El sobre se abre)

Idalina: ¿Y después?

Rosarito: Se vuelve a cerrar y se lleva al correo (Saca la carta)

Idalina: ¿Qué dice?

Rosarito: (Lee la carta) “Mis destinos están cumplidos, con mi bandera de la educación común, esta manifestación recibida en el Paraguay, después de otras en Valparaíso, Santiago, Andes, Mendoza, San Juan, me harían desear que las banderas de la Argentina, de Chile, Uruguay y Paraguay me sirviesen de mortaja para atestiguar que merecí el bien de sus habitantes”.

Idalina: ¿Y qué quiere decir eso Rosarito?

Rosarito: Parece que le escribe a un amigo. Algún político será. ¡Mortaja!

Idalina: No entiendo eso de las banderas y la educación ¿Qué más?

Rosarito: “En mis sueños aparece el fuego en un campo raso, unas llamaradas voraces, que echan humo y suben crepitando, no hay otro sonido, solamente el crujido de ese fuego que avanza y un pequeño gemido que va creciendo, creciendo, son varios, son miles de voces gimiendo como si fuese el valle de lágrimas y me despierto con sudor en la frente”.

Idalina: ¿Qué es eso?

Rosarito: Para él es un sueño, para nosotras una pesadilla.

Idalina: ¿Qué sueño, pió Rosarito? Son cosas feas… todo ese fuego, pobre hombre, no puede dormir.

Rosarito: Eso se llama conciencia, Idalina, ¿acaso tus sueños son iguales?

Idalina: ¡No! Yo sueño con mamá y con vos y con tía.

Rosarito: (Sigue leyendo) “Qué cosa curiosa es el sueño: vivimos con él sabiendo que es un extraño. Nos maneja a su antojo, cuando estamos dormidos somos como muñecos en su poder. Siempre lo mismo: el campo llano, la sensación de la quemazón que avanza y esos gemidos, creo que son mujeres las que lloran…”

(Aparece nuevamente la señora Victorina, en ropa de cama, blanca, con un candelabros en la mano, ruge un viento cuando aparece entre sombras llamando)

Victorina: Rosarito… Rosarito….

Rosarito: (Esconde la carta que tenía en las manos cuando entra la patrona) Sí, señora, ¿qué necesitás?

Victorina: Rápido, hija, el señor está muy mal. Nuestra visita.

Rosarito: ¿Qué le pasa?

Victorina: No pegó un ojo toda la noche y ahora le cuesta respirar.

Rosarito: ¿Quiere que vaya a la botica?

Victorina: No, hija, andá a buscar al doctor Hassler, decile que es urgente. Que yo le hago llamar.

Rosarito: Sí, señora.

Victorina: Anda en el sulki, con Idalina.

Idalina: ¿Y el caballo?

Victorina: Está en el galpón, pongan al oscuro que es más dócil.

Rosarito: Sí, señora, enseguida.

Victorina: Rápido, está muy mal.





ACTO DOS



(Esta escena es la del viaje, que bien puede ser la katábasis de la heroína, caminará en círculos con un farol encendido ya que es de noche, ruge una tormenta, en el fondo y arriba hay ramas que se retuercen, crujen, ella va rezando y hablando hasta que se encuentra con la bruja que habla desde la luz, Rosarito seguirá haciendo su ronda concéntrica)

Rosarita: Cuesta llegar hasta la casa de Dalmacia Encima Molina, allá en la altura del cerro de Maramburé de Luque, Que estás en los cielos… ¿por qué me vienen estas preguntas como si fuese remordimiento, si yo no hice cosa mala? Venga a nosotros tu reino… ¿qué será lo que me atormenta en el sueño? Antes dormía lo más tranquila, por más que hiciera calor, igual dormía y soñaba, Hágase tu voluntad… No estoy enferma, pero no puedo vivir sin sueños, era tan lindo vivir en medio del sueño, los viajes por el aire como si estuviese volando por encima de los campos llenos de esas flores amarillas que inundan los campos en la primavera Así en la tierra como en el cielo… Parece que una se hace livianita, como si el cuerpo pesado quedara durmiendo en la cama mientras el ánima se suelta libre, más arriba, sin penas El pan nuestro de cada día… Pero se malogró, tía me dice que puede ser un daño por malicia de la gente, que me haga curar con Dalmacia Encina Molina y San La Muerte, yo le daría cualquier cosa con tal que me libre de esta enfermedad del sueño, esto de dormir sin soñar, quíteme lo que quiera San La Muerte pero devuélvame la ilusión de mis sueños, vivir sin sueños es vivir sin esperanzas Y perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos… ¿Y si se apagara esta lumbre? (Protegiendo el farol con el brazo suelto) ¿Cómo llegar en medio de la oscuridad sin luz y sin sueños? No nos dejes caer en la tentación Le vas a decir a la bruja todo lo que te agobia, me dijo tía, pero únicamente me angustia una cosa: quiero saber qué tiene que ver ese señor que bajó del barco y me impresionó tanto con la guerra que se llevó mis sueños, ¿será que le puedo preguntar así, directamente, a la bruja? ¿No sería mejor hablarle primero de algún dolor en mi vientre o en la cabeza? ¿O le pregunto por qué me mortifica tanto ese señor que vino en el barco?

(Aparece la bruja, que será una silueta dentro de un círculo de luz que se recorta a contraluz de la platea, mientras habla la bruja hay sonidos de fondo: agua que cae en chorro, aves nocturnas, alguien que jadea, gime de dolor, mientras la Bruja habla contra el resplandor, Rosarita sigue dando sus vueltas)

Bruja: ¿Quién te mortifica, mi hija?

Rosarito: Me estoy volviendo loca

Bruja: ¿Cómo es posible?

Rosarito: No dejo de pensar en eso

Bruja: ¿Cómo te puede hacer tanto mal un pobre anciano?

Rosarito: Quiero saber por qué nos hizo mal

Bruja: Pisás bien en un mortero las hojas del ñapinday

Rosarito: ¿Qué pasó allá en Acosta Ñu?

Bruja: Ponés a hervir en un tarro el ñapinday

Rosarito: Enrique Alió y Manuel Franco me dicen que no es un asesino

Bruja: y cuando esté tibio te bañás

Rosarito: Dicen que se preocupó siempre por la enseñanza

Bruja: Diciendo “Señor San La Muerte…

Rosarito: Que es un hombre generoso

Bruja: Te ofrendo mi vida…

Rosarito: Incapaz de cometer crímenes

Bruja: Mi sueño y mi suerte

Rosarito: ¿Quién dio la orden de asesinar entonces?

Bruja: En Acosta Ñu murieron mi madre y mi hermana mayor

Rosarito: ¿Pelearon las mujeres allí?

Bruja: No, los que luchaban eran los hijos

Rosarito: ¿Los hijos? ¿De quiénes?

Bruja: Chicos que se pintaban bigotes y barbas

Rosarito: ¿Para jugar?

Bruja: Para jugar a ser tan grandes como el espanto que tenían

Rosarito: ¿Qué puede saber un mitaí de armas?

Bruja: Eso no sabían

Rosarito: ¿Y qué sabían?

Bruja: Que iban a morir

Rosarito: ¿Por qué?

Bruja: Eso no sabían

Rosarito: ¿Y las madres? ¿Dónde estaban?

Bruja: Escondidas en el monte, entre los árboles. Yo estuve allí.

Rosarito: ¿Ocultándose?

Bruja: Las tropas eran feroces, violaban, ultrajaban y mataban

Rosarito: ¿Y los soldaditos?

Bruja: En el campo de batalla de Acosta Ñu

Rosarito: ¿Se defendían?

Bruja: Temblaban de pavor

Rosarito: No querían morir

Bruja: Nadie quiere morir

Rosarito: Cierto, señora, nadie quiere morir a los diez años. Adiós.



(Saca una carta del bolsillo y la empieza a leer como si regresase del viaje)



Rosarito: “Al fin murió Solano López, no crea que soy cruel, resulta providencial que ese tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní, era necesario extirpar de la tierra toda esa excrecencia humana y los salvajes que queden, habrán de morir bajo las patas de nuestros caballos”





ACTO TERCERO



(Nuevamente en la escena donde empezamos: el telar, Rosarito tejiendo en él, Idalina sentada con una batea donde desgrana mazorcas de maíz)

Idalina: Parece que hoy amaneció bien

Rosarito: Al menos no se le escucha toser y toser

Rosarito: ¿Vos lo viste alguna vez?

Idalina: Muy poco, de lejos, la señora Victorina no quiere, dice que ya le cuida la hermana y no sé quién más…

Rosarito: ¿Nunca escuchaste el nombre?

Idalina: No, solamente dicen “el señor” por el karaí.

Rosarito: ¿Y anoche?

Idalina: Comió todo lo que le llevé

Rosarito: ¿Será él? ¿El mismo karaí que gobernaba la Argentina?

Idalina: No sé, la señora Victorina se hace la desentendida

Rosarito: ¿Le preguntaste?

Idalina: Bien clarito

Rosarito: A mí tampoco me quiere decir nada

Idalina: Es raro, ¿por qué pió no podemos saber?

Rosarito: Porque es peligroso

Idalina: ¿Cómo eso? (Deja la tarea que venía realizando)

Rosarito: La verdad siempre es peligrosa

Idalina: ¿Qué verdad? ¿Nosotras dos? ¿Qué mal podríamos hacer?

Rosarito: No existe enemigo chico

Idalina: ¿Nosotras? (riéndose)

Rosarito: Sí, nosotras dos, ¿acaso no tenemos manos?

Idalina: Somos dos sirvientas

Rosarito: No te olvides que una chispa puede empezar un incendio y quemar el bosque.

(Entra la señora Victorina)

Victorina: ¿Cómo va la manta, Rosarito?

Rosarito: Avanza, señora, ya ve.

Idalina: ¿Cómo está el señor?

Victorina: Mucho mejor, está con buen ánimo, hablando de su casita de hierro…

Rosarito: ¿Por qué necesita una casa de hierro?

Victorina: (Sentándose) Está muy enfermo, tiene mucho catarro, el doctor le recomendó evitar los fríos, y esas casas vienen hechas de Europa.

Rosarito: ¿Quién es él?

Victorina: Un hombre inmenso que se ocupó toda la vida de la educación de los pueblos.

Rosarito: ¿Con guerras quiso educar?

Victorina: ¡Otra vez con lo mismo! (Fastidiada) Basta de esas fantasías, Rosarito. Este señor merece respeto, cuidados y dedicación.

Rosarito: ¿Es el karaí que gobernaba Argentina en la época de la Guerra Guazú?

Victorina: No sé, es amigo de mi esposo. ¿Qué es esa obsesión por la Guerra ahora?

Rosarito: Es la historia de nuestro pueblo, señora. Nuestro pueblo que solamente recuerda guerras.

Victorina: Ya pasó, ¿no les parece que esa guerra ya nos trajo suficientes disgustos? Borrón y cuenta nueva.

Rosarito: ¿Olvidando vamos a tener tranquilidad?

Victorina: Lo pasado, pisado.

Rosarito: Lo único que devuelve la paz es la verdad, señora.

Idalina: Somos ignorantes, pero nuestra abuela nos enseñó eso.

Victorina: Olvídense de lo que dijo su abuela.

Rosarito: ¿Es él, verdad, señora? ¿Es el señor Sarmiento?

Victorina: Sí, pero no tiene nada que ver con guerras y maldades. Y basta ya de discutir sobre lo mismo.

Rosarito: Yo no le voy a discutir nada, usted manda en su casa.

Victorina: Alguien siempre debe tener al mando, en cualquier sitio.

Rosarito: ¿En la guerra también?

Victorina: Especialmente en una guerra, necesita una cabeza.

Rosarito: ¿Y esa cabeza tiene el derecho de imponer la muerte?

Victorina: No, si estás en mi casa, se obedecen mis órdenes, si no, pueden volverse a Itaguá, a morirse de hambre.

Idalina: Y bueno entonces (Se levanta a juntar algunas cosas)

Victorina: Piensen bien, acá tienen todo, mi marido y yo estamos felices de tenerlas, siempre decimos que como ustedes no habrá otras, pero ese señor que está de visita es nuestro huésped y se le debe respeto mientras esté en mi casa. (Se va)

Idalina: ¿Qué pio vamos a hacer? Yo te sigo, Rosarita, vos me sacaste de la pobreza y hagas lo que hagas, yo te sigo che hermana. (Canción de cajita musical que sonará primero suavemente e irá aumentando de intensidad)

Rosarito: Estaba pensando… Si fuera ese señor el que dio la orden… Me falta averiguar una cosa, algo que no le pregunté a Damiana Encina Molina.

Idalina: ¿Quién?

Rosarito: Damiana, la bruja, la adivina.

Idalina: Uy, yo le tengo miedo che reina, no me pidas que me vaya ahí.

Rosarito: No te asustes, no te voy a pedir nada, voy yo.

Idalina: Y mientras tanto, ¿qué hacemos?

Rosarito: Seguí haciendo las cosas, como si nada.

Idalina: ¿Y si viene la señora?

Rosarito: Le decís que salí a buscar tabaco.

Idalina: ¿Y me va a creer pió?

Rosarito: Que crea lo que quiera.



Voz en off

“Venga, querida Aurelia Vélez Sárfield, venga al Paraguay, juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida, con su látigo cuando castiga, con sus laureles cuando premia”.

“Venga, pues, a la fiesta. Será grande el espectáculo: ríos espléndidos y lagos de plata bruñida, bosques; iluminación a giorno, el Chaco incendiado, títeres como en todas partes y música, bullicio, animación. Tengo una casita de hierro isotérmica traída de Bélgica que le va a gustar. Mientras tanto, Idalina está amasando algo mientras canta una viejo ritmo de polka, la voz de la criada se debe encimar con la voz grave en off del hombre”

Venga, que no sabe lo que se pierde de este príncipe Charmant”.

Victorina: (Entrando a donde está Idalina, que sigue amasando algo) ¿No está?

Idalina: Salió a comprar tabaco, señora.

Victorina: Idalina, hija, sabés todo lo que las aprecio

Idalina: No sé, señora… (No la mira, sigue trabajando)

Victorina: Quiero pedirles un favor

Idalina: No sé, señora…

Victorina: El señor se va mañana a una casa que terminaron de construirle

Idalina: Ah, bueno, mejor que se vaya

Victorina: Pero Ana Faustina, la hermana que lo cuida, me pidió algo

Idalina: No sé, señora…

Victorina: Me pidió que ustedes vayan con ella, (Rápidamente lo aclara) Solamente un tiempito, hasta conseguir alguien de confianza…

Idalina: Ah…(Como dudando) ¿Nosotras dos?

Victorina: ¿Te parece que Rosarito aceptará?

Idalina: No sé señora…

Victorina: Hablá con ella, por favor

Idalina: Le voy a decir cuando venga

Victorina: Después, vuelven aquí.

Idalina: No sé señora…

Victorina: Sí, aquí, conmigo.



Voz en off:



“Señor cura: yo les he respetado sus creencias sin violentarlas jamás Devuélvanme ahora ese respeto. Que no haya sacerdotes junto a mi lecho de muerte. No quiero que por un instante de debilidad pueda comprometerse la dignidad de mi vida”.



Rosarito e Idalina, vestidas de negro, van desde proscenio donde estará un baúl, hasta el maniquí de modista que estará desnudo en el fondo. Van vistiéndolo mientras hablan, van y vienen, formando un triángulo. El vértice hacia el fondo, es el maniquí; la base, que tiene dos ángulos son dos telares como el que manejaba Rosarito al principio, telares verticales. Junto al telar de la izquierda estará el baúl con el uniforme militar. Rosarito carga primero los atuendos de un traje de guerra: camisa, pantalones, luego la chaqueta, el sombrero, la espada hasta que el maniquí, siempre de espaldas, queda íntegramente vestido de militar.

Rosarito: Quédese tranquilo, general.

Idalina: Nosotras somos mujeres

Rosarito: Nos llamaron para cuidarlo

Idalina: Y vamos a cumplir, don general

Rosarito: Pero quería preguntarle algunas cosas

Idalina: Doña Victorina dijo que usted es muy curioso

Rosarito: ¿Sabía lo que sucedió en la batalla de Acosta Ñu, general?

Idalina: Acosta Ñu es un campo abierto, don general, cerca de Caraguatay

Rosarito: Haga memoria, agosto 1869, las tropas del general Bernardino Caballero iban de retaguardia

(A partir de aquí Idalina adoptará una pose marcial, quita el bicornio al maniquí, se lo calza y responde como si fuese Sarmiento mientras Rosarita lo interpela)

Idalina: ¡Había que exterminar el salvajismo de López!

Rosarito: Usted, como Presidente, sabía que la guerra estaba ganada

Idalina: Teníamos una alianza con Brasil y Uruguay, no decidía yo solo.

Rosarito: Pero usted había dicho que a los paraguayos había que matarlos en el vientre de sus madres, ¿quería exterminarnos?

Idalina: Yo también perdí a mi hijo en Curupaity, lo mataron y aquí me ve, íntegro.

Rosarito: ¡Su hijo era un militar que vino a una guerra por su propia voluntad sabiendo que podía morir! Yo le hablo de niños inocentes.

Idalina: ¡Yo no los mandé a la guerra!

Rosarito: ¡Pero sabía de lo que eran capaces sus tropas sanguinarias!

Idalina: La batalla de Acosta Ñu la comandó el Conde d’Eu

Rosarito: ¿Acaso usted no conocía la “valentía” de ese cornudo? ¿No sabía que asesinó a todos los habitantes de Piribebuy después de sitiar el pueblo? ¿No sabía que hizo encerrar a todos los enfermos del hospital y después lo incendió con todos los desgraciados adentro?

Idalina: Esas cosas no se pueden manejar, yo no estuve al frente de la guerra. Yo estaba en Buenos Aires.

Rosarito: ¿Y quién daba las órdenes, don general?¡Estos partes! Ahora es fácil lavarse las manos con la tinta de los escritos.

Idalina: ¡Palabras!, que las lleva cualquier viento…

Rosarito: Palabras, sí señor, palabras asesinas que armaron fusiles contra un batallón de niños indefensos.

Idalina: Había que terminar esa guerra de una vez

Rosarito: ¿Arrasando el país? ¿Qué afrenta le hicimos nosotros? ¿Acaso no es un educador? ¿Ese es el ejemplo que daba a sus alumnos? ¿No odia acaso la barbarie? ¿Y qué son ustedes sino salvajes criminales?

Idalina: El mal, se extermina de raíz para llegar a la paz

Rosarito: Hay que odiar la barbarie, don general, no a los bárbaros que son las víctimas de todo.

Idalina: Bah, juego de palabras

Rosarito: ¡Claro! ¡Qué le voy a enseñar yo al señor a jugar con las palabras! ¡Si el señor jugaba con palabras que se convertían en pólvora y fusiles! ¿Sabe lo que pasó después, usted que es tan ilustrado?

Idalina: Otras batallas. Eso es la guerra.

Rosarito: ¿Cómo la hazaña de Acosta Ñu?

Idalina: No recuerdo esos detalles

Rosarito: Se acuerda de Curupaity porque se le murió el hijo, sume, usted que es general y sabe de milicias: 20 mil soldados aliados, bien comidos, fuertes, entrenados y armados por un lado: sus tropas, don Presidente.

Idalina: Es la guerra, que también tiene su moral.

Rosarito: En el otro frente hay 3500 niños, general, niños de 8 o 9 años disfrazados de soldados, porque ya no quedaban hombres. (Se sueltan varios juguetes a cuerda desde el fondo hacia proscenio)

Idalina: La ética de la guerra es vencer o morir

Rosarito: Y contra esos niños aterrorizados fueron sus 20 mil valientes aliados, los pobrecitos se prendían a la pierna de sus soldados, llorando desesperados porque no entendían nada, pero el valiente Conde d’Eu los degolló como si fuesen perros.

Idalina: Usted no sabe lo que es el peso del poder.

Idalina: 20 mil soldados contra 3 mil mitaí, ¿eso pio es el valor para usted? ¿Esta medalla le dieron por degollar criaturas? (Mira una de las insignias del uniforme. El maniquí, ya completamente vestido, se ilumina a pleno, las mujeres van a los telares, van sacando hebras blancas que cruzan de izquierda a derecha como si fuese una telaraña para cubrir la escena, ocultando el maniquí aunque siguen hablándole mientras manipulan los hilos, o hilachas, basta que forme una especie de barrera entre los telares y el resto de la escena)

Rosarito: Después, las tropas atropellaron el hospital lleno de enfermos, mutilados y agonizantes. Sus tropas incendiaron el hospital empujando con las lanzas a los enfermos que querían huir

Idalina: (Se quita el sombrero, y vuelve a ser Idalina, otra actitud, otra forma de moverse, otra voz) ¡Meta fuego!

Rosarito: Y después volvieron al campo de Acosta Ñu,

Idalina: Un campo lleno de cuerpitos ensangrentados

Rosarito: Entre los árboles de los alrededores, esperaban las madres, general.

Idalina: ¿Qué madre se va a separar de su hijo en una guerra?

Rosarito: Escondidas porque tenían miedo, sus tropas eran feroces y sanguinarias hasta con mujeres y niños

Idalina: Estropicios de la guerra, general

Rosarito: Cuando terminó la matanza, las pobres mujeres salieron a buscar a sus hijos, en medio de ese campo horrible de sangre

Idalina: Miserias de sus tropas de valientes, general

Rosarito: Y su ejército las rodeó

Idalina: En ese campo de la muerte

Rosarito: Y el Conde d’Eu mandó incendiar el campo con esas mujeres llenas de sufrimiento, murieron quemadas, dos veces asesinadas, señor Presidente.

Idalina: Para cumplir con su voluntad, señor

Rosarito: Para matar al hijo en el vientre de la madre, como usted había escrito.

Idalina: Por eso desconfiamos cuando nos dice que viene a traernos la civilización y la educación

Rosarito: ¿Esa educación nos hace falta? ¿Aprender a matar inocentes? No, che karaí, eso ya sabemos

Idalina: Hasta las bestias saben matar a los indefensos

Rosarito: ¿Vió lo peligrosas que son las palabras, general? Se dicen, pasan de una boca en otra, caminan y terminan cometiendo estos crímenes. Y ya que habló de ética y moral, yo quiero hablarle de decencia.

Idalina: A nosotras nos enseñaron la decencia, señor, no le vamos a cobrar venganza

Rosarito: Quédese tranquilo, general, no somos asesinas.

Idalina: Somos las paraguayas que se salvaron de sus palabras.

Rosarito: No tenemos el valor que se necesita para matar a un anciano enfermo.

Idalina: No somos sus soldadas

Rosarito: Recuéstese, ya escuchó todo lo que teníamos para decirle (Si aquí terminan de correr la trama como telaraña, tendrá el sentido de un dormitorio que se cierra para dormir)

Idalina: Duérmase tranquilo, general, mientras le podemos contar lo que nos dijeron de la decencia

Rosarito: Nosotras no tenemos toda su instrucción pero abuela decía que en esta vida hay una turbiedad, algo frente a los ojos, como una tela que no nos deja ver bien claro las cosas

Idalina: Igual, algunos atropellan convencidos de saber la verdad

Rosarito: Otros quedamos dudando y mientras tanto, no sabiendo si hay cielo o hay infierno, nos cuidamos mejor entre nosotros

Idalina: Por eso no entendemos sus guerras

Rosarito: Creo que se llama solidaridad eso de cuidarnos porque las personas somos responsables de lo que hacemos

Idalina: De las órdenes que damos

Rosarito: Y de las órdenes que obedecemos, de todo somos responsables

Idalina: Y los presidentes son más responsables todavía porque para eso se les elige

Rosarito: Y abuela decía que cuando más nos llevemos por nuestra conciencia, más delgada se hace la tela que nos enturbia la visión

Idalina: Por eso, las personas buenas con el tiempo

Rosarito: Ven cada vez más claro en su vida

Idalina: Y algunos, poco antes de morir

Rosarito: Llegan a ver a Dios. Para eso estamos aquí

Idalina: Para que no vuelvan esas voces que escuchaba (se sienta en un lateral)

Rosarito: Somos paraguayas y conocemos el valor (Se sienta en el otro) Y no tenemos miedo a la verdad, general.



Se apaga la luz, voz en off:

Esa misma madrugada falleció Domingo Faustino Sarmiento, en Asunción del Paraguay, era el 11 de septiembre de 1888.

APAGON FINAL


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